Más de una veintena de mesas poblaban el local. Todas vacías aquella noche. Se extrañó puesto que el restaurante aparentaba lujo y calidad. Tal vez fuese la tormenta.
El camarero eligió el mejor lugar del salón y aguardó con la silla a la dama. Ella se sentó tras quitarse el abrigo, mostrando su figura ceñida por el vestido y complementada por tacones y delicadas medias. Él pidió por ambos lo que iban a cenar.
Degustaron en silencio una cena exquisita, salpicada únicamente por los cambios de ritmo del huevo vibratorio que ella llevaba en su interior, excitando y empapando su sexo, aparentando normalidad ante la felina mirada de los camareros que admiraban su belleza, ajenos al control del orgasmo que ella estaba realizando.
Justo antes de pedir el postre, le ordenaron dejar sobre la mesa su tanga. Ya no iba a necesitarlo más. Ella se estremeció y sintió el calor acudir a sus mejillas. Había hecho aquello otras veces pero nunca tan expuesta a las miradas ajenas y sin preparación. Con la mayor naturalidad del mundo, dejó fija su mirada, relajada la sonrisa y llevó sus manos bajo el mantel. Delicadamente bajó de un solo gesto su lencería y la depositó donde se le ordenó, completamente empapado.
El camarero tomó nota de los postres y maquilló con una sonrisa la presencia del tanga en el mantel. Se retiró con sigilo pero no pudo evitar comentar el hecho con el resto del servicio, asomándose con sigilo un par de camareros desde la máquina de café. Los comensales tomaron postre y abonaron la cuenta. Antes de salir la joven recibió una nueva tarea. Iría al baño a quitarse el vestido. Sólo las medias y el abrigo cubrirían su piel. Así lo hizo.
Cuando salieron del local, el camarero dedicó la mejor de sus sonrisas a la dama, que paseaba altiva y mojada por el salón, llevando en su mano sin disimulo el vestido con el que había cenado. En la calle confesó su excitación, deseosa de vivir nuevos desafíos. Y no tardó en conocerlos. Mientras bajaban las escaleras mecánicas camino del aparcamiento se le ordenó abrirse el abrigo, dejando su piel descubierta, sentir la brisa de la noche recorriendo su interior. Y si pensaba que el desafío era sencillo, se equivocaba. Apenas había comenzado y el siguiente paso era entregar su abrigo y caminar desnuda para tener derecho a entrar en el coche de su Señor.
El camarero eligió el mejor lugar del salón y aguardó con la silla a la dama. Ella se sentó tras quitarse el abrigo, mostrando su figura ceñida por el vestido y complementada por tacones y delicadas medias. Él pidió por ambos lo que iban a cenar.
Degustaron en silencio una cena exquisita, salpicada únicamente por los cambios de ritmo del huevo vibratorio que ella llevaba en su interior, excitando y empapando su sexo, aparentando normalidad ante la felina mirada de los camareros que admiraban su belleza, ajenos al control del orgasmo que ella estaba realizando.
Justo antes de pedir el postre, le ordenaron dejar sobre la mesa su tanga. Ya no iba a necesitarlo más. Ella se estremeció y sintió el calor acudir a sus mejillas. Había hecho aquello otras veces pero nunca tan expuesta a las miradas ajenas y sin preparación. Con la mayor naturalidad del mundo, dejó fija su mirada, relajada la sonrisa y llevó sus manos bajo el mantel. Delicadamente bajó de un solo gesto su lencería y la depositó donde se le ordenó, completamente empapado.
El camarero tomó nota de los postres y maquilló con una sonrisa la presencia del tanga en el mantel. Se retiró con sigilo pero no pudo evitar comentar el hecho con el resto del servicio, asomándose con sigilo un par de camareros desde la máquina de café. Los comensales tomaron postre y abonaron la cuenta. Antes de salir la joven recibió una nueva tarea. Iría al baño a quitarse el vestido. Sólo las medias y el abrigo cubrirían su piel. Así lo hizo.
Cuando salieron del local, el camarero dedicó la mejor de sus sonrisas a la dama, que paseaba altiva y mojada por el salón, llevando en su mano sin disimulo el vestido con el que había cenado. En la calle confesó su excitación, deseosa de vivir nuevos desafíos. Y no tardó en conocerlos. Mientras bajaban las escaleras mecánicas camino del aparcamiento se le ordenó abrirse el abrigo, dejando su piel descubierta, sentir la brisa de la noche recorriendo su interior. Y si pensaba que el desafío era sencillo, se equivocaba. Apenas había comenzado y el siguiente paso era entregar su abrigo y caminar desnuda para tener derecho a entrar en el coche de su Señor.

1 comentario:
Preciosa historia
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