Esperó en la esquina ataviada como se indicó, blusa blanca, falda negra, medias y zapatos de tacón. Nada de lencería ni otro tipo de complementos. Únicamente el teléfono móvil estaba en su mano, por si fuese necesario. Al poco apareció el vehículo y subió a la parte de atrás.
En el asiento, un pañuelo. Preguntó si debía vendar sus ojos, cuestión que se le confirmó. Tras eso no hubo diálogo, ni un ruido. El coche avanzó en silencio por la ciudad. Minutos después se detuvo el motor. La puerta del coche se abrió y el conductor la liberó de su venda. Descendió contemplando un edificio antiguo, desconocido para ella, sin preguntas. El eco de sus tacones retumbaba en el húmedo empedrado. Al llegar a la gruesa puerta de madera, fue vendada otra vez.
Escuchó el ruido de la puerta al abrirse y ser llevada pausadamente de la cintura por un pasillo enmoquetado. Se detuvieron de nuevo ante otra puerta y la venda fue eliminada de nuevo. Entraron. La estancia olía a incienso y vainilla. Estaba por completo en penumbra y hacia calor. Alrededor, pequeñas velas iluminaban el perímetro. Sintió una sensación familiar, como una escena de Eyes Wide Shut, pero no tuvo tiempo de pensar más.
A su espalda, en voz baja alguien le indicó que caminara unos pasos, girase a su izquierda y sentarse en el sillón de madera que encontró. Trató de acomodarse, apoyando las manos en los laterales. Fue la última vez que vio algo de luz. Sus ojos fueron cegados, los brazos atados con firmeza al sillón mediante suaves cordones, la pelvis situada hacia delante, sus nalgas sentadas sobre la madera al remangar su falda y los tobillos amarrados a las patas del sillón.
Toda la operativa se desarrollaba al unísono, de manera que calculó que había al menos cuatro o cinco personas más, sin poder averiguar si eran masculinas o no. Según finalizaban de prepararla, quedaban a su lado. Podía sentir su respiración, su deseo, sus miradas lascivas. Unas manos suaves recorrieron su cuello y descendieron sobre su blusa, retirando uno a uno los botones. Otras manos se deslizaron por su pelo, sus piernas y cintura. Algunas separaron sus muslos para llegar al origen de su humedad. Justo cuando alguien tiró de su pelo para situarla en posición forzada escuchó como la puerta de la estancia se cerraba con llave. El examen acababa de comenzar.

1 comentario:
Valan un placer descubrirte, me he leído de un tirón los post de este mes y estoy hecha un mar.
Te enlazo para no perderme detalle.
Besos borrascosos
Publicar un comentario