miércoles, 16 de diciembre de 2009

Correo

Era una mañana como cualquier otra de otoño. Había pasado el control de seguridad y revisaba el correo electrónico antes de asistir a una reunión. Un ordenanza pasó por su lado y dejó un sobre postal de los que llevan interior de burbuja plástica. No esperaba ninguna entrega del correo interno, de modo que se sorprendió un poco. Abrió el sobre y extrajo una nota.

Confío en que mantengas tu buen gusto a la hora de vestir y que hayas optado por medias. Si es así, deposita en el sobre tus bragas sin moverte del lugar. Si no has tenido el buen gusto de llevar medias, deposita también todo aquello que cubra tus piernas y envíalo donde sabes.

Excitada y avergonzada miró a su alrededor. La nota no indicaba el plazo para realizar la tarea pero sabía que en algún lugar del edificio alguien había puesto en marcha un reloj. Agradeció haber elegido medias, de manera que cumpliría con algo más de tranquilidad. Pero en su cabeza se agolpaban pensamientos contradictorios. Por una parte, el temor a ser descubierta por alguien que pasara por detrás. Por otro lado, el morbo de jugar con la situación. Por último, las dudas de si hacerlo con la mayor discreción posible, arrimada a la mesa sin dejar que nadie viese nada o por el contrario, como sabía que gustaría al remitente de la nota, con naturalidad y sin esconderse, exponiéndose a ser contemplada y haciendo gala de su condición, pese a que ella se sentía mejor en el juego a dos.

Había algo de movimiento por la zona, de manera que eligió una postura lateral desde donde controlaba casi toda la planta. Con la mayor naturalidad y rapidez que le fue posible, se deshizo de la lencería para colocarla en el sobre. Estaba ya empapada, cosa que a buen seguro ya sabía quien esperaba la prenda. Cerró el sobre y lo puso en la bandeja de salida del correo interior, percibiendo la brisa en su humedad al caminar y latidos de excitación en el sexo. El resto de la mañana trató de contenerse de acariciarse y aumentar la estimulación que sentía al estar sentada su piel sobre el suave cuero de la silla. Poco antes de comer mediante un nuevo sobre, tuvo noticias.

De nuevo, una nota manuscrita. Se la enviaba a la zona común de descanso a tomar café. Cuando llegase allí aguardaría junto a la encimera, sirviendo de entretenimiento a quien allí estuviera, cosa que al leerla provocó un ligero temor. Entró en la zona de descanso, donde sólo estaban dos compañeros charlando. Se dispuso a esperar preparando café cuando entró alguien a su espalda, inconfundible por su fragancia. Se puso más nerviosa y colocó ambas manos sobre la encimera, sin saber qué pasaría.

El interlocutor saludó y preparó leche templada. Conversando consiguió relajarla y casi olvidó a los compañeros que charlaban al otro lado. Con cuidado, humedeció un dedo en la leche y lo llevó entre la encimera y los muslos de ella, oculto a todos hasta que acarició con la yema el sexo entregado, provocando que ella respirase hondo con las mejillas ardiendo de rubor, sin querer moverse para no ser vista.

Tras comprobar la suavidad de su cuerpo se acercó a ella un poco más, aprovechando que el resto se marchaba y dejaban la sala vacía. Con tono natural describió las tareas siguientes a realizar, enviándola a una sala de reuniones a fotografiar su piel en poses concretas antes de comer. Y cuando ella pensó que a esa hora podría cumplir sin dificultad, él aumentó el desafío del encargo, haciendo que volviera a empaparse de temores y excitación mientras escuchaba que después tendría que imprimir el resultado en la oficina y mandarlo con el mismo sobre de la mañana, para someterlo a su aprobación antes de que la jornada llegase al final.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Visionario

Lucía ese tono castaño en la ropa que tanto conjuntaba con su mirada. Camiseta ceñida con una provocativa inscripción en su precioso pecho, la minifalda de tablas de las ocasiones especiales, trasero rotundo casi orgullo nacional, medias para lucir piernas y botas para bailar. Complementaba el atuendo un abrigo hasta los pies. Al verla no pudo evitar sentir el escalofrío de la admiración ante su belleza sensual. Como un sueño hecho realidad.

Disfrutaron del baile y la noche de copas, jugando con las palabras y la complicidad. Ella era el centro de miradas de deseo, cosa acostumbrada. Él sonreía, conocedor de que aquellos pobres aspirantes a admirador ignoraban la auténtica magia de ella.

No supo cómo les alcanzó la madrugada, ni cómo la complicidad se convirtió en desafío y, tras salir del local, la pasajera eligió ir detrás. El coche inició la marcha en silencio, la calefacción caldeó el habitáculo y la música mecía a los pasajeros al compás. Los cristales ahumados del vehículo cubrían con cálida manta de intimidad a la pasajera, cuyo reto era llegar al destino cubierta sólo por el abrigo, dejando a su elección el reflejo que devolvería el retrovisor.

Inicialmente, se situó tras el conductor, susurrando a su oído cada prenda que retiraba, haciendo que le aumentara el ritmo del corazón. Mezclaba palabras con seducción, dejando caer en el asiento del acompañante medias o sujetador, pero sin dejarse ver por el espejo. Su piel quedó descubierta al final. Se situó entre los asientos, apenas iluminada por las farolas de la ciudad. Eligió con cuidado la abertura del abrigo, insinuando su desnudez al conductor, la curvatura de los senos, sombras ocultando el vientre y las piernas sin fin. A continuación tomó la mano del chófer para alojarla entre sus muslos y cubrirla de húmedo calor. No dijo nada, ni esperaba que lo dijera él, que sólo pudo suspirar.

Tomó a continuación un pañuelo y se vendó los ojos. Se quedó inmóvil, dejando a criterio del conductor si se quedaba con la sensación del tacto que le había regalado o si retiraba la prenda para llegar más allá. Estuvo tentado de detener el coche y liberar el instinto animal, pero no lo hizo, sería mancillar tanta belleza. Tampoco dijo nada cuando llegaron al destino y observó las ventanas traslúcidas de las escaleras del edificio. Ella preguntó qué miraba. Él respondió que imaginaba tenerla apoyada en la escalera contra aquella pública ventana al trasluz, desnuda tras dejar caer el abrigo, visible la silueta desde la calle, recogiendo su melena azabache enredando en ella las manos y dejando que él derramara besos entre sus muslos hasta que la regara de placer.

Por un momento creyó escuchar un suspiro, pero cuando se giró hacia atrás ella no estaba. Tampoco en la calle, tampoco subió por las escaleras. Él, acostumbrado a marcar los tiempos, era incapaz de saber si había sido esta vez el gato o el ratón. Y pensó que tal vez todo fuese un sueño. Fue entonces cuando abrió los ojos en medio del local, con ella bailando a su lado y la inspiración necesaria para convertir aquella noche en una velada imposible de olvidar.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Madrugada


El bastón separaba sus tobillos. La soga amarraba fuerte los extremos. De pie, desnuda en actitud desafiante, permanecía con las piernas separadas y en silencio. Recién rasurada para dejar testigo de su entrega, dejó su más sensible piel a su alcance. Las manos atadas a su espalda hasta el codo. Desde las muñecas, un grueso cordón de seda pasaba entre sus glúteos, abriendo la humedad del sexo, ascendiendo por su ombligo y ciñéndose a su garganta, impidiendo cualquier movimiento a riesgo de perder el control de la respiración. Quedó descartada la mordaza, puesto que pensó en utilizar su boca, antes o después. Además, quería escucharla mientras realizara la sesión. Sabía que ella no se contendría y que desafiaría cada petición.

Tiró de su pelo ligeramente hacia atrás al tiempo que azotaba sus nalgas. No se movió un ápice y su piel restañó en la estancia. Besó después lentamente el lóbulo de su oreja y el cuello, sabiendo que la mezcla de sensaciones la excitaba. Continuó brevemente azotando su trasero y espalda, hasta que logró arrancarle un gemido. A continuación se giró.

Frente a ella, lamió delicadamente los pezones, separó un poco el empapado cordón del sexo y la acarició. Notó que estaba preparada. Sujetándola por la garganta retiró su cabeza hacia arriba para que viera como iban cayendo las gotas de cera sobre su pecho desde una vela encendida. Gimió con cada lágrima de cera en su piel al tiempo que se excitaba. Cuando superó la prueba la vela se apagó.

Los pechos fueron rodeados del frescor del hielo dejando gotear y refrescar lo que antes fue presa del calor. Al mismo tiempo unas bolas vibradoras fueron alojadas en su interior. Como pareció disfrutar con esa sensación, fue de nuevo azotada, a lo que ella respondió con un alegato de resistencia y superación. Después colocó pinzas en pezones y en su coño, estirando de ellas o apretando para jugar en el límite del placer y del dolor. Finalmente, situó un pequeño vibrador entre el cordón y el clítoris y lo activó.

Dobló la cintura de pupila y apoyó su frente contra el cojín situado sobre el aparador. Separó el cordón lo justo para poder estimularla analmente al tiempo que sus dedos resbalaban en el sexo de ella. De las pinzas del pecho colgó una percha invertida y del gancho de la misma, el vestido que ella se acababa de quitar, aumentando la tensión en los pezones, la intensidad.

Incrementó el ritmo de estimulación y la velocidad del vibrador. Ella comenzó a notar debilidad en sus rodillas. Sabía que si cedía al placer sería su perdición puesto que, vencida, renunciaría a su resistencia al adiestramiento y complacería cualquier petición. Pero las sensaciones eran más fuertes que ella y con un profundo gemido entre jadeos se corrió, mojándose hasta las rodillas entre estremecidos espasmos.

Pasaron unos instantes hasta que recobró la calma, durante los cuales fue liberada con cuidado de cada elemento que estimulaba su piel. Fue llevada al baño y limpiada con agua cálida en su punto exacto, secada con un albornoz y devuelta a la habitación. Él no pronunció palabra, tan sólo la miraba. Ella reconoció su derrota escondiento la mirada, arrodillándose en actitud entregada, esperando órdenes que sabía serían complicadas pero con el calor de una enorme sonrisa en su interior.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Postre

Más de una veintena de mesas poblaban el local. Todas vacías aquella noche. Se extrañó puesto que el restaurante aparentaba lujo y calidad. Tal vez fuese la tormenta.
El camarero eligió el mejor lugar del salón y aguardó con la silla a la dama. Ella se sentó tras quitarse el abrigo, mostrando su figura ceñida por el vestido y complementada por tacones y delicadas medias. Él pidió por ambos lo que iban a cenar.

Degustaron en silencio una cena exquisita, salpicada únicamente por los cambios de ritmo del huevo vibratorio que ella llevaba en su interior, excitando y empapando su sexo, aparentando normalidad ante la felina mirada de los camareros que admiraban su belleza, ajenos al control del orgasmo que ella estaba realizando.

Justo antes de pedir el postre, le ordenaron dejar sobre la mesa su tanga. Ya no iba a necesitarlo más. Ella se estremeció y sintió el calor acudir a sus mejillas. Había hecho aquello otras veces pero nunca tan expuesta a las miradas ajenas y sin preparación. Con la mayor naturalidad del mundo, dejó fija su mirada, relajada la sonrisa y llevó sus manos bajo el mantel. Delicadamente bajó de un solo gesto su lencería y la depositó donde se le ordenó, completamente empapado.

El camarero tomó nota de los postres y maquilló con una sonrisa la presencia del tanga en el mantel. Se retiró con sigilo pero no pudo evitar comentar el hecho con el resto del servicio, asomándose con sigilo un par de camareros desde la máquina de café. Los comensales tomaron postre y abonaron la cuenta. Antes de salir la joven recibió una nueva tarea. Iría al baño a quitarse el vestido. Sólo las medias y el abrigo cubrirían su piel. Así lo hizo.

Cuando salieron del local, el camarero dedicó la mejor de sus sonrisas a la dama, que paseaba altiva y mojada por el salón, llevando en su mano sin disimulo el vestido con el que había cenado. En la calle confesó su excitación, deseosa de vivir nuevos desafíos. Y no tardó en conocerlos. Mientras bajaban las escaleras mecánicas camino del aparcamiento se le ordenó abrirse el abrigo, dejando su piel descubierta, sentir la brisa de la noche recorriendo su interior. Y si pensaba que el desafío era sencillo, se equivocaba. Apenas había comenzado y el siguiente paso era entregar su abrigo y caminar desnuda para tener derecho a entrar en el coche de su Señor.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Shirt

El grupo de turistas alcanzó la aldea y como cada jornada el vendedor tomó su cesto y se dirigió a ofrecer su mercancía. El viajero parecía cansado, no prestaba atención. Finalmente miró su ropa y pensó que era buena idea mudarse. Se acercó al comerciante y preguntó el precio de una camiseta.

El anciano miró el rostro del viajero y rebuscó en el cesto, ofreciéndole una mejor que la anterior, más adecuada para descansar. El viajero tomó la camiseta y se la enfundó. Descansó aquella noche y continuó rumbo. Al tomar el barco de vuelta a casa, conservó aquella camiseta que aún albergaba el aroma a tierra y calor.

El viajero dio orden al servicio doméstico de mimar en extremo aquella camiseta que el anciano le ofreció. Debía ser lavada a mano, secada con cuidado y planchada sin estropear. Pocas veces la utilizaba, casi siempre de manera informal, pero demostraba tener un afecto especial por ella.

Un día, su esclava curioseaba el armario de su Señor y tropezó con la camiseta. Le resultó algo extraño verla allí, en un lugar preferencial. La tomó y la colocó sobre su cuerpo, comenzando a imaginar. Podría utilizarla a modo de vestido, agrandando el escote y recortando un poco de aquí o de allá. Mientras se ponía manos a la obra, recordó la jornada en que su dueño la tuvo en el despacho, completamente desnuda salvo sus tacones y su nuevo collar, atendiendo a las visitas y luciendo su belleza estática y singular. Más de un visitante quedó turbado por su presencia pero no se atrevieron a abrir la boca ante el dueño del lugar.

Tras los recortes y ciñendo la prenda a su figura con un cinturón, se puso unas botas y bajó a esperar a su Señor al recibidor, sin más tela que la suavidad de su piel bajo el algodón. En algún momento oyó murmurar al servicio que había profanado la prenda favorita del Señor y que sería castigada por lo mucho que se podía llegar a enfadar. Ella tomó aquello como un desafío, muestra de audacia y entrega sin igual. Se expondría con todo lo que ella era y utilizando aquello tan querido por su Señor, aceptando su decisión.

La puerta se abrió y pudo contemplar la escena. Sentada estaba aquella belleza irresistible, desnudo su cuerpo con una camiseta que de inmediato reconoció y unas botas; sensual, perfecta e suficientemente insolente como para mutilar uno de sus trofeos. Dudó por un instante si su actitud era merecedora de castigo o si, por el contrario, era para desearla todavía más. De lo que no le quedaba duda era de su entrega, de su intensidad, de modo que la miró fijamente sabiendo que lo único que haría sería volverla a besar.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Perlas

A la hora fijada aguardaba frente al monitor. Él, puntual saludó y fue directo.

- Incorpórate para que pueda revisar tu lencería

Ella alzó su falda para mostrar la prenda, intuyendo que se la harían quitar. Pero se equivocaba. Le dijeron que el modelo no era suficiente para su belleza, que tendría que cambiarlo. Ella se ofreció a hacerlo durante la tarde, pasando por una tienda cercana. Le ordenaron atender en silencio a las indicaciones que iba a recibir.

Iría a media tarde a una famosa tienda de lencería de la ciudad. Vestiría como en ese momento, con zapatos de tacón más fino y sin ropa interior. Preguntaría por una de las dependientas y diría que deseaba recoger el paquete azul. Tras eso, seguiría las instrucciones de la dependienta. Dicho esto, su interlocutor desconectó, sin más explicaciones.

Eran las seis cuando estaba frente a la tienda, observando el escaparate y presa de la curiosidad. Entró algo nerviosa y casi se equivoca al preguntar por la dependienta. Una joven de impecable indumentaria y belleza incuestionable se acercó a ella.

- He venido a recoger el paquete azul – dijo casi sin voz

La dependienta miró su reloj y asintió, recorriéndola con la mirada y sonrisa malvada, pidiendo que la acompañara. Ella siguió sus pasos hasta el probador que la dependienta eligió, indicando que esperase allí hasta su regreso.

Unos segundos más tarde apareció la dependienta, cerrando la puerta del probador tras de sí.

- Apóyate en la pared, creo que sabes cómo es – dijo. Ella asintió, situando sus brazos a la espalda y apoyándose contra el fondo del probador, con las piernas ligeramente separadas

La dependienta sacó una caja azul. Al abrirla mostró un delicado conjunto, con un tanga transparente de excelente género y un sujetador a juego. Guardó de nuevo la prenda superior y dejó a un lado la caja. A continuación, colocó las manos en la cadera de la clienta y fue perfilando con suavidad sus muslos hasta el tobillo, quedando al final arrodillada ante ella.

Con sumo cuidado, levantó un tobillo para pasar el tanga, haciendo lo propio con el otro tobillo a continuación. Fue subiendo muy despacio la prenda, dejado acariciar las yemas de sus dedos la piel de la joven, que asistía al juego envuelta en excitación. Las manos llegaron a las rodillas y siguieron ascendiendo hasta llegar a las caderas, recorriendo de caricias la cara interna de los muslos y el trasero, hasta que la prenda encajó a la perfección.

La muchacha notó su propia humedad empapando la prenda recién estrenada. La dependienta se levantó y expresó su deseo de que el conjunto hubiese quedado a su plena satisfacción. Ella asintió. Finalmente, la dependienta entregó la caja azul dentro de una bolsa.

- ¿He de pagar algo? – preguntó la joven
- Está todo pagado – respondió la dependienta. Me apetecía conocer cómo serías, morbo y curiosidad. Habitualmente no hago estas cosas pero hoy lo hice entancada. Por regalarte esto habrían pagado cualquier cosa, hasta una barbaridad.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Castigo

En su caminar por el alambre, a veces sentía ganas de probar sus fuerzas. Desobedecer conscientemente, tratar de negociar las disciplinas. Sin embargo, aquella no era una de esas ocasiones. Simplemente tomó una orden como una sugerencia, sin más preocupación.

- Has desobedecido una orden concreta – le dijeron cuando el tiempo se agotó
- Pensaba que no era importante – respondió

Nunca supo si fue el olvido o su respuesta despreocupada lo que motivó el castigo. Tal vez fueron las dos. El habitual tono agradable con el que era tratada desapareció, sustituido por una frialdad distante. Fue enviada al baño de la oficina y encerrada allí durante un tiempo, sin atender llamadas o mensajes hasta recibir nueva instrucción. El tiempo transcurría lentamente.

Por fin, la llamada que esperaba llegó. Le preguntaron su situación. Intranquila por un compromiso personal en media hora y con ganas de orinar. Dado que antes no había sido capaz de obedecer, tal vez lo haría cuando su cuerpo ayudaba a motivar. Se quitaría el vestido y mearía sin quitarse la lencería, para empaparse la piel. Después escurriría la prenda en el baño y la limpiaría con la lengua.

Se hizo el silencio al otro lado del auricular. Ella sabía que esperaba la confirmación de haber entendido el mandato y así lo hizo. Preguntó si había algo más. En efecto, una vez probara su mojada lencería, saldría del baño a limpiarla en el lavabo, con su cuerpo desnudo. Escurriría la prenda y, sin secarla, se la volvería a poner, acudiendo empapada a la cita para comer.

Respiró hondo. Agradeció la configuración del baño, que le permitía ocultarse si escuchaba pasos en el exterior y cumplió cada punto de lo establecido, creciéndose como siempre ante las dificultades. Cuando finalizó, envió un mensaje de confirmación. Acudió a su cita con la firme determinación de no olvidar nunca más sus tareas, sintiendo durante buena parte de la tarde una extraña mezcla de humedad, humillación y satisfacción.

martes, 8 de septiembre de 2009

Sentido

Tumbada. Amordazada. Tapones en sus oídos y un pañuelo en su mirada. Completamente maniatada, firmemente fijada al somier. Un mundo de silencios y oscuridad. La fusta recorrió suavemente la piel como prólogo de las actividades.

El castigo comenzó en las plantas de los pies, primero levemente, después incrementando la intensidad. Ella de modo reflejo encogía sus piernas cada vez que sentía arder su piel. Después ascendió por sus piernas y la cara interna de los muslos, tan sensibles en ella. Abriéndola bien, castigó su sexo humedecido hasta enrojecerlo.

Una pausa. Tiempo infinito en que no sabía qué pasaba. Un líquido fresco a continuación goteaba sobre su sexo, refrescándolo y excitándolo al tiempo que unas manos separaban sus piernas. Intuyó en ese gesto a alguien más en la habitación, empapándose con el pensamiento. Mientras acariciaban unos dedos su entrepierna mojada, otras manos pinzaban sus pezones y los estiraban hacia el techo, dejándolos prisioneros de una mordaza final. La combinación de caricias y presión en su pecho a punto estuvo de hacerla correr.

Regresó el castigo, sustituida la fusta por una caña, cosa que sabía que marcaría su piel. En ese mismo instante liberaron sus piernas para elevar sus rodillas y abrirla completamente, sintiendo a continuación una boca lamer cada rincón de su interior. La caña dio paso a gotas de caliente cera, primero en su pubis, después ascendiendo hacia el mentón.

Las contracciones que anuncian placer convulsionaban su cuerpo. Los labios jugosos que tan grande excitación habían provocado cesaron de estimular. En su lugar fue penetrada con un plug o similar, era imposible saberlo. Una vez insertado fue creciendo de tamaño, cada vez mayor.

Una lengua empapó sus pezones prisioneros, manos suaves acariciaron su pecho camino de su garganta y allí comenzaron a presionar lenta pero inexorablemente, cortando su respiración a la vez que el plug crecía y daba de sí el sexo de la cautiva, acariciada en el clítoris conforme quedaba expuesto.

Las caricias eran más y más precisas, el placer inevitable. Privada de poder pedir permiso en su prisión de sentidos, no podía hacer otra cosa que dejarse llevar. Casi sin aliento, tomada por manos certeras, volvió a sentir humedad en su coño, regada por tibios fluidos y estimulado su sexo hasta no poder más.

Cuando estalló en mil temblores la mano que la ahogaba la liberó, aumentando la sensación de placer. Se agitó durante unos segundos infinitos en que sintió el calor de otros cuerpos a su alrededor. Cuando llegó el mullido sopor de la relajación fue liberada de sus ataduras, sus pezones cuidadosamente manipulados y la mordaza de los labios retirada. Finalmente, perdió uno de los tapones que impedían percibir sonidos, justo para recibir un cálido beso que sin duda identificó como otra fémina y escuchar un susurro que le dejó la piel estremecida.

- Has hecho honor a tu fama, princesa. Para mí ha sido un placer.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Secreto


Había transitado un buen camino en su modelado de perfección. Pocas pruebas, pensaba, quedaban por superar, cada vez más intensa, más convencida de hasta donde quería llegar. Alguna noche se regalaba un recreo de sí misma y vagaba con su ordenador a la deriva entre pornografía digital. Poco a poco, a medida que iba superando desafíos y experiencias, notaba como sus fantasías derivaban en todo aquello que aún quedaba por conocer, sintiendo al mismo tiempo un temor ante lo desconocido y una curiosidad que no paraba de crecer.

Muchas de aquellas noches se perdía en vídeos de rituales, ponygirls y otras actividades de dificultad. Pero, por algún motivo, tenía entre sus favoritos uno de sexo animal, algo que a nadie dijo, ni siquiera pensaba que llegaría a experimentar.

Pocas semanas después fue llevada a una fiesta en casa de unos amigos. La verbena nocturna comenzaba a pocos kilómetros en el pueblo y la mayoría se desplazó después de cenar. Ella recibió la orden de quedarse en casa recogiendo tras la cena y cuidando del perro familiar.

Ella finalizó sus tareas sin evitar fantasear. Pero al verle entrar supo que compartiría un nuevo ritual.
Tres copas de vino después estaba atada, los tobillos fijados a una silla, boca abierta, mirada vendada y gotas de vino deslizaban por su desnuda piel. Algo separaba sus muslos y unas pinzas adornaban su pecho. Tirando de su pelo la colocaron en la postura que debía estar. Poco a poco fue recibiendo castigo con una fusta en cada parte sensible de su cuerpo, humedeciéndose siempre más.

Su sexo quedó expuesto para ser utilizado. Esperaba que tras algunas húmedas caricias recibidas llegaría una profunda penetración, pero nada así sucedió. En cambio, escuchó ruidos confusos a su alrededor, jadeos apagados, no pudo saberlo con concreción. Sobre su sexo desnudo fue vertido algún tipo de crema tibia, tal vez miel, tal vez leche condensada. El tacto suave y el movimiento lento entre sus muslos hacían que palpitase su interior.

De repente, el tacto de una lengua mojada y rugosa apareció entre sus piernas. Pudo identificar el hocico fresco del can lamiendo alrededor. Por un segundo quedó tensa, para abrir más sus piernas a continuación. La sensación era por completo nueva, lasciva y le generó enorme excitación.

- Sólo de este modo podrás alcanzar hoy placer – le dijeron

Se fue situando más cerca de su inesperado compañero para ofrecerle lugares más adecuados que lamer mientras el otro mudo acompañante estiraba de las pinzas para estimular más sus pezones. La combinación del hocico húmedo, la lengua rugosa y el vaivén de sus pechos enloquecía sus sentidos. Seguidamente, fue desatada de la silla e incorporada un instante, para quedar sentada sobre las rodillas de su captor. Sin dejar tiempo a relajarse, la penetró suavemente por detrás, mientras dejaba que el perro lamiera despacio por delante. Apenas tuvo tiempo de pedir permiso antes de dejarse llevar. El placer inundó su cuerpo, sus muslos y el hocico del can, que se retiró una vez cumplido su trabajo. Mientras recobraba el resuello preguntó cómo era posible que hubiera descubierto su secreto. Le respondió que cada detalle de su esencia se reflejaba en su mirada y que no se relajara, pues la noche daba para someterla todavía más.

lunes, 24 de agosto de 2009

Despacho


Compatibilizar su rutinaria vida privada y su deseo de intensidad creaba problemas de diversa índole. Algunos eran morales, otros de pura logística. Pero era incapaz de sustraerse a las emociones que cada ritual depositaba en su interior. Hacían que se sintiera viva.

En aquella ocasión, hallar un par de horas en mitad del día sin despertar sospechas había sido realmente complicado, pero lo había conseguido al fin. Pensó en comentarlo mientras acudía a la cita pero ya conocía la respuesta que le daría. Era ella quien había dado el paso, debía asumir las consecuencias de su decisión y gestionar su agenda para cumplir con el programa que la otra parte se había molestado en diseñarle.

Llegó a la recepción del edificio y se identificó. Tras una breve llamada de teléfono, la recepcionista le dio los datos para llegar a la oficina. Tomó el ascensor notando su pulso acelerado. Llegó al destino donde la esperaban.

Entró en el despacho. Apenas había movimiento en la oficina, probablemente por las vacaciones y por ser aún la sobremesa. Una vez dentro, ella permaneció de pie para que él pudiera contemplar su indumentaria, la blusa ceñida insinuando la desnudez del pecho, la falda de tubo, las sandalias de fino tacón, la melena suelta y bien peinada, el maquillaje delicado.

A continuación, la colocó apoyada sobre la mesa, inclinando su cintura para quedar tras ella en silencio, acariciando sus caderas, perfilando sus muslos, dejando deslizar sus manos entre las piernas hasta llegar a su rasurado y empapado sexo. Ordenó que se quitara la falda, cosa que hizo con delicadeza, manteniéndose con las piernas separadas, sin mirarle.

Acariciando de nuevo sus piernas, fue recorrida con un objeto suave hasta que fue depositado sin esfuerzo alguno en su húmedo interior. Ella adivinó que se trataba de un huevo vibratorio, lo que aumentó su excitación. Colocada a gatas, fue llevada frente al ventanal, donde unos obreros trabajaban en el edificio opuesto de la calle, en plena construcción. El huevo vibratorio se activó, inundando su coño de deseo y pasión, expresada con un gemido apagado.

Dado lo limitado del tiempo y el hecho de tener que regresar a casa, no fue marcada. Simplemente fue sentada en una butaca auxiliar frente a la ventana para pasar el resto de la hora masturbándose sin cesar, ofreciendo a los obreros su increíble belleza y humedad. Mientras tanto y a su lado, él se ponía de nuevo a trabajar.

Los orgasmos se fueron sucediendo. Alguna vez estuvo tentada de indagar sobre si él la miraba pero no hacía falta, los oportunos cambios en el ritmo de vibración del huevo hacían saber que él la controlaba, así hasta que cayó rendida con el último estremecimiento de placer.

Él se acercó. Ella dejó las manos tras su espalda como le había sido enseñado. La contempló unos instantes y después mojó un dedo en su sexo, saboreándolo a continuación. Parecía satisfecho mientras miraba el cerco de humedad que ella había dejado en el sillón.

- Limpia tu asiento y recoge tu ropa. Tu tiempo aquí hoy terminó

Ella se colocó a cuatro patas y lamió con cuidado cada rincón, hasta asegurarse de no dejar nada. Gateando llegó hasta su ropa y se vistió, atreviéndose a mirar de soslayo, buscando su mirada de orgullo y aprobación. Tal como era su costumbre, no hizo comentarios durante la sesión.

Caminaba hacia la puerta para marcharse cuando se permitió un gesto de rebeldía. Volvió sobre sus pasos rodeando la mesa y se quedó frente a él, con los brazos en la espalda, la mirada fija y labios entreabiertos. Lo más probable es que fuese castigada por ello pero quiso saber cuán buena la consideraba él. Pasaron unos segundos, se levantó del asiento y, tomándola de la cintura y la mejilla, su boca besó.

- Estás castigada – le dijo. Ella respondió con su mejor sonrisa
- Gracias Señor.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Paseo

Como cada noche, había dejado abierto el armario para que serle elegida la indumentaria con la que decorar su piel. Fue elegida una camiseta blanca de tirantes que le quedaba algo larga, ligeramente bajo las nalgas, una minifalda y unos tacones blancos y finos. También le fue indicada la lencería que vestiría, prendas que no siempre estaba autorizada a vestir.

Se mantuvo en excitada tensión durante la noche, pero llegó la cena y nada especial ocurrió, descontando alguna travesura de complicidad. Tomaron una copa junto al mar y regresaron al coche para volver a casa. Una vez arrancó el motor, le fue indicado prescindir de lencería, cosa que hizo al instante, notándose desde ese momento empapada. También tenía que prescindir de la minifalda, prenda que depositó en el asiento de atrás.

Durante el trayecto separó las piernas para mostrar su belleza y disponibilidad. Él la acarició brevemente para comprobar su humedad y le indicó la siguiente tarea. Aparcarían al otro lado del edificio, tras el parque. Tendría que ir hasta el apartamento vestida sólo con la camiseta que no podría colocar si se levantaba y mostraba su cuerpo desnudo al andar.

A medida que conocía las instrucciones se notaba más húmeda. El trayecto a cubrir no era corto pero pensó que caminando de modo natural podría hacer pasar la camiseta por un vestido de verano ajustado. Hizo acopio de valor y de atrevimiento al detenerse el vehículo. No sólo iba a cumplir la tarea, iba a dejarle sin palabras.

Bajó del coche y caminó a través del parque, siendo observada por su acompañante. Llegó a la valla que separaba el parque de la acera y se le ordenó cruzarla a horcajadas, cosa que sin duda mostraría su más íntima piel desnuda a los viandantes que pasaran por allí. Intentó buscar un momento en que no pasara nadie pero no le fue permitido. Mientras cruzaba y en el preciso momento en que tenía sus piernas abiertas, flexionadas y mostrando su sexo por completo pasó un descapotable con cuatro adolescentes.

El coche frenó en seco y los jóvenes se giraron con expresión de agradable sorpresa hacia atrás, buscando la silueta morena que les acababa de regalar su desnudez. Lamentablemente para ellos, la pareja había cruzado ya la calle y alcanzado el portal del edificio, con las pulsaciones de la muchacha a flor de piel.

La joven comenzó a subir las escaleras, delante de su acompañante. Al llegar al rellano la tomó del pelo y azotándola la arrastró hacia un rincón, inmovilizándola contra la barandilla, arrebatándole la camiseta para dejarla por completo desnuda con sus preciosos zapatos de tacón y penetrándola desde atrás, empapando cada rincón de su cuerpo mientras trataba en vano de oponer mínima resistencia al abuso, como sabía que debía hacer. En pocos segundos la intensidad fue tan grande que llegó al umbral del placer, sin que le dejaran ir más allá. Sólo su jadeo entrecortado rasgaba el silencio del portal, expuesta a que llegara algún vecino y contemplase la escena. Pero estaba a mitad de camino. Tenía que llegar al apartamento desnuda, esa era la orden.

Con las piernas temblorosas y mojadas, alcanzó el último tramo de escaleras antes de llegar a un patio interior al que daban los balcones de las viviendas. Arropada por la penumbra pese a que en algunos balcones había gente, caminó casi de puntillas para no llamar la atención, sintiendo en sus pezones la brisa cálida que provocaban sus pasos. Llegó finalmente al último tramo de escaleras, donde fue detenida contra la pared y acariciada antes de entrar al apartamento, completamente excitada.

Dentro del piso, fue llevada del pelo hasta la mesa, reclinada y penetrada por cada cavidad al tiempo que una ligera caricia en su clítoris la mantenía al borde del orgasmo. Después fue arrodillada y limpió el sexo que había llenado con su humedad, continuando con su lengua hasta que se llenó la boca de néctar. Se incorporó y fue sentada en un sillón de cuero, que aumentaba su estimulación. Su sexo fue lamido perfectamente, penetrada con bolas chinas y excitada hasta el límite. Justo antes de correrse tuvo que negociar su placer. Le fue preguntado qué daría a cambio de tal intensidad y amanecer igualmente, respondiendo que cualquier cosa. Tras correrse tuvo unos momentos para recuperarse de los temblores del placer y fue caminando a cuatro patas hasta el baño para corresponder al trato, convertida en orinal.

lunes, 29 de junio de 2009

Exhibida


Sonó el timbre del apartamento. Abrió y se hizo a un lado para dejarle pasar y que comprobara que seguía desnuda a la espera de serle indicado qué ponerse. Tras breve saludo le dirigió a su armario, que dejó abierto de par en par y se arrodilló junto a la cama, aguardando la elección. Un vestido negro ceñido de talle y con volante a medio muslo, muy accesible, sandalias negras de fino tacón. Sólo eso vestiría.

Salieron a la calle y pese al cálido ambiente pudo sentir en su mojada entrepierna la brisa estival. Su excitación era elevada, como siempre que era sacada a pasear. Se detuvieron en un cruce esperando a que el tráfico se detuviera y sintió como los dedos de su acompañante deslizaban por su piel más íntima, estremeciendo su cuerpo y siendo juzgada por una señora madura que estaba a su lado mirándola con severa mirada, cosa que mientras ahogaba un gemido apenas le importó.

Tras la cena, fue llevada al parque y allí, entre parejas escondidas, expuesta su piel y acariciado su sexo, siendo utilizada para complacer con su boca momentos después. Completamente excitada, fue llevada de regreso a su hogar.

La puerta del ascensor se abrió y entraron. Con un susurro, le fue ordenado arrodillarse. El corazón parecía salirse del pecho. Era posible que algún vecino estuviera en el rellano al llegar a su planta, pero obedeció. Tal era su turbación que hasta que el ascensor no abrió de nuevo sus puertas no entendió que no había parado en su planta, sino en una inferior. A continuación, le fue indicado caminar a gatas hasta la escalera y una vez en ellas pudo incorporarse, subiendo de uno en uno los escalones mientras hábiles dedos se enredaban entre sus piernas y se introducían en su interior. Llegó un momento en que la estimulación impedía caminar y sentía empaparse los muslos.

Le ordenaron continuar en ese estado hasta llegar a casa. No tenía pulso ni para abrir la puerta, con gran esfuerzo lo consiguió. Tras cruzar la puerta fue colocada contra la pared y penetrada desde atrás, teniendo que controlar el placer que súbitamente comenzaba a experimentar.

- Si eliges correrte, serás exhibida hasta que yo desee

Poco tiempo después se corría sin remisión, puesto que el modo en que la tocaba dejaba claro que no deseaba que tuviera otra opción. Completamente mojada y desnuda fue llevada al ventanal del salón. Colocó entre sus piernas una lámpara, apagando el resto de la habitación y jugando el resto de la noche con su cuerpo, perfectamente visible desde el exterior.

miércoles, 10 de junio de 2009

Recuerdos


Todavía la estoy viviendo, sintiendo mis bolas chinas y el calor de mi sexo que sigue palpitando

Con esa sensación sentó su cuerpo desnudo frente al teclado del ordenador para desglosar cada paso de la tarea que le había sido impuesta. Había recibido detalladas instrucciones, desde la longitud de la falda sin lencería, la blusa y hasta su manera de caminar. Ella se recreaba en la idea de las miradas anónimas, esas que se fijan en todo, que devoran con ojos de depredador, intuyendo la desnudez bajo la falda.

Subió al coche, sofocante bajo el sol, sintiendo el calor directamente sobre el sexo al acomodarse en el asiento. Subió la falda para poder conducir, comprendiendo que de ese modo desde la calle podría verse su piel desnuda. Fotografió el momento tal como le indicaron, aguantando las ganas de acariciarse.

Al llegar a la oficina de nuevo percibió el contraste del asiento de piel, fresco en este caso. Instintivamente, separó un poco las piernas, notándose mojada. Tenía tiempo para prepararse hasta ir al baño.

He mirado mil veces el reloj, he deseado mil veces que fuese más tarde. Y por fin la hora en que ya no podía más, en que he deseado sentir de nuevo esas bolas chinas

Entró en el baño sin cerrar la puerta, pues ese era el mandato. Sacó las bolas del bolso y las introdujo en su interior. Se acarició levemente y volvió a su mesa, el juego tan sólo había empezado.

Al finalizar su jornada paseó hasta un centro comercial con la excitación llenando su interior. Buscó un probador sin pestillo, con cortinas de tela que poder dejar sin cerrar del todo, dejadas al azar del paso de otras personas o del personal de la tienda. Con varias prendas entró en uno, el más a la vista quiso la casualidad. Se desnudó y acarició completamente empapada mirándose al espejo, fotografiando el momento con pulso agitado.

He seguido tocándome, y mientras… la dependienta diciéndome si necesitaba algo, el móvil sonando, y la gente esperando…

Salió del probador una vez vestida pero su excitación era tan grande que entró en otra tienda para repetir ritual, impidiéndose llegar al orgasmo de nuevo.

He salido ardiendo de esa tienda, notando como mis muslos estaban empapados… necesitaba una ducha, estaba excitada y caliente, estaba desenado dejarme llevar por la excitación hasta el final, pero disfrutando de no hacerlo..

Regresó a casa con el estímulo de las caricias, las bolas y la humedad recorriendo sus muslos, imaginando que alguien podría darse cuenta de su estado. Entró en la ducha y volvió a tocarse, reprimiendo un gemido de placer. Dejó que su orina regara sus muslos mientras se tocaba, recorriéndola al tiempo que palpitaba su entrepierna. Finalizó la ducha, se colocó una camiseta que apenas disimulaba su desnudez y continuó con sus tareas domésticas.

Mientras escribía los pormenores de su periplo y se contemplaba en las imágenes del teléfono móvil mantuvo las bolas colocadas en su interior y el hambre de placer hasta la hora fijada, mostrando sin atisbo de duda sus ganas de entrega y su exquisito obedecer.


viernes, 29 de mayo de 2009

Madera

Abrió los ojos empapada en sudor. El tiempo pasó volando, pensó. Tendida en la cama, con el pálpito en el sexo del último orgasmo ahogado fue interrogada sobre si quería continuar. Aceptó sin dudarlo.
- En ese caso caminarás a gatas hasta donde yo te quiera llevar.


Así lo hizo, sintiendo el ardor de la excitación en su sexo, estimulado mientras gateaba por las bolas chinas y el vibrador. Llegaron al salón donde se encontró con las cortinas abiertas y la luz vespertino del sol bañando el interior. En ese preciso instante adivinó que desde el edificio de enfrente podía verse todo lo que ocurría en aquél salón. A su derecha y frente al espejo del recibidor, una silla de madera.

Le fue ordenado sentarse, separar las piernas y dejar los brazos detrás del respaldo, para poder ser atada. El tacto de la madera era excitante, diferente sobre su piel. Durante un instante pudo verse reflejada en el espejo. Le encantó. Después fue atada y vendada, situada adecuadamente en la silla y comenzada a estimular.

Sintió la presión de las manos en su garganta, el juego con sus pezones, mezcla de caricias y presión, cada vez un poco más intensa, el vibrador en su sexo y el vaivén de las bolas chinas en su interior, llevadas casi fuera tirando del hilo y volviendo a dejarlas regresar. Su cuerpo se mecía al compás, instintivamente, recordando que la luz del sol se recortabe en su silueta, perfectamente visible desde algún ajeno balcón.


A continuación, gotas de agua fresca fueron cayendo por su vientre, llegando certeramente al empapado coño. La combinación de su excitación, con el agua y la sensación de humedad recogida por sus nalgas sobre la silla la dejaron al borde del orgasmo. En ese momento, un susurro se abrió paso hacia su interior.

- Sé que te gusta mirarte en espejos cuando juego contigo y también que te encanta tener las manos libres para sentirme y tocarte, de manera que te permitiré que elijas liberarte de una de tus ataduras, sólo una. Y me aprovecharé de la que no elijas

Casi pudo correrse al oír esas palabras. Realmente no sabía qué elegir, ambas cosas le eran muy excitantes. Se decantó por verse en el espejo y dejar que él hiciera con ella lo que quisiera. De ese modo pudo recrearse en cada uno rituales que siguieron en juego y pudo ver su rostro de felicidad desfallecida al serle regalado enorme placer.

Cuando fue liberada de sus ataduras se arrodilló junto a la empapada silla y lentamente con su boca limpió cada rincón del asiento, hasta asegurarse que todo estaba como lo había encontrado. Ahora, cada vez que pasa junto a la silla, mira de reojo y no puede evitar sentir un pequeño estremecimiento en su epicentro de placer.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Perseverar


El coche se detuvo junto a la acera. Intentó abrir la puerta del acompañante pero estaba cerrada; esta vez iría detrás. Accedió al habitáculo y el vehículo arrancó, deteniéndose minutos después en un lugar solitario. El conductor pasó a la parte trasera y sin mediar palabra esposó las muñecas de la joven al asidero que había en el lateral del techo. A continuación vendó sus ojos, separó sus rodillas y volvió a ponerse al volante.

Imposible conocer donde estaban cuando el coche se detuvo. El conductor se apeó del vehículo y abrió la puerta trasera.

- Aquí está nuestro entretenimiento – dijo a alguien desconocido
- Me gusta – añadió una voz femenina – espero que haga honor a su fama
- No defraudará

Unas manos de mujer se deslizaron por su rostro, alcanzando el cuello, perdiéndose en el escote del vestido y recorriendo sus pechos. Le pellizcó los pezones por encima del vestido, empapando su entrepierna. Seguidamente, se sentó a su lado, esperando iniciar la marcha.

El viaje hasta el restaurante fue breve. Durante el mismo la acompañante acarició el sexo de la prisionera, excitándola y haciendo que se abriera más. Aprovechó el escote del vestido para dejar sus pechos al descubierto, lamiéndolos y mordisqueándolos, quien sabe si visibles al resto de conductores de la ciudad. Después se situó a horcajadas sobre ella y ordenó que sacara la lengua, llevando su pecho delicado a la boca de la prisionera, haciéndole lamer poco a poco, guiándola tirando del pelo.

Fue desatada y retirada la venda. La bajaron del coche. Su entrepierna mojada regaló escalofríos al andar. Entraron en el establecimiento y los otros comensales eligieron por ella, cenando después. Antes de los postres ambas damas fueron enviadas al baño, con órdenes expresas de hacer aquello que se le indicara. Juntas entraron en el servicio, cerrando la puerta tras de sí. Ella quedó de pie mientras la otra chica se sentaba en el inodoro.

- Retira los tirantes y deja caer tu vestido – le dijo mientras comenzaba a masturbarse ante ella. Así lo hizo, mostrando su cuerpo desnudo aún mojado y el vestido a sus pies
- Con las manos en tu cabeza, arrodíllate para darme placer – fue la nueva orden mientras la acompañante se acomodaba para ofrecer su sexo.

Ella lamió con dulzura, recreándose en la humedad de la otra mujer, sabiendo que examinaba sus habilidades y que daría parte de ella a su Señor. Un gemido ahogado reflejó que había cumplido su cometido.

- Eres buena, desde luego – admitió la desconocida – incorpórate

Se puso en pie, sorprendida por lo empapada que estaba tras haber sido juguete en manos de aquella mujer, algo que su compañera también advirtió, sonriendo. Antes de salir del baño la puso contra la puerta, separó sus piernas e introdujo un huevo vibratorio en su ardiente sexo.

- Esta noche buscaremos el límite de tu excitación
- Está bien – respondió

Regresaron a la mesa. Allí esperaba el postre. Mientras comía, sobre la mesa apareció un pequeño mando a distancia. Al activarlo el huevo comenzó a vibrar, estimulándola intensamente. Apenas podía comer, sentía el calor subir por su vientre, sus ganas de correrse casi irresistibles. Soltó la cuchara y apoyó las manos en la mesa, sin poder aguantarse. Bastó una indicación de su Señor para mantener el control.

Regresaron al coche. Esposada y vendada de nuevo, activada la vibración y estimulada con caricias, sin poder acabar, ahogando su inmenso deseo. Inesperadamente, la otra pasajera se apeó del vehículo, dejándole un beso en los labios.

- Yo vivo aquí – le dijo – ahora te espera el examen final

Tragó saliva mientras sentía como mojaba el asiento de atrás. Un rato después llegaron al hotel. Liberada de sus ataduras, cruzó el vestíbulo con el paso tembloroso, agitada por la vibración. Llegó el ascensor y entraron en él.

- Entrégame el vestido – le dijo. Lo hizo sin perder tiempo pero sin precipitación.

Nerviosa y excitada esperó a que se abriera la puerta del ascensor. Cuando ocurrió comenzó a caminar desnuda por el pasillo, sin mirar alrededor, como sabía que se esperaba de ella. Se detuvo ante la puerta. Esperó a ser invitada a entrar. Cuando lo hizo sintió de nuevo en su interior el huevo vibrar. Sin embargo, esta vez no sería para probar su resistencia sino para comenzar una noche de placeres sin final.

jueves, 7 de mayo de 2009

Pupila


Impactante desde el primer momento. Parecía imposible que hubiera hecho un viaje tan largo dado su impecable aspecto. Bella, coqueta, conocedora de su encanto y orgullosa. Una quimera no desearla, lucha inútil no pretender modelar su destino.

Su primer encuentro dejó la impronta de lo que vendría después. Estaba cansada, irritable y él no se lo puso fácil, contemplándola con desdén, como cualquier otro objeto de los que decoraban la estancia. Perfecta en su berrinche, jugó con ella un rato más. Dejó más tarde que descansara.

En el siguiente encuentro comprobó que su instinto no había fallado sobre la esencia de aquella hermosa mujer. Puede que ni ella supiera que se había vestido de aquél modo para complacerle. Se pasó el día observándola, induciéndola a la trampa con pequeños detalles, estudiando cada una de sus respuestas sin dejar de ser amable pero sin dejar de tratarla con desdén.

Decidió que el siguiente encuentro sería en su casa, sin preguntar si ella accedía, sabía que sería incapaz de negarse. Supo que ella acudiría derrochando elegancia y su actitud más entregada. La cena estaba servida pero antes quiso volver a probarla, charlando indiferentemente pero impidiendo que ella hablara. Al principio trató de interrumpirle, a los pocos minutos bastaba un gesto para que siguiera callada. La situación la tenía tan confusa como excitada. Era imposible que aquel desconocido supiera su secreto en tan poco tiempo. Sin embargo, lo sabía.

Con elegante obediencia le siguió al salón. Vendó su mirada y la hizo sentar sobre la mesa, accediendo a cada instrucción en silencio, tan asustada como curiosa. Poco a poco, fue probando en su boca la cena que habían preparado para ella, degustando, respondiendo a las cuestiones que le planteaba, cayendo lentamente en sus redes, deseando continuar y saber qué vendría después. Su orgullo se había desvanecido sustituido por entrega que regalar.

Liberó sus ojos de la venda y la acompañó por la casa, conociendo otras estancias. En su alcoba se detuvieron, allí dormiría ella, sin más. Aceptó, imaginando que él también dormiría a su lado, mas no fue así, quedando sola.

Probablemente, en mitad de la noche temió en algún momento por lo que estaba a punto de iniciar pero a la mañana siguiente, cuando desayunó casi desnuda conocedora de que él no pediría nada sino que lo tomaría sin más, deseaba que aquél momento no tuviera final.

miércoles, 29 de abril de 2009

Descanso


Aparcó el camión en la zona de descanso de la gasolinera, estiró las piernas y se acercó a la tienda a comprar unas chocolatinas, agua y alguna revista porno, lo básico para pasar esa noche durmiendo en el camión.
Cuando salía por la puerta un joven le llamó. Le preguntó si la revista era buena a lo que respondió que todas eran igual, pero que servían de inspiración. El joven le propuso algo mejor.

El conductor aguardó junto al camión hasta que llegó la pareja. La chica fue presentada y explicada su condición. Blusa ajustada, minifalda y sandalias de tacón. Sería exhibida para su disfrute pero el hombre sólo podría tocarla si su dueño le autorizaba. Aceptó.

La joven subió las escalerillas del camión, mostrando a los caballeros su sexo rasurado y desnudo. Abrió la puerta y quedó sentada en el asiento del acompañante. A continuación subió el joven, que la situó entre sus piernas, vendando sus ojos a continuación. El conductor rodeó el camión y se colocó frente al volante, cerrando la cabina con una cortina frente al parabrisas.

Botón tras botón, la blusa fue abierta y la piel exhibida, acariciando suavemente aquellos senos perfectos. El camionero abrió la bragueta y se comenzó a masturbar. Ella podía escuchar su respiración agitada en la oscuridad de su mirada. A continuación la falda fue retirada y su sexo y piernas quedaron al descubierto, bien abiertas y bien mojadas. Suaves caricias recorrieron su excitado cuerpo, introduciendo paulatinamente dedos en su ardiente coño.

El camionero cada vez se frotaba con más energía y antes de acabar pudo probar la tensión de los pezones de la muchacha, la suavidad de su piel. Terminó de inmediato y sin dejar de mirar se recreó en el juego de la pareja, con la chica cada vez más entregada buscando placer.

Cuando estaba en puertas del orgasmo, el joven ordenó al conductor meter suavemente su dedo en el sexo palpitante de ella, haciéndolo coincidir con la llegada del intenso placer. Ella se estremeció durante un tiempo, quedando rendida al final en brazos de su acompañante. Después la vistió y la hizo salir del camión, despidiéndose ambos del conductor y saliendo a continuación. Desde entonces aquél hombre no necesita de revistas para obtener inspiración.

miércoles, 22 de abril de 2009

Oficina


Debió pensar que perdía el control. No comprendía aún el motivo de haber aceptado el desafío de aquél prácticamente desconocido. Y sin embargo contaba los minutos para poder comenzar, ajena a los murmullos de la oficina, el timbre del teléfono o el zumbido del fax.

Llegó la hora fijada. Se incorporó de su asiento y comenzó a caminar. Se notó empapada tras haber pasado un buen rato recreándose en lo que haría para después. Entró en el baño y se despojó de su primaveral vestido, dejándolo sobre la cisterna. Observó su piel, el contraste de sus medias y se excitó aún más. Del bolso extrajo un teléfono móvil para dejar huella de todo lo que haría a partir de ese momento.

Tomó su tanga y lo deslizó suavemente por sus piernas para lamerlo a continuación, antes de sentarse en el inodoro. Abrió después sus piernas para acariciarse y meterse el tanga en su empapado sexo, poco a poco, sintiendo la prenda entrar. Una vez estuvo dentro casi por completo avanzó la intensidad de estimulación, recorriendo pechos, pellizcando pezones y apretando con su mano su garganta y el collar que la decoraba, expresión de su entrega. La sensación iba en aumento. Mientras se excitaba no dejaba de pensar en la extrañeza de sus compañeros de trabajo por su tardanza en regresar del baño, en las ideas morbosas que tendrían sobre ella. Eso la provocaba aún más, pese a lo imprudente que parecía.

Aumentó el ritmo y pronto llegó al orgasmo, prolongado y aumentado al sacar lentamente y de una vez el tanga de su coño, completamente empapado. Cuando su cuerpo dejó de temblar lo limpió cuidadosamente con su boca y se vistió con la prenda, sabedora de que alguien podría detectar el aroma del sexo en su piel.

Ruborizada y aún mojándose regresó a su sitio, tratando de disimular el resto de la jornada y preguntándose por qué eran tan excitantes las palabras de desafío. Con el dilema de hasta dónde se dejaría llevar recordó que aún quedaba una tarea por realizar, tenía que documentar cada paso, que había sido capaz de llegar al final.

jueves, 16 de abril de 2009

Claustro


Esperó en la esquina ataviada como se indicó, blusa blanca, falda negra, medias y zapatos de tacón. Nada de lencería ni otro tipo de complementos. Únicamente el teléfono móvil estaba en su mano, por si fuese necesario. Al poco apareció el vehículo y subió a la parte de atrás.

En el asiento, un pañuelo. Preguntó si debía vendar sus ojos, cuestión que se le confirmó. Tras eso no hubo diálogo, ni un ruido. El coche avanzó en silencio por la ciudad. Minutos después se detuvo el motor. La puerta del coche se abrió y el conductor la liberó de su venda. Descendió contemplando un edificio antiguo, desconocido para ella, sin preguntas. El eco de sus tacones retumbaba en el húmedo empedrado. Al llegar a la gruesa puerta de madera, fue vendada otra vez.

Escuchó el ruido de la puerta al abrirse y ser llevada pausadamente de la cintura por un pasillo enmoquetado. Se detuvieron de nuevo ante otra puerta y la venda fue eliminada de nuevo. Entraron. La estancia olía a incienso y vainilla. Estaba por completo en penumbra y hacia calor. Alrededor, pequeñas velas iluminaban el perímetro. Sintió una sensación familiar, como una escena de Eyes Wide Shut, pero no tuvo tiempo de pensar más.

A su espalda, en voz baja alguien le indicó que caminara unos pasos, girase a su izquierda y sentarse en el sillón de madera que encontró. Trató de acomodarse, apoyando las manos en los laterales. Fue la última vez que vio algo de luz. Sus ojos fueron cegados, los brazos atados con firmeza al sillón mediante suaves cordones, la pelvis situada hacia delante, sus nalgas sentadas sobre la madera al remangar su falda y los tobillos amarrados a las patas del sillón.

Toda la operativa se desarrollaba al unísono, de manera que calculó que había al menos cuatro o cinco personas más, sin poder averiguar si eran masculinas o no. Según finalizaban de prepararla, quedaban a su lado. Podía sentir su respiración, su deseo, sus miradas lascivas. Unas manos suaves recorrieron su cuello y descendieron sobre su blusa, retirando uno a uno los botones. Otras manos se deslizaron por su pelo, sus piernas y cintura. Algunas separaron sus muslos para llegar al origen de su humedad. Justo cuando alguien tiró de su pelo para situarla en posición forzada escuchó como la puerta de la estancia se cerraba con llave. El examen acababa de comenzar.

miércoles, 8 de abril de 2009

Control


Inmovilizada a la silla, ojos vendados y pezones sujetos con pinzas. Piernas separadas con las bolas chinas vibratorias insertadas momentos antes, esperando su activación con el mando a distancia. Abrió la ventana y la luz dibujó su cuerpo en diagonal. Tal vez algún espectador con prismáticos podría verla, de tomarse interés, le susurraron al oído.

El hielo comenzó a gotear sobre su piel en lenta cadencia, excitando su cuerpo. Él activó la vibración y comenzó a sentir el calor ascender por su interior. La cabeza fue reclinada hacia atrás tirando de su pelo mientras era acariciada al tiempo. Tenía orden estricta de no alcanzar placer hasta que no le fuese expresamente autorizado, sin embargo, la estimulación era demasiado buena, demasiado intensa, la conocía bien.

Tras las gotas de agua helada, la cera fue cayendo por su piel. La combinación de sensaciones en la oscuridad de su venda la llevaban a correrse sin remedio y así avisó de su estado de excitación. Él presionó con más intensidad los pezones y con el mando a distancia cambió el modo de vibración, agitando más su deseo.
No recuerda cuanto tiempo estuvo en ese estado, tan cerca del orgasmo que sentía derramarse su humedad.

Fue liberada de venda y ataduras, colocada a cuatro patas junto a la silla para que observara la mancha en el asiento producto de su pasión. Llevada su cabeza al asiento, comenzó a lamer para limpiarlo, sintiendo aún en su coño el pálpito de la excitación. Quedó situada en esa pose y, erguida su cabeza tirando del pelo, penetrada por detrás. Cuando notó activarse al tiempo las bolas vibratorias adivinó que esta vez sería sometida con rigor, pero también que su placer no tardaría en serle autorizado, regalando su placer a quien se lo quería entregar..

martes, 7 de abril de 2009

Rendida

Educada sin dejar de ser directa, acostumbrada a gestionar personal. Ajena a recibir órdenes y menos a obedecer. Y sin embargo, tan deseosa de hacerlo. Halló sin buscar lo que sentía, eso pensaba.

Una vez se hallaron en la estancia le recordó qué se esperaba de su aspecto exterior. Retiró de su piel pendientes y resto de complementos, dejó a un lado la blusa, la falda y el sujetador, quedando únicamente vestida con medias y zapatos de tacón. Recibió la orden de retirarlos también.

Fue sentada en una silla y atadas sus manos al respaldo. Separó las piernas tras la pertinente indicación. Su mirada hacia el suelo, su pelvis adelantada, actitud de cooperación.

La piel fue recorrida y estimulada, algo que no esperaba. Mojaba por momentos el asiento de la silla e imaginaba que después le harían limpiarla. Pero esta vez se equivocó. Dejada al borde del placer fue incorporada y llevada hasta un espejo de cuerpo entero. Se ordenó que permaneciera arrodillada con sus manos atrás, mirándose mientras era acariciada. Le gustó mucho esa posición, se sintió cómoda y natural.

Bordeaba el límite del placer, demasiado cerca tal vez. Él así lo había planificado. Fue el momento elegido para dar una orden sencilla pero en su interior cargada de dificultad. Sin tirar de su pelo, sin más que un susurro se le ordenó colocarse a cuatro patas y seguir a su Señor. Acostumbrada al poder fue dura la rendición.

Temblaba a cada paso, componiendo su grupa para mantener la armonía y la seducción. No sólo se esperaba su cumplimiento sino también su calidad. En su interior se agolpaban los miedos, la implicación de aquél sencillo gesto y las palabras que recordaban en ese momento su condición.

Cada zancada que daba era una lucha entre seguir, detenerse o incorporarse, pero fuerte era su determinación y acabó. Postrada a los pies de la cama, obtuvo un rato de paz y recompensa. Sin embargo, el desafío continuó. Arrodillada ante la mirada que la estremecía si cesar, escuchó cual era su receta para complacer en aquél lugar. Ofreció su cuerpo, su sexo, su boca y su rostro para castigar.

- Así sea, escuchó antes de comenzar.

martes, 31 de marzo de 2009

Despacho


Coincidieron, como algún otro día, en la cafetería principal del edificio. Se saludaron amistosamente, bromeando como solían. Al rato, ella le llamó, continuando una broma anterior. Él a su vez reconoció la belleza del vestido y los complementos que llevaba.

- Pues hoy estreno medias, que sé que gusta saber que una mujer las usa
- ¿Estrenas? En tal caso tendré que verlas – respondió él
- Algún día, tal vez – respondió riendo
- No lo creo. Será ahora. En cinco minutos te iré a buscar

Ella adujo el riesgo de jugar en el trabajo y la falta de privacidad. La única respuesta que obtuvo fue quedarse en su sitio a la espera de ser recogida.

De camino a su despacho, él pasó por la garita de seguridad para reclamar la llave de la sala de conferencias, que le entregaron sin dificultad. Con una carpeta en la mano tomó el ascensor y llegó hasta la sección de dirección.

- Tengo la documentación que se ha solicitado - dijo a la secretaria – pero conviene que la revisemos. Tienes un minuto ahora?

Ella dudó en responder, su compañera dijo que no se preocupara, la reunión del consejo duraría bastante y podía atender los asuntos sola. De modo que salió tras él, siendo informada de que la sala de conferencias era el destino.
Abrió la puerta y la hizo entrar. Cerró con llave después.

- Las manos sobre la mesa, las piernas separadas – ordenó mientras ella aún temblaba
- Estamos en el trabajo y…
- No creo haber pedido tu opinión y no repetiré las instrucciones – dijo sin alterar el tono sereno. Ella obedeció

Lentamente, levantó el vestido hasta el trasero para ver la lencería que, tal como se había anunciado, era nueva, elegante y sensual. Ella respiraba agitadamente, manteniendo su cabeza agachada y las manos firmes sobre la mesa. Él retiró las bragas de encaje hasta medio muslo. Ella trató de moverse y decir algo.

- No me interrumpas y cállate
- Sólo eran las medias, por favor
- Será lo que yo desee, entendido?
- Está bien – admitió

Subió los dedos por la cara interna de los muslos hasta alcanzar el sexo, empapado en aquel instante. Se colocó tras de sus nalgas para acariciar y recorrer cada rincón que quiso, llevando las manos bajo su vestido a través de su ombligo hasta el pecho, que pellizcó y excitó.
Volvió a deslizar hacia abajo las manos hasta quedar apoyado en su trasero. La incorporó tirando del pelo sin prisas, marcando el desplazamiento.

- Arrodíllate
- Puede entrar alguien y vernos..
- No lo diré más – ella suspiró y ejecutó la orden

La rodeó paseando, sujeta del pelo, con los tirantes del vestido en los brazos y el pecho sobre la tela, al descubierto. Una vez que disfrutó de su obediencia permitió que se levantara y pusiera las bragas. Ella preguntó si podía refugiarse en sus brazos y se le concedió.

- Este es el lugar más seguro de todos, aunque tardarás en volver porque levantaría sospechas
- Podría haber venido alguien más
- No es cierto – replicó él – sólo hay una llave, la otra está custodiada al otro extremo de la ciudad
- No lo sabía. Gracias por tenerlo en cuenta
- Es mi deber. Espero que no vuelvas a dudar la próxima vez
- No lo haré

Una vez que serenó las pulsaciones y con deberes por finalizar, salieron con calma, regresando cada uno a su puesto, custodiando el secreto que ella había decidido compartir.

Intensidad


Sentada sobre sus muslos, acariciada, estimulada, sus pezones prendidos con pinzas, las manos anudadas a la espalda. Ardía de deseo.

- Quiero obtener placer esta noche, Señor
- ¿Qué entregarás a cambio?
- Todo – respondió entregada
- Lo comprobaré, ¿lo sabes?
- Haga su deseo

Separó más sus piernas. Comenzó a acariciar su sexo, tiró de su pelo para arquear su espalda y levemente de las pinzas para estimular su piel. Ella comenzó a gemir.

- Castígueme – susurró al notar que las caricias descendían en intensidad, esperando que ella entregara más
- Dame a elegir
- Azóteme, vierta cera sobre mi cuerpo, use mis mejillas

Él acarició su sexo y la penetró suavemente, excitándola más. Marcó la silueta de su mano en las nalgas de su propiedad, recibiendo por respuesta una petición de mayor intensidad. La penetró por completo y condujo los cuerpos a un suave vaivén mientras seguía estimulando su clítoris y estiraba de las pinzas.

- Más, por favor – pidió ella. Una bofetada marcó su mejilla
- Gracias Señor – dijo moviendo la cabeza para apartar la melena de su rostro y ofrecerlo claramente. Un nuevo castigo fue impuesto sobre su piel al mismo tiempo que era excitada al límite.
- Más - gimió mezclando deseo, desafío y dolor. Él prescindió de mayor castigo y aceleró la estimulación para regarla con la mayor intensidad de placer.

Cuando finalizó retiró con cuidado las pinzas, humedeciendo con sus labios ambos pechos para no dejar huella permanente en la piel. Desató sus muñecas y la tomó en brazos.

- ¿Hasta dónde habrías llegado? – quiso saber de ella
- Hasta desfallecer
- ¿Por qué? No tenías nada que demostrar
- Lo sé, pero cada vez que supero desafíos aumento la adicción hacia mí, sé que puedo dar lo que ninguna otra. Cada vez que me entrego, consigo tenerle más esclavo de mí.

Inicios


- Esto no es una sesión, quiero que lo tengas claro. Sólo una evaluación
- Lo sé - quedando en pie ante él antes de iniciar la marcha

Caminaron a través del parque aunque ella sugirió pasar antes por una cafetería para ir al baño. No había tenido tiempo antes. Él ignoró la sugerencia y fue realizando las preguntas que le interesaba conocer. que fueron respondidas detallada y puntualmente. Alcanzaron un claro aislado con bancos por el que esporádicamente pasaba algún corredor vespertino.

Ordenó que se quitara el abrigo, dejando el vestido al descubierto. Ella se tomó su tiempo, ya que no sabía cómo le gustaría que lo hiciera. Finalmente trató de ser natural. La brisa primaveral erizó sus pezones y revolvió su pelo, adquiriendo una presencia aún más salvaje. Él la sentó entre sus piernas en un banco, reclinando su cabeza hacia atrás. Colocó las manos de ella a ambos lados, percibiendo su nerviosismo. Finalmente, tomó el vestido a la altura de las caderas y retiró la tela recogiéndola tras su espalda, dejándola sentada directamente sobre el banco.

- Separa las rodillas. Has desobedecido una orden directa – el cambio de tono la asustó. Sabía perfectamente a lo que se refería aunque no tenía la menor idea de cómo había podido averiguarlo sin haberla tocado. Intentó explicarse
- No sabía si podía confiar..
- Y realmente no puedes saberlo. Sin embargo has venido
- Sí – dijo ella con un hilo de voz
- Antes querías ir al baño, verdad?
- Sí.
- Pues hazlo, aquí y ahora – ella se estremeció – Ya que has decidido que puedes llevar ropa interior pese a que se te ha indicado lo contrario, podrás cumplir sin problemas lo indicado, gota a gota incluso.

Miró de reojo alrededor intentando que no se notara que lo hacía. Acatar esa orden era algo que otras veces había hecho pero nunca en un primer encuentro y menos aún sin quitarse la ropa interior. Se centró en relajarse y cumplir. Tras unos momentos de incertidumbre notó mojarse sus muslos y poco a poco escuchó el goteo de su propia intimidad deslizando por la madera del banco discretamente.

Al finalizar el mandato preguntó qué deseaba que hiciera a continuación. Él dejó que eligiera mantener la empapada prenda sobre su piel o dejarla enlazada al banco. Ella optó por la última opción. Seguidamente se le ordenó asearse utilizando sus propios dedos y su lengua, dejando impecable su sexo. Cada petición era un nuevo reto. Con dos dedos pasando de su boca a su cuerpo, secando con el reverso de su mano la piel y tratando de complacer a la vez que cumplía la tarea, acabó.

- Incorpórate – así lo hizo – puedes ponerte el vestido y marcharte. Continuaremos cuando sepas obedecer
- Por favor, quisiera continuar
- Hoy no. Vuelve a casa. Si parezco intransigente no tienes porqué volver a tener contacto conmigo
- Quisiera volver a ser entrevistada. Sé que lo puedo hacer mejor.

Nacimiento

- Puedes incorporarte
- Gracias
- ¿Qué sientes?
- Confusión
- ¿Eres consciente del paso que has dado?
- Sí...sí Señor.