lunes, 30 de noviembre de 2009

Madrugada


El bastón separaba sus tobillos. La soga amarraba fuerte los extremos. De pie, desnuda en actitud desafiante, permanecía con las piernas separadas y en silencio. Recién rasurada para dejar testigo de su entrega, dejó su más sensible piel a su alcance. Las manos atadas a su espalda hasta el codo. Desde las muñecas, un grueso cordón de seda pasaba entre sus glúteos, abriendo la humedad del sexo, ascendiendo por su ombligo y ciñéndose a su garganta, impidiendo cualquier movimiento a riesgo de perder el control de la respiración. Quedó descartada la mordaza, puesto que pensó en utilizar su boca, antes o después. Además, quería escucharla mientras realizara la sesión. Sabía que ella no se contendría y que desafiaría cada petición.

Tiró de su pelo ligeramente hacia atrás al tiempo que azotaba sus nalgas. No se movió un ápice y su piel restañó en la estancia. Besó después lentamente el lóbulo de su oreja y el cuello, sabiendo que la mezcla de sensaciones la excitaba. Continuó brevemente azotando su trasero y espalda, hasta que logró arrancarle un gemido. A continuación se giró.

Frente a ella, lamió delicadamente los pezones, separó un poco el empapado cordón del sexo y la acarició. Notó que estaba preparada. Sujetándola por la garganta retiró su cabeza hacia arriba para que viera como iban cayendo las gotas de cera sobre su pecho desde una vela encendida. Gimió con cada lágrima de cera en su piel al tiempo que se excitaba. Cuando superó la prueba la vela se apagó.

Los pechos fueron rodeados del frescor del hielo dejando gotear y refrescar lo que antes fue presa del calor. Al mismo tiempo unas bolas vibradoras fueron alojadas en su interior. Como pareció disfrutar con esa sensación, fue de nuevo azotada, a lo que ella respondió con un alegato de resistencia y superación. Después colocó pinzas en pezones y en su coño, estirando de ellas o apretando para jugar en el límite del placer y del dolor. Finalmente, situó un pequeño vibrador entre el cordón y el clítoris y lo activó.

Dobló la cintura de pupila y apoyó su frente contra el cojín situado sobre el aparador. Separó el cordón lo justo para poder estimularla analmente al tiempo que sus dedos resbalaban en el sexo de ella. De las pinzas del pecho colgó una percha invertida y del gancho de la misma, el vestido que ella se acababa de quitar, aumentando la tensión en los pezones, la intensidad.

Incrementó el ritmo de estimulación y la velocidad del vibrador. Ella comenzó a notar debilidad en sus rodillas. Sabía que si cedía al placer sería su perdición puesto que, vencida, renunciaría a su resistencia al adiestramiento y complacería cualquier petición. Pero las sensaciones eran más fuertes que ella y con un profundo gemido entre jadeos se corrió, mojándose hasta las rodillas entre estremecidos espasmos.

Pasaron unos instantes hasta que recobró la calma, durante los cuales fue liberada con cuidado de cada elemento que estimulaba su piel. Fue llevada al baño y limpiada con agua cálida en su punto exacto, secada con un albornoz y devuelta a la habitación. Él no pronunció palabra, tan sólo la miraba. Ella reconoció su derrota escondiento la mirada, arrodillándose en actitud entregada, esperando órdenes que sabía serían complicadas pero con el calor de una enorme sonrisa en su interior.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Postre

Más de una veintena de mesas poblaban el local. Todas vacías aquella noche. Se extrañó puesto que el restaurante aparentaba lujo y calidad. Tal vez fuese la tormenta.
El camarero eligió el mejor lugar del salón y aguardó con la silla a la dama. Ella se sentó tras quitarse el abrigo, mostrando su figura ceñida por el vestido y complementada por tacones y delicadas medias. Él pidió por ambos lo que iban a cenar.

Degustaron en silencio una cena exquisita, salpicada únicamente por los cambios de ritmo del huevo vibratorio que ella llevaba en su interior, excitando y empapando su sexo, aparentando normalidad ante la felina mirada de los camareros que admiraban su belleza, ajenos al control del orgasmo que ella estaba realizando.

Justo antes de pedir el postre, le ordenaron dejar sobre la mesa su tanga. Ya no iba a necesitarlo más. Ella se estremeció y sintió el calor acudir a sus mejillas. Había hecho aquello otras veces pero nunca tan expuesta a las miradas ajenas y sin preparación. Con la mayor naturalidad del mundo, dejó fija su mirada, relajada la sonrisa y llevó sus manos bajo el mantel. Delicadamente bajó de un solo gesto su lencería y la depositó donde se le ordenó, completamente empapado.

El camarero tomó nota de los postres y maquilló con una sonrisa la presencia del tanga en el mantel. Se retiró con sigilo pero no pudo evitar comentar el hecho con el resto del servicio, asomándose con sigilo un par de camareros desde la máquina de café. Los comensales tomaron postre y abonaron la cuenta. Antes de salir la joven recibió una nueva tarea. Iría al baño a quitarse el vestido. Sólo las medias y el abrigo cubrirían su piel. Así lo hizo.

Cuando salieron del local, el camarero dedicó la mejor de sus sonrisas a la dama, que paseaba altiva y mojada por el salón, llevando en su mano sin disimulo el vestido con el que había cenado. En la calle confesó su excitación, deseosa de vivir nuevos desafíos. Y no tardó en conocerlos. Mientras bajaban las escaleras mecánicas camino del aparcamiento se le ordenó abrirse el abrigo, dejando su piel descubierta, sentir la brisa de la noche recorriendo su interior. Y si pensaba que el desafío era sencillo, se equivocaba. Apenas había comenzado y el siguiente paso era entregar su abrigo y caminar desnuda para tener derecho a entrar en el coche de su Señor.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Shirt

El grupo de turistas alcanzó la aldea y como cada jornada el vendedor tomó su cesto y se dirigió a ofrecer su mercancía. El viajero parecía cansado, no prestaba atención. Finalmente miró su ropa y pensó que era buena idea mudarse. Se acercó al comerciante y preguntó el precio de una camiseta.

El anciano miró el rostro del viajero y rebuscó en el cesto, ofreciéndole una mejor que la anterior, más adecuada para descansar. El viajero tomó la camiseta y se la enfundó. Descansó aquella noche y continuó rumbo. Al tomar el barco de vuelta a casa, conservó aquella camiseta que aún albergaba el aroma a tierra y calor.

El viajero dio orden al servicio doméstico de mimar en extremo aquella camiseta que el anciano le ofreció. Debía ser lavada a mano, secada con cuidado y planchada sin estropear. Pocas veces la utilizaba, casi siempre de manera informal, pero demostraba tener un afecto especial por ella.

Un día, su esclava curioseaba el armario de su Señor y tropezó con la camiseta. Le resultó algo extraño verla allí, en un lugar preferencial. La tomó y la colocó sobre su cuerpo, comenzando a imaginar. Podría utilizarla a modo de vestido, agrandando el escote y recortando un poco de aquí o de allá. Mientras se ponía manos a la obra, recordó la jornada en que su dueño la tuvo en el despacho, completamente desnuda salvo sus tacones y su nuevo collar, atendiendo a las visitas y luciendo su belleza estática y singular. Más de un visitante quedó turbado por su presencia pero no se atrevieron a abrir la boca ante el dueño del lugar.

Tras los recortes y ciñendo la prenda a su figura con un cinturón, se puso unas botas y bajó a esperar a su Señor al recibidor, sin más tela que la suavidad de su piel bajo el algodón. En algún momento oyó murmurar al servicio que había profanado la prenda favorita del Señor y que sería castigada por lo mucho que se podía llegar a enfadar. Ella tomó aquello como un desafío, muestra de audacia y entrega sin igual. Se expondría con todo lo que ella era y utilizando aquello tan querido por su Señor, aceptando su decisión.

La puerta se abrió y pudo contemplar la escena. Sentada estaba aquella belleza irresistible, desnudo su cuerpo con una camiseta que de inmediato reconoció y unas botas; sensual, perfecta e suficientemente insolente como para mutilar uno de sus trofeos. Dudó por un instante si su actitud era merecedora de castigo o si, por el contrario, era para desearla todavía más. De lo que no le quedaba duda era de su entrega, de su intensidad, de modo que la miró fijamente sabiendo que lo único que haría sería volverla a besar.