viernes, 18 de abril de 2014

Un abrigo blanco

Confiesa timidez pero de todas las prendas que podía elegir para la sesión eligió un abrigo blanco, casi a juego con su piel, juntas la prenda y el cuerpo, sin nada que fuese a impedir el contacto. Un tono blanco destacado en la oscuridad de la noche mientras seguía los pasos que la guiaban. Tiene ese punto picante su timidez, dejarse mostrar e incluso buscarlo como pide su instinto a su pesar. Cuando deambulaban en busca de un rincón apropiado podía sentir todavía entre sus piernas la humedad de los placeres previos alcanzados horas antes. Pura adicción a los desafíos en distancias cortas.

Bajaron las escaleras hacia un rincón oscuro que rezumaba vicio y suciedad. No sabía exactamente la tarea que recibiría pero no tuvo tiempo de pensar tras ser colocada contra la pared rozando los pezones, el abrigo bajado hasta mostrar sus hombros y penetrada sin delicadeza, recibiendo embestidas que la ceñían a la pared, azotada, la melena estirada hasta tener que mirar al cielo y la garganta comprimida de tal modo que se mojó pidiendo que apretara más.

Siempre que era usada de esa manera el torrente del placer acudía de inmediato. La respiración agitada era lo único que se oía en el rincón. Entregó el abrigo para arrodillarse y limpiar desnuda la piel del propietario. Él reemprendió la marcha con el abrigo en la mano y ella le siguió con paso inicialmente tembloroso pero después orgulloso de lucir su desnudez a la vista de cualquier noctámbulo. No recuerda haber sentido frío ni temor a su lado, sólo una constante excitación y ganas de vivir nuevos desafíos, sentir el aroma de la obediencia entre sus piernas y conocer la próxima orden, envuelta en su abrigo blanco, tan intensa que es capaz de olvidarse de contar los placeres o los azotes que la llevaron hasta allí.