lunes, 14 de septiembre de 2009

Castigo

En su caminar por el alambre, a veces sentía ganas de probar sus fuerzas. Desobedecer conscientemente, tratar de negociar las disciplinas. Sin embargo, aquella no era una de esas ocasiones. Simplemente tomó una orden como una sugerencia, sin más preocupación.

- Has desobedecido una orden concreta – le dijeron cuando el tiempo se agotó
- Pensaba que no era importante – respondió

Nunca supo si fue el olvido o su respuesta despreocupada lo que motivó el castigo. Tal vez fueron las dos. El habitual tono agradable con el que era tratada desapareció, sustituido por una frialdad distante. Fue enviada al baño de la oficina y encerrada allí durante un tiempo, sin atender llamadas o mensajes hasta recibir nueva instrucción. El tiempo transcurría lentamente.

Por fin, la llamada que esperaba llegó. Le preguntaron su situación. Intranquila por un compromiso personal en media hora y con ganas de orinar. Dado que antes no había sido capaz de obedecer, tal vez lo haría cuando su cuerpo ayudaba a motivar. Se quitaría el vestido y mearía sin quitarse la lencería, para empaparse la piel. Después escurriría la prenda en el baño y la limpiaría con la lengua.

Se hizo el silencio al otro lado del auricular. Ella sabía que esperaba la confirmación de haber entendido el mandato y así lo hizo. Preguntó si había algo más. En efecto, una vez probara su mojada lencería, saldría del baño a limpiarla en el lavabo, con su cuerpo desnudo. Escurriría la prenda y, sin secarla, se la volvería a poner, acudiendo empapada a la cita para comer.

Respiró hondo. Agradeció la configuración del baño, que le permitía ocultarse si escuchaba pasos en el exterior y cumplió cada punto de lo establecido, creciéndose como siempre ante las dificultades. Cuando finalizó, envió un mensaje de confirmación. Acudió a su cita con la firme determinación de no olvidar nunca más sus tareas, sintiendo durante buena parte de la tarde una extraña mezcla de humedad, humillación y satisfacción.

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