jueves, 1 de junio de 2017
Caoba y cera
viernes, 18 de abril de 2014
Un abrigo blanco
Confiesa timidez pero de todas las prendas que podía elegir para la sesión eligió un abrigo blanco, casi a juego con su piel, juntas la prenda y el cuerpo, sin nada que fuese a impedir el contacto. Un tono blanco destacado en la oscuridad de la noche mientras seguía los pasos que la guiaban. Tiene ese punto picante su timidez, dejarse mostrar e incluso buscarlo como pide su instinto a su pesar. Cuando deambulaban en busca de un rincón apropiado podía sentir todavía entre sus piernas la humedad de los placeres previos alcanzados horas antes. Pura adicción a los desafíos en distancias cortas.
Bajaron las escaleras hacia un rincón oscuro que rezumaba vicio y suciedad. No sabía exactamente la tarea que recibiría pero no tuvo tiempo de pensar tras ser colocada contra la pared rozando los pezones, el abrigo bajado hasta mostrar sus hombros y penetrada sin delicadeza, recibiendo embestidas que la ceñían a la pared, azotada, la melena estirada hasta tener que mirar al cielo y la garganta comprimida de tal modo que se mojó pidiendo que apretara más.
Siempre que era usada de esa manera el torrente del placer acudía de inmediato. La respiración agitada era lo único que se oía en el rincón. Entregó el abrigo para arrodillarse y limpiar desnuda la piel del propietario. Él reemprendió la marcha con el abrigo en la mano y ella le siguió con paso inicialmente tembloroso pero después orgulloso de lucir su desnudez a la vista de cualquier noctámbulo. No recuerda haber sentido frío ni temor a su lado, sólo una constante excitación y ganas de vivir nuevos desafíos, sentir el aroma de la obediencia entre sus piernas y conocer la próxima orden, envuelta en su abrigo blanco, tan intensa que es capaz de olvidarse de contar los placeres o los azotes que la llevaron hasta allí.
martes, 15 de octubre de 2013
Arriba y abajo
Era una noche calurosa para ser final de verano, perfecta para acabar el helado de la cena en la terraza y ejercer de gran anfitriona con su invitado. En un rincón del salón seguía amarrada con delicada cadena a un viejo aparador de lacado chino su mascota de piel clara y fina como la porcelana, delgada desnudez, casi aniñada. Entraron desde la terraza y ella se sirvió una copa, recostándose en el sofá mirando a su protegida.
Pidió a su invitado que comprobara la humedad de su perra, como la llamaba, para ver si seguía disponible y excitada. La muchacha estiró un poco la espalda para separar más las piernas sin perder la genuflexión. Una caricia adentrada entre sus muslos seguida de un leve azote en la misma zona sirvieron para garantizar la humedad. Era la primera vez que alguien entraba en la casa viéndola así.
Tras soltar la cadena, la joven acabó sobre una gran mesa de cristal en la misma pose en que antes había reposado el sushi de la cena. Su dueña acarició el coño hasta empaparle los labios y mojar abundantemente la mesa. La azotó después, cada vez más fuerte y más rápido. Se alternaban gemidos con el sonido de la piel castigada. A continuación, separó más sus piernas para acariciarla con una maza picahielos recién sacada de su cubeta, enfriando la zona durante un rato, jugando con el contraste de temperatura hasta que de poco en poco la introdujo en el coño de su propiedad, dilatando bien por el calibre de la maza.
Colocó unas pinzas metálicas en los pezones de la mascota antes de subir a la mesa despojada de la parte inferior de la ropa para colocarse sobre su boca, haciendo que lamiera cada rincón que apretaba contra ella. Cada vez apretaba más su cuerpo contra la cara dejándola casi sin respiración, permitiendo que se recuperara y volviendo a empezar. Se giró después para que lamiera en posición inversa al tiempo que ella presionaba las pinzas hacia arriba, acariciaba el coño de la joven y mecía la maza de dentro a fuera, con la cadencia justa para tenerla al límite sin permitir que se corriera, pues sólo la dueña lo haría dos veces sobre la cara de su servidora derramando todo tipo de humedad en su boca.
Bajó de la mesa y ordenó a la joven limpiarla y guardar los juguetes. Se incorporó con movimientos felinos para lamer cada rincón de la mesa, hasta casi no dejar marca. Después fue al aparador oriental a recoger una gamuza con la que acabar la limpieza. Sus muslos brillaban aún de humedad cuando regresó a su rincón para esperar órdenes.
La anfitriona recabó de su invitado la aprobación sobre las virtudes de la joven, que había puesto en duda la capacidad de su dueña para superar los mismos desafíos y por eso estaba allí él, para someterla a una sesión más intensa mientras la mascota era testigo de la demostración de su dueña, obligada a masturbarse contemplando la escena. Extenuadas ambas, una tras entregarse en la sesión como sólo en contadas ocasiones permitía y la otra tras media docena larga de orgasmos, la dama se dio por satisfecha. La perra estaba postrada a sus pies. Ya no había motivos para dudar.
martes, 13 de noviembre de 2012
Correo interior
martes, 28 de febrero de 2012
Fin de semana
El avión había llegado con media hora de retraso. Afortunadamente no tuvo que recoger equipaje y en cuanto pudo entró apresuradamente en el baño. Terminó de arreglar el atuendo justo al recibir el mensaje de llegada de su compañero de habitación.
Ya tenía un taxi reservado, de manera que pusieron rumbo a la ciudad sin demora. Su acompañante charlaba animadamente con el conductor dejando al tiempo la mano entre la húmeda entrepierna de ella. Yevgeny había visto de todo en su país de origen antes de emigrar y ganarse la vida de taxista. Conocía a su pasajero de otros asuntos y en ocasiones ponía el taxi a su disposición, teniendo por seguro que disfrutaría.
El pasajero levantó completamente el vestido de su acompañante, dejando ver la humedad que brillaba entre sus piernas. Al oído pidió que sacara las tetas por el escote y se acercara entre los asientos a pedir opinión al conductor. Ella sintió un vértigo entre la locura de perder el control y el incremento de humedad. Después pensó que lo peor que podía pasar es que el taxista se escandalizara y los dejara en cualquier sitio, de manera que accedió acompañada por las palabras de quien incitaba al taxista a comprobar la firmeza del cuerpo que se ofrecía desde la parte trasera.
El conductor acarició sus tetas y pellizcó los pezones con más suavidad de la que acostumbraba a sentir, pero aún así sintió el morbo. Después tuvo que reclinarse hacia atrás para acercarle el sexo empapado. Su acompañante acarició el hambriento coño y lo azotó ligeramente, dejándola al borde del orgasmo, logrado tras nuevas caricias y la penetración de los toscos dedos del taxista en su interior.
No les cobró la carrera, aunque ella desconocía la complicidad entre los hombres y pensó que había sido todo gracias a su ardor empapada y sudorosa. Bajó del taxi y esperó junto a la puerta. Su acompañante salió tras ella, enganchó en plena calle una correa a su collar y le dijo al oído mientras bajaba ella la mirada que aquello no era nada. Fluían las palabras por su interior como goteaban sus muslos hasta las rodillas. A partir de ese momento era cuando la sesión acababa de empezar.
lunes, 13 de febrero de 2012
La cafetería
La tradición manda que el café tras la comida se haga en la cafetería a dos pasos de la empresa. Sin embargo una vez fue distinta a todas. Al lado de nosotros, sentados en la barra, una pareja tonteaban con la nata del café. A ella se la veía más directa, él intentaba no perderse el juego. Puede que pensaran que nadie se daba cuenta o puede que lo contrario pero en un momento ella se contoneó en el taburete maniobrando bajo su vestido y lanzó al otro una prenda de ropa interior. Por un instante cruzó su mirada con la mía, intensa.
Al poco tiempo el tipo hizo una llamada y salió del local. Frente a mí quedó la chica, jugando con la cucharilla y mirando otra vez. Bajé la cabeza un poco, como queriendo mirar entre sus rodillas, mirándola fijamente. Seguía sin apartar la mirada balanceando las rodillas.
Puse la mano a la altura de mi cintura y señalé hacia sus rodillas con dos dedos juntos, separándolos lentamente hasta dibujar una V. Su reacción no se hizo esperar. Separó un poco las piernas, suficiente para intuir pero desde mi sitio insuficiente para ver bien.
El chico entró aún hablando, de manera que se colocó entre nosotros impidiendo ver nada más. Volví a cazar su mirada y con la mía apunté hacia su espalda donde estaba la puerta del baño. Giró la cabeza para mirar y luego volvió a mirarme, sin tanta seguridad en sí misma esa vez.
Volvió a sonar el teléfono del chico y anuncié a mis camaradas que iba al baño. Pasé junto a ella, esperando su reacción. Supe al cruzar la puerta que seguía mis pasos. Esperé a que llegara a medio entrar en el baño de caballeros. Abrió ella la puerta de acceso y miró atrás. Cerró después. Con un gesto hice que me siguiera, no había nadie.
Entramos en un cubículo cerrando por dentro. Ella iba a decir algo pero lo impedí poniendo un dedo en su boca. Hablaría yo. No tenía miedo, se quedó sin cruzar los brazos, sin protegerse. Desde los labios, recorrí con un dedo su barbilla, garganta y pasé entre sus pechos y cintura y llegué a sus caderas siguiendo la tela del vestido. Cuando acabó, llevé los dedos al interior de sus muslos y ascendí lentamente, susurrando a su oído lo obediente que era y lo excitada que se la veía por la situación. Antes de llegar a su coño ya sentí su humedad. Después llegué a rozar su piel, abriendo ella más las piernas, entrando de manera suave y natural en su coño entre apagados gemidos, se aferraba a mi brazo no para separar mi mano sino para apretarla más.
Saqué los dedos de su coño y se los hice limpiar con la boca. Ella buscó la mía con sus labios pero me aparté. Antes de eso quise saber si volvería a verla. Ella negó con la cabeza, si volvía estaba perdida, decía. Le gustaba demasiado la instrucción. Abrí entonces la puerta del baño para asegurarme de que no hubiera nadie. Dejé que saliera delante de mí y esperé unos segundos para salir yo. Cuando lo hice ya no estaba. Todavía recuerdo su respiración. Nadie la ha visto aparecer por el local desde entonces, honra su palabra.
jueves, 10 de febrero de 2011
Castigada
Recibió la orden de quitarse el abrigo, quedando vestida tan sólo con medias y liguero. Pezones erizados, rubor en las mejillas y el morbo de verse ante un desconocido, un entendido tal vez, junto a quien daba las órdenes. Se puso a continuación a cuatro patas sobre una pequeña mesa encajada entre dos sofás. Los hombres comenzaron a pasear alrededor de su cuerpo, dejando de vez en cuando un dedo resbalar sobre su piel, valorando su suavidad y su actitud inequívoca de puta entregada.
Entre sus manos situaron un pliego de folios. Cuando bajó la cabeza para leerlos observó que era su playlist. Sabía que el motivo de tenerlo allí era para recordarla los incumplimientos. Se ordenó que leyera uno a uno los preceptos, recibiendo un firme azote con cada lectura. Al tiempo, el otro hombre paseó un dedo por su boca, humedeciéndolo y usándolo para pellizcar sus pezones antes de colocar suavemente unas bolas chinas en el interior de ella. La lectura pausada se sucedía con perfecta dicción, sólo puntualizada con el ruido del azotado y las caricias que el desconocido realizaba entre los muslos de la joven, sin dejar de torturar su pecho.
Pasado el ecuador del documento se alternaron los hombres. Quien antes acariciaba ahora era aún más severo que el anterior, mientras que su castigador la llenaba de aquellas caricias tan perfectas que debía contenerse para no mojarse de placer. A falta de tres artículo por leer, recibió gotas de cera por su espalda, provocándole mayor excitación si cabe, confundida entre el dolor constante en sus nalgas, el calor de su piel y el anuncio del orgasmo en su pelvis. Apenas era capaz de ver las líneas del documento.
Finalizó como pudo la lectura y quedó en silencio, estremeciendo las caderas ante la inminencia del placer. El hombre a su grupa se encargó de completar las caricias ayudado de las bolas chinas sin dejar de azotarla, mientras el otro la tomó del pelo y la introdujo su miembro en la boca hasta que tragó toda su leche, coincidiendo con un estallido de placer que apenas la dejó sostenerse en pie.
Finalizado el castigo, bajó a cuatro patas de la mesa y quedó tumbada, con el latido del corazón en su entrepierna, junto a los pies de su propietario, esperando ser exhibida ante el invitado o usada de cualquier manera, honrando su condición.
martes, 28 de diciembre de 2010
Versión Original
- Bonito abrigo, quítate la falda – escuchó.
Con el primer escalofrío de la noche, obedeció el mandato.
Escasos minutos después habían aparcado y entraban en un casi desierto cine, debido a la programación en versión original. Buscaron un lugar centrado en la sala pero apartado a la vez. Al otro extremo se sentaron dos preciosas jóvenes, aparentemente extranjeras, una de ellas destacaba por su sensualidad, la poca ropa que llevaba y el blanco cerámico de su piel. A ella le gustó pensar que tenía esas cómplices de testigo.
Él permitió que colocara el abrigo sobre sus piernas, para no destacar tanto el contraste de las delicadas medias con la desnudez de su piel. Susurrando a su oído, le entregó el huevo vibratorio para que lo colocara en su interior, activándolo después. La humedad invadió su cuerpo y su mano se aferró al brazo de su acompañante. A continuación, justo cuando comenzaba la película, le ordenó abrir por completo la blusa para poder pellizcar sus pechos, mientras ella abría bien las piernas y se acariciaba al ritmo de la vibración.
Recibió la orden concreta de separar aún más las piernas y masturbarse girada hacia las dos chicas que en ese instante ya se besaban apasionadamente. Cumplió entornando los ojos, dejándose llevar pero pudiendo darse cuenta de que las jóvenes se recreaban contemplando sus caricias al tiempo que ellas no cesaban de jugar. Su acompañante la tiró hacia atrás del pelo, obligándola a reclinarse un poco más, a estar más expuesta. Y en ese preciso instante se corrió intensamente, llevada por el estremecimiento de la vibración.
Su acompañante utilizó el mando a distancia para detener la vibración y ordenó que finalizara la tarea dejando unas gotas de orina en el asiento, detalle que ella no olvidó. A continuación, se arrodilló para limpiar el asiento y quedar arrodillada entre las piernas de su instructor hasta que se le permitió incorporarse y permanecer en su regazo, desde el que pudo observar como la joven de blanca piel dedicó un buen rato a lamer el sexo rasurado de su amiga, mirando de vez en cuando a la dama desnuda del otro lado de la fila.
martes, 31 de agosto de 2010
Fire
Volando sobre los tacones, se movía con esa cadencia sensual, pegada a la piel del otro, sabiendo seducir. Él giró su cuerpo y se situó detrás, tomando su cintura con una mano y otra ascendiendo por su pecho desnudo tras la lycra de la camiseta, ciñendo su garganta y su pelo al final. Entre el calor del local, la penumbra, el tacto y la estimulación, entre sus muslos se cocinaba una intensa humedad.
Él colocó un objeto en su mano. Ella reconoció la bola vibratoria y sin dejar de bailar, aprovechando el vuelo de la minifalda y flexionando ligeramente las rodillas, no tuvo problema en introducirla en su interior. Él activó el mando a distancia y la sumergió en un torbellino de excitación.
Cerraba los ojos y por momentos sentía que flotaba, apretando al otro contra su cuerpo, llevándole a estrechar su garganta de nuevo, a demostrarle que era suya. Poco a poco otra joven fue acercándose a ellos y acabó pegada a su pelvis, bailando al mismo son. Él se acercó a la chica y susurró algo. Siguieron bailando, cada vez más lentos, cada vez más juntos los tres. La chica comenzó a acariciar su cintura, ascendió por el talle y la tomó del cuello, besándola profundamente. Ella se dejó hacer, puesto que su dueño nada impedía, mojándose al sentir la ternura de la otra boca, la jugosa lengua recorriendo su labio inferior, mordiendo su cuello.
Poco a poco, entre caricias sutiles entre los muslos y algún beso más, abandonaron la pista de baile, refugiándose en un rincón. La tomaron de la mano y la sacaron del local, llevándola al coche. Sentada en el asiento de atrás, vendaron sus ojos. Él comenzó a conducir, quedando la chica a su lado. En plena oscuridad, sintió como un susurro la desnudaba. La otra chica anunciaba que le habían concedido el uso del mando a distancia con el que estimular su ardiente sexo y que pensaba utilizarlo a conciencia. Desprendida de ropa, abierta de piernas, atadas las manos a la espalda y marcando en los respaldos de los asientos delanteros cada zapato de tacón, comenzó a ser comida su entrepierna, a sentir la vibración de las bolas y a intuir la mirada del conductor a través del espejo retrovisor. En manos de una desconocida mujer, escuchó cómo se ordenaba que fuese estimulada, pellizcada, besada, mordida, usada y follada hasta que se derritiera de placer.
lunes, 9 de agosto de 2010
Film
Recibió la orden de retirar sus complementos. Comenzó por los pendientes, la pulsera después y el reloj para terminar. Lo depositó en la mesa antes de serle ordenado guardarlo en el bolso. Sentía como el pulso se le aceleraba. Tras eso vendrían las bragas. Cuando se lo ordenaron entendió el motivo por el que le había dejado elegir sitio y ella, inocentemente, se había colocado hacia donde más gente había y ahora podría ver la tarea. Sin embargo, el reto la excitó más.
Con la mayor naturalidad que fue capaz y tratando de no mirar alrededor para no levantar sospechas cumplió el desafío, ayudándose de una simulada caída de la servilleta para recoger la prenda, que entregó a su Señor. Después, salieron del café.
El tacto del vestido se había hecho diferente al ir sin ropa interior y más notorio cuando percibió caricias sobre su nalga, recorriéndola quien antes la había azotado en privado. Entraron en el cine, que a esas horas de la madrugada apenas contaba con dos docenas de almas apiñadas en la platea, cortesía de la informática del local. Poco a poco se fue diluyendo la masa, unos en busca de palomitas, otros hacia filas superiores en busca de intimidad.
Con el hormigueo de la excitación previa, ella se acomodó en la butaca, evocando los instantes anteriores. Minutos después de comenzada la película, el público ya había centrado la atención en la pantalla y ellos estaban en un discreto y elevado lugar.
- Entrégame el vestido – susurró
La adrenalina desbordaba cada poro de su piel. No pudo evitar mirar a los lados, por lo que fue castigada después. Tras el acto reflejo, se desnudó, quedando únicamente con las sandalias de tacón en la butaca. Separó las piernas y se recostó, esperando ser utilizada y mojando el asiento. Los dedos de su dueño resbalaban entre sus muslos y la estimulaban más y más. Cuando pensó que sería utilizada de ese modo le dieron nuevas instrucciones.
- Túmbate en el suelo, piernas separadas y junto a mí.
Con una leve caricia podría haberse corrido en ese mismo instante. El juego de control en público era lo más intenso, sabiendo que en la oscuridad la otra parte controlaba cada detalle para que no tuviera que pensar en nada. Se agachó antes de tumbarse, quedando expuesta al juego, viendo el techo de la sala iluminado por el haz de la película, imaginándose observada.
Él comenzó a acariciarla con un pie desnudo por el vientre, el pecho e introdujo el dedo gordo en su boca, que ella saboreó con deleite. Regresó así, humedecido, a recorrer su piel hasta depositarse suavemente en el sexo, estimulando levemente cada rincón y acabando introducido en el empapado coño con suavidad. En ese momento fue autorizada a acariciarse el clítoris con una mano, mientras con la otra pellizcaba sus pezones y se movía al compás que le marcaba su dueño con el pie.
Unos segundos bastaron para alcanzar el umbral del placer. Le miró buscando su aprobación para poder correrse, cosa que le fue permitida. Los espasmos de placer tumbada en el suelo se sucedieron durante unos instantes, quedando el pelo sobre la frente y la respiración agitada. Él retiró el dedo de su interior y permitió que con su boca ella lo limpiara. Tras eso, podía disfrutar de la película como gustara. Ella eligió hacerlo desnuda, arrodillada y entre las piernas de su Señor, saboreando su sexo y el calor de su néctar, apoyando la cabeza en sus piernas al final, aguardando a que le ordenaran vestirse o ser de nuevo utilizada.
lunes, 16 de noviembre de 2009
Postre
El camarero eligió el mejor lugar del salón y aguardó con la silla a la dama. Ella se sentó tras quitarse el abrigo, mostrando su figura ceñida por el vestido y complementada por tacones y delicadas medias. Él pidió por ambos lo que iban a cenar.
Degustaron en silencio una cena exquisita, salpicada únicamente por los cambios de ritmo del huevo vibratorio que ella llevaba en su interior, excitando y empapando su sexo, aparentando normalidad ante la felina mirada de los camareros que admiraban su belleza, ajenos al control del orgasmo que ella estaba realizando.
Justo antes de pedir el postre, le ordenaron dejar sobre la mesa su tanga. Ya no iba a necesitarlo más. Ella se estremeció y sintió el calor acudir a sus mejillas. Había hecho aquello otras veces pero nunca tan expuesta a las miradas ajenas y sin preparación. Con la mayor naturalidad del mundo, dejó fija su mirada, relajada la sonrisa y llevó sus manos bajo el mantel. Delicadamente bajó de un solo gesto su lencería y la depositó donde se le ordenó, completamente empapado.
El camarero tomó nota de los postres y maquilló con una sonrisa la presencia del tanga en el mantel. Se retiró con sigilo pero no pudo evitar comentar el hecho con el resto del servicio, asomándose con sigilo un par de camareros desde la máquina de café. Los comensales tomaron postre y abonaron la cuenta. Antes de salir la joven recibió una nueva tarea. Iría al baño a quitarse el vestido. Sólo las medias y el abrigo cubrirían su piel. Así lo hizo.
Cuando salieron del local, el camarero dedicó la mejor de sus sonrisas a la dama, que paseaba altiva y mojada por el salón, llevando en su mano sin disimulo el vestido con el que había cenado. En la calle confesó su excitación, deseosa de vivir nuevos desafíos. Y no tardó en conocerlos. Mientras bajaban las escaleras mecánicas camino del aparcamiento se le ordenó abrirse el abrigo, dejando su piel descubierta, sentir la brisa de la noche recorriendo su interior. Y si pensaba que el desafío era sencillo, se equivocaba. Apenas había comenzado y el siguiente paso era entregar su abrigo y caminar desnuda para tener derecho a entrar en el coche de su Señor.
miércoles, 8 de abril de 2009
Control
Inmovilizada a la silla, ojos vendados y pezones sujetos con pinzas. Piernas separadas con las bolas chinas vibratorias insertadas momentos antes, esperando su activación con el mando a distancia. Abrió la ventana y la luz dibujó su cuerpo en diagonal. Tal vez algún espectador con prismáticos podría verla, de tomarse interés, le susurraron al oído.
El hielo comenzó a gotear sobre su piel en lenta cadencia, excitando su cuerpo. Él activó la vibración y comenzó a sentir el calor ascender por su interior. La cabeza fue reclinada hacia atrás tirando de su pelo mientras era acariciada al tiempo. Tenía orden estricta de no alcanzar placer hasta que no le fuese expresamente autorizado, sin embargo, la estimulación era demasiado buena, demasiado intensa, la conocía bien.
Tras las gotas de agua helada, la cera fue cayendo por su piel. La combinación de sensaciones en la oscuridad de su venda la llevaban a correrse sin remedio y así avisó de su estado de excitación. Él presionó con más intensidad los pezones y con el mando a distancia cambió el modo de vibración, agitando más su deseo.
No recuerda cuanto tiempo estuvo en ese estado, tan cerca del orgasmo que sentía derramarse su humedad.
Fue liberada de venda y ataduras, colocada a cuatro patas junto a la silla para que observara la mancha en el asiento producto de su pasión. Llevada su cabeza al asiento, comenzó a lamer para limpiarlo, sintiendo aún en su coño el pálpito de la excitación. Quedó situada en esa pose y, erguida su cabeza tirando del pelo, penetrada por detrás. Cuando notó activarse al tiempo las bolas vibratorias adivinó que esta vez sería sometida con rigor, pero también que su placer no tardaría en serle autorizado, regalando su placer a quien se lo quería entregar..
