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jueves, 26 de diciembre de 2013

Tarde de verano

¿Me invitas a un helado?
Ella sabía perfectamente que la pregunta y el tono contravenían el estricto protocolo que debía mantener. Precisamente por eso lo usaba, para ver hasta qué punto podía estirar la cuerda o qué consecuencias tendría ya que nunca había sido castigada.

Con el cucurucho cremoso en la mano y sin aparente consecuencia, enfilaron el camino del parque bajo la intensa luz del mediodía, pasando junto a quienes buscaban una sombra para evitar el sol. En el tronco de uno de los árboles la apoyó, sujetándola de la muñeca. Abrió de arriba abajo los corchetes del vestido vaquero, tan prácticos para aquellos momentos y dejó su piel al descubierto, adornando sus pezones y coño con helado, sin decir una palabra. El resto del helado quedó en su interior, metiéndolo poco a poco. Sintió calor al mismo tiempo que un intenso frío, demostración de las consecuencias de sus actos. Sin embargo, se atrevió con la insolencia de agradecer el frescor que se daba en su entrepierna, tan sofocada estaba mientras se vestía.

De nuevo, sus palabras tuvieron consecuencias, expresadas en mandato de continuar paseando, sin perder una gota del helado, algo que demostró a los pocos pasos ser imposible, pegajoso, lascivo. Como no había cumplido la exigencia tuvo que detenerse en unos bancos de madera y limpiarse sin usar manos. Sólo se le ocurrió una posibilidad para hacerlo. Pese a todo y aunque manos ajenas recorrieron sus muslos para recoger nata mezclada de fluidos y llevarla a su boca, no consiguió limpiarse del todo, lo que le dio ocasión para tentar a la suerte otra vez, acariciando la entrepierna de quien observaba su irreductible energía, preguntando si regaría a conciencia para quedar bien limpia.

martes, 28 de diciembre de 2010

Versión Original

Tuvo que arreglarse en la oficina antes de la cita, ya que le daba apuro trabajar tal como sabía que debía acudir. En el baño compuso la blusa, la minifalda y las medias. Se ajustó las botas y dejó en el bolso toda su ropa interior. Avanzó apresurada pese a cubrirse con el abrigo y esperó puntual la llegada del conductor, subiendo en la parte de atrás.

- Bonito abrigo, quítate la falda – escuchó.

Con el primer escalofrío de la noche, obedeció el mandato.
Escasos minutos después habían aparcado y entraban en un casi desierto cine, debido a la programación en versión original. Buscaron un lugar centrado en la sala pero apartado a la vez. Al otro extremo se sentaron dos preciosas jóvenes, aparentemente extranjeras, una de ellas destacaba por su sensualidad, la poca ropa que llevaba y el blanco cerámico de su piel. A ella le gustó pensar que tenía esas cómplices de testigo.

Él permitió que colocara el abrigo sobre sus piernas, para no destacar tanto el contraste de las delicadas medias con la desnudez de su piel. Susurrando a su oído, le entregó el huevo vibratorio para que lo colocara en su interior, activándolo después. La humedad invadió su cuerpo y su mano se aferró al brazo de su acompañante. A continuación, justo cuando comenzaba la película, le ordenó abrir por completo la blusa para poder pellizcar sus pechos, mientras ella abría bien las piernas y se acariciaba al ritmo de la vibración.

Recibió la orden concreta de separar aún más las piernas y masturbarse girada hacia las dos chicas que en ese instante ya se besaban apasionadamente. Cumplió entornando los ojos, dejándose llevar pero pudiendo darse cuenta de que las jóvenes se recreaban contemplando sus caricias al tiempo que ellas no cesaban de jugar. Su acompañante la tiró hacia atrás del pelo, obligándola a reclinarse un poco más, a estar más expuesta. Y en ese preciso instante se corrió intensamente, llevada por el estremecimiento de la vibración.

Su acompañante utilizó el mando a distancia para detener la vibración y ordenó que finalizara la tarea dejando unas gotas de orina en el asiento, detalle que ella no olvidó. A continuación, se arrodilló para limpiar el asiento y quedar arrodillada entre las piernas de su instructor hasta que se le permitió incorporarse y permanecer en su regazo, desde el que pudo observar como la joven de blanca piel dedicó un buen rato a lamer el sexo rasurado de su amiga, mirando de vez en cuando a la dama desnuda del otro lado de la fila.


miércoles, 10 de noviembre de 2010

Ural

Llegó tarde por culpa del trabajo, aunque avisó del retraso. Una enfermera de ojos tan verdes como su atuendo médico abrió la puerta y le dedicó una amable sonrisa. El doctor había salido a comer pero no había que preocuparse, ya que la primera revisión y limpieza bucal gratuita la realizaría ella. Conversaron unos minutos mientras soltaba el maletín y la chaqueta, mostrándole después las instalaciones del local, vacío de pacientes a esa hora. Finalmente, le condujo a una sala donde le mostró el sillón en que el paciente debía reposar.

- Si no se porta bien seré mala – dijo a modo de broma con su acento eslavo
- Prefiero en tal caso que seas tú quien se siente y ser malo yo – respondió él.

Ella se ruborizó de inmediato, resaltando aún más el verde de sus ojos en aquella piel tan delicada y blanca antes del rubor. De algún modo, el instinto se despertó y él la desafió a sentarse, a lo que ella, con una risa nerviosa, aceptó.

Retiró su melena y comenzó a deslizar su dedo por el cuello, recordando a la joven que iba a comprobar su sensibilidad. Ella se mostró de acuerdo aunque cruzaba los brazos ante sí, protegiéndose. Cuidadosamente, él retiró sus manos, depositándolas a los lados. La respiración de ella se aceleró cuando él preguntó si quería continuar. Tras unos segundos, aceptó.

Besó su cuello, deslizó las manos bajo la blusa hospitalaria y acarició su cintura. Comprobó que no llevaba sujetador pero sí una breve lencería inferior, completamente empapada. Dejo resbalar los dedos sobre la prenda y regresó a la cintura. Entonces fue cuando la tomó de la mano para incorporarla y, ciñendo su cintura, la tomó desde atrás.

- ¿Vas a ser obediente? - susurró entre su pelo
- Sí – respondió
- Harás todo lo que te diga – ella, con movimiento de cabeza, afirmó

Cruzaron hasta la sala de espera. Del maletín extrajo la corbata y un cordón, lo primero para sus ojos, lo segundo para sus muñecas, atadas a la espalda. Mordisqueando su cuello advirtió que sería suya, sin querer saber su nombre. Retiró los pantalones de la joven y con un certero tirón arrancó el lateral del tanga. La apoyó arrodillada contra el sofá y separó bien sus piernas, acariciando el empapado coño al principio, penetrándola con vigor después. Ella jadeaba como animal en celo y gemía de placer cuando la tiró del pelo, moviendo bruscamente su grupa y ofreciéndose a él. Jugó a liberarse de las ataduras pero él lo impidió, excitándola aún más. Pellizcó sus pezones al tiempo excitaba aquél coño tan suave, casi adolescente, mojándose la mano y sintiendo los violentos espasmos de ella cuando se corrió.

Liberó de ataduras a la muchacha y la sentó en su regazo, aún envuelto por el delicado aroma del placer. Ella se refugió en su pecho un rato, susurrando que no se lo podía creer, nunca antes había hecho algo semejante, aunque había fantaseado con ello alguna vez. Le contó la intensidad de obedecerle, cómo la indefensión de las cuerdas la había estimulado cada vez más y que hubiera hecho cualquier cosa que pidiera.

- No te preocupes, las harás – la respondió.

A pesar de que ella jamás había conocido el mundo tras el espejo, identificó sus sueños con las sensaciones que acababa de gozar, de modo que aquella tarde el destino había provocado el nacimiento de la esencia, aunque sin tiempo de gratuita limpieza bucal.

domingo, 7 de marzo de 2010

Paso a paso

Cómplice, solícita, la mejor perra. Así dijo que sería si le daba la oportunidad, por encima de sus ataduras, buscando ansiosamente complacer. Ahora tenía que demostrar que sus palabras no eran vanas. Abrió el paquete y extrajo el pequeño terminal. En él, cada cierto tiempo, recibiría las instrucciones que debía desempeñar en las futuras horas. Nada más conectarlo, recibió el primer mensaje.

Para el siguiente amanecer a la lectura de este mensaje, la indumentaria que lucirás será como sigue:

 Comenzarás por hidratar tu piel tras la ducha, colocándote a continuación tanga de tono negro transparente. Otra prenda similar irá a parar a tu bolso. Acompañarás la lencería inferior con un sujetador de apertura frontal y tacto transparente, para que tus pezones perciban el vaivén de tus pasos al caminar.

Ella se preguntaba el motivo de llevar lencería de repuesto, si acaso sería para someterla a castigo o romper la prenda, cosa que tanto excitaba, pero se quedó imaginando el roce de su pecho sobre la ropa, los pezones duros a la espera de ser pellizcados.

Te vestirás a continuación con blusa negra y falda ajustada pero suficientemente elástica como para poder jugar en tu interior. Aderezarás el conjunto con el calzado adecuado de alto tacón y prescindirás de otros complementos sobre tu piel. Por último, usarás abrigo largo.

Ella fue preparando cada elemento en el mismo orden en que leía el mensaje.

En el bolso, aparte de la lencería y tus habituales bolas chinas, dejarás dos pinzas de la ropa, que al final del día reposarán en tu cajón laboral.

Con el tiempo justo, por recrearse en la situación, salió de casa y encaró el atasco antes de poder tomar la autovía que la llevaba a su ocupación profesional. Mientras esperaba en un semáforo, el terminal se activó.


De camino al trabajo repostarás en una gasolinera, vestida sin lencería (que dejarás en el bolso) ni falda, que retirarás antes de salir del coche. Usarás el abrigo y tu comportamiento será por completo natural. Al regresar, tomarás las bolas y, una vez retomes el camino, alternarás entre jugar con las bolas en el coño y acariciarte mientras conduces, saboreando tus dedos con la boca.

A pocos metros del desvío a su oficina halló la gasolinera. Aparcó inicialmente en la zona de descanso para desvestirse y después continuó hasta el surtidor. Se colocó el abrigo en el coche, no sin dificultad y salió a repostar. La brisa de la mañana se enredó entre sus muslos y refrescó el sexo empapado. No quiso mirar a ninguna parte, temía que alguien se fijara en desnudez disponible. Finalizó la tarea y tras abonar el repostaje salió orgullosa y con paso firme de allí, con las piernas chorreando por superar el reto.
 Al entrar en el vehículo tenía otro mensaje.
Cuando llegues al trabajo puedes colocar la falda, nada más. Después, en tu sitio, guardar las pinzas en un cajón y permanece con falda, blusa y sin lencería hasta que se te indique qué hacer, sintiendo el roce de tus pezones en la blusa y la desnudez del resto de tu piel.

Obedeciendo en cada extremo, se pasó el día aguardando la siguiente instrucción. La mañana transcurría y miraba compulsivamente el terminal, esperando el siguiente escalón a superar. Pero nada ocurría más allá del tacto de su pecho en el escote y su humedad interior. Finalmente, cerca del mediodía, un mensaje llegó. Ella sonrió y miró su reloj. Si comía algo rápido tendría tiempo de sobra para sorprender.

A media tarde, un mensaje viajaba en dirección opuesta:

Buenas tardes, Señor. Después de comer, como me dijo, bajé al baño con las pinzas en la mano. Me lavé las manos, me desnudé de cintura para arriba y me puse una en cada pezón. Me dolió un poco. No me había torturado los pezones antes, pero era soportable. Al rato ya me había acostumbrado y empecé a encontrar el placer, en parte pensando en que Usted estaría pensando en mí en ese momento y me imaginaría cumpliendo mi tarea. Me quité el resto de ropa y me metí las bolas y el tanga en el coño, haciendo una tira y me senté en el inodoro al revés, apoyando las tetas en la cisterna. El frío de la porcelana me aliviaba el dolor y me puso los pezones duros inmediatamente. Como me había dicho, abrí mucho las piernas y empecé a masturbarme con las sensaciones aumentando en las tetas y en el coño. Imaginaba que mi Señor me miraba mientras cumplía mi tarea, de manera que traté de cuidar mis ademanes, como sé que le gusta. Cuando estuve a punto de correrme paré, muy a mi pesar, porque hubiera continuado hasta explotar. Saqué el tanga empapado del interior y casi me corro de placer. Tuve que respirar hondo para continuar. Después me limpié el coño, que estaba muy húmedo, lógicamente, me quité las pinzas de los pezones y me lavé las tetas con agua fría... Agradecí ese frescor en ellas. Me lavé las manos, me vestí con la lencería de repuesto y subí a mi mesa directamente a relatar lo que viví, sin esperar a la noche. Espero que le satisfaga mi informe y me permita volver a aprender.

A sus pies.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Correo

Era una mañana como cualquier otra de otoño. Había pasado el control de seguridad y revisaba el correo electrónico antes de asistir a una reunión. Un ordenanza pasó por su lado y dejó un sobre postal de los que llevan interior de burbuja plástica. No esperaba ninguna entrega del correo interno, de modo que se sorprendió un poco. Abrió el sobre y extrajo una nota.

Confío en que mantengas tu buen gusto a la hora de vestir y que hayas optado por medias. Si es así, deposita en el sobre tus bragas sin moverte del lugar. Si no has tenido el buen gusto de llevar medias, deposita también todo aquello que cubra tus piernas y envíalo donde sabes.

Excitada y avergonzada miró a su alrededor. La nota no indicaba el plazo para realizar la tarea pero sabía que en algún lugar del edificio alguien había puesto en marcha un reloj. Agradeció haber elegido medias, de manera que cumpliría con algo más de tranquilidad. Pero en su cabeza se agolpaban pensamientos contradictorios. Por una parte, el temor a ser descubierta por alguien que pasara por detrás. Por otro lado, el morbo de jugar con la situación. Por último, las dudas de si hacerlo con la mayor discreción posible, arrimada a la mesa sin dejar que nadie viese nada o por el contrario, como sabía que gustaría al remitente de la nota, con naturalidad y sin esconderse, exponiéndose a ser contemplada y haciendo gala de su condición, pese a que ella se sentía mejor en el juego a dos.

Había algo de movimiento por la zona, de manera que eligió una postura lateral desde donde controlaba casi toda la planta. Con la mayor naturalidad y rapidez que le fue posible, se deshizo de la lencería para colocarla en el sobre. Estaba ya empapada, cosa que a buen seguro ya sabía quien esperaba la prenda. Cerró el sobre y lo puso en la bandeja de salida del correo interior, percibiendo la brisa en su humedad al caminar y latidos de excitación en el sexo. El resto de la mañana trató de contenerse de acariciarse y aumentar la estimulación que sentía al estar sentada su piel sobre el suave cuero de la silla. Poco antes de comer mediante un nuevo sobre, tuvo noticias.

De nuevo, una nota manuscrita. Se la enviaba a la zona común de descanso a tomar café. Cuando llegase allí aguardaría junto a la encimera, sirviendo de entretenimiento a quien allí estuviera, cosa que al leerla provocó un ligero temor. Entró en la zona de descanso, donde sólo estaban dos compañeros charlando. Se dispuso a esperar preparando café cuando entró alguien a su espalda, inconfundible por su fragancia. Se puso más nerviosa y colocó ambas manos sobre la encimera, sin saber qué pasaría.

El interlocutor saludó y preparó leche templada. Conversando consiguió relajarla y casi olvidó a los compañeros que charlaban al otro lado. Con cuidado, humedeció un dedo en la leche y lo llevó entre la encimera y los muslos de ella, oculto a todos hasta que acarició con la yema el sexo entregado, provocando que ella respirase hondo con las mejillas ardiendo de rubor, sin querer moverse para no ser vista.

Tras comprobar la suavidad de su cuerpo se acercó a ella un poco más, aprovechando que el resto se marchaba y dejaban la sala vacía. Con tono natural describió las tareas siguientes a realizar, enviándola a una sala de reuniones a fotografiar su piel en poses concretas antes de comer. Y cuando ella pensó que a esa hora podría cumplir sin dificultad, él aumentó el desafío del encargo, haciendo que volviera a empaparse de temores y excitación mientras escuchaba que después tendría que imprimir el resultado en la oficina y mandarlo con el mismo sobre de la mañana, para someterlo a su aprobación antes de que la jornada llegase al final.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Postre

Más de una veintena de mesas poblaban el local. Todas vacías aquella noche. Se extrañó puesto que el restaurante aparentaba lujo y calidad. Tal vez fuese la tormenta.
El camarero eligió el mejor lugar del salón y aguardó con la silla a la dama. Ella se sentó tras quitarse el abrigo, mostrando su figura ceñida por el vestido y complementada por tacones y delicadas medias. Él pidió por ambos lo que iban a cenar.

Degustaron en silencio una cena exquisita, salpicada únicamente por los cambios de ritmo del huevo vibratorio que ella llevaba en su interior, excitando y empapando su sexo, aparentando normalidad ante la felina mirada de los camareros que admiraban su belleza, ajenos al control del orgasmo que ella estaba realizando.

Justo antes de pedir el postre, le ordenaron dejar sobre la mesa su tanga. Ya no iba a necesitarlo más. Ella se estremeció y sintió el calor acudir a sus mejillas. Había hecho aquello otras veces pero nunca tan expuesta a las miradas ajenas y sin preparación. Con la mayor naturalidad del mundo, dejó fija su mirada, relajada la sonrisa y llevó sus manos bajo el mantel. Delicadamente bajó de un solo gesto su lencería y la depositó donde se le ordenó, completamente empapado.

El camarero tomó nota de los postres y maquilló con una sonrisa la presencia del tanga en el mantel. Se retiró con sigilo pero no pudo evitar comentar el hecho con el resto del servicio, asomándose con sigilo un par de camareros desde la máquina de café. Los comensales tomaron postre y abonaron la cuenta. Antes de salir la joven recibió una nueva tarea. Iría al baño a quitarse el vestido. Sólo las medias y el abrigo cubrirían su piel. Así lo hizo.

Cuando salieron del local, el camarero dedicó la mejor de sus sonrisas a la dama, que paseaba altiva y mojada por el salón, llevando en su mano sin disimulo el vestido con el que había cenado. En la calle confesó su excitación, deseosa de vivir nuevos desafíos. Y no tardó en conocerlos. Mientras bajaban las escaleras mecánicas camino del aparcamiento se le ordenó abrirse el abrigo, dejando su piel descubierta, sentir la brisa de la noche recorriendo su interior. Y si pensaba que el desafío era sencillo, se equivocaba. Apenas había comenzado y el siguiente paso era entregar su abrigo y caminar desnuda para tener derecho a entrar en el coche de su Señor.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Castigo

En su caminar por el alambre, a veces sentía ganas de probar sus fuerzas. Desobedecer conscientemente, tratar de negociar las disciplinas. Sin embargo, aquella no era una de esas ocasiones. Simplemente tomó una orden como una sugerencia, sin más preocupación.

- Has desobedecido una orden concreta – le dijeron cuando el tiempo se agotó
- Pensaba que no era importante – respondió

Nunca supo si fue el olvido o su respuesta despreocupada lo que motivó el castigo. Tal vez fueron las dos. El habitual tono agradable con el que era tratada desapareció, sustituido por una frialdad distante. Fue enviada al baño de la oficina y encerrada allí durante un tiempo, sin atender llamadas o mensajes hasta recibir nueva instrucción. El tiempo transcurría lentamente.

Por fin, la llamada que esperaba llegó. Le preguntaron su situación. Intranquila por un compromiso personal en media hora y con ganas de orinar. Dado que antes no había sido capaz de obedecer, tal vez lo haría cuando su cuerpo ayudaba a motivar. Se quitaría el vestido y mearía sin quitarse la lencería, para empaparse la piel. Después escurriría la prenda en el baño y la limpiaría con la lengua.

Se hizo el silencio al otro lado del auricular. Ella sabía que esperaba la confirmación de haber entendido el mandato y así lo hizo. Preguntó si había algo más. En efecto, una vez probara su mojada lencería, saldría del baño a limpiarla en el lavabo, con su cuerpo desnudo. Escurriría la prenda y, sin secarla, se la volvería a poner, acudiendo empapada a la cita para comer.

Respiró hondo. Agradeció la configuración del baño, que le permitía ocultarse si escuchaba pasos en el exterior y cumplió cada punto de lo establecido, creciéndose como siempre ante las dificultades. Cuando finalizó, envió un mensaje de confirmación. Acudió a su cita con la firme determinación de no olvidar nunca más sus tareas, sintiendo durante buena parte de la tarde una extraña mezcla de humedad, humillación y satisfacción.

martes, 7 de abril de 2009

Rendida

Educada sin dejar de ser directa, acostumbrada a gestionar personal. Ajena a recibir órdenes y menos a obedecer. Y sin embargo, tan deseosa de hacerlo. Halló sin buscar lo que sentía, eso pensaba.

Una vez se hallaron en la estancia le recordó qué se esperaba de su aspecto exterior. Retiró de su piel pendientes y resto de complementos, dejó a un lado la blusa, la falda y el sujetador, quedando únicamente vestida con medias y zapatos de tacón. Recibió la orden de retirarlos también.

Fue sentada en una silla y atadas sus manos al respaldo. Separó las piernas tras la pertinente indicación. Su mirada hacia el suelo, su pelvis adelantada, actitud de cooperación.

La piel fue recorrida y estimulada, algo que no esperaba. Mojaba por momentos el asiento de la silla e imaginaba que después le harían limpiarla. Pero esta vez se equivocó. Dejada al borde del placer fue incorporada y llevada hasta un espejo de cuerpo entero. Se ordenó que permaneciera arrodillada con sus manos atrás, mirándose mientras era acariciada. Le gustó mucho esa posición, se sintió cómoda y natural.

Bordeaba el límite del placer, demasiado cerca tal vez. Él así lo había planificado. Fue el momento elegido para dar una orden sencilla pero en su interior cargada de dificultad. Sin tirar de su pelo, sin más que un susurro se le ordenó colocarse a cuatro patas y seguir a su Señor. Acostumbrada al poder fue dura la rendición.

Temblaba a cada paso, componiendo su grupa para mantener la armonía y la seducción. No sólo se esperaba su cumplimiento sino también su calidad. En su interior se agolpaban los miedos, la implicación de aquél sencillo gesto y las palabras que recordaban en ese momento su condición.

Cada zancada que daba era una lucha entre seguir, detenerse o incorporarse, pero fuerte era su determinación y acabó. Postrada a los pies de la cama, obtuvo un rato de paz y recompensa. Sin embargo, el desafío continuó. Arrodillada ante la mirada que la estremecía si cesar, escuchó cual era su receta para complacer en aquél lugar. Ofreció su cuerpo, su sexo, su boca y su rostro para castigar.

- Así sea, escuchó antes de comenzar.

martes, 31 de marzo de 2009

Inicios


- Esto no es una sesión, quiero que lo tengas claro. Sólo una evaluación
- Lo sé - quedando en pie ante él antes de iniciar la marcha

Caminaron a través del parque aunque ella sugirió pasar antes por una cafetería para ir al baño. No había tenido tiempo antes. Él ignoró la sugerencia y fue realizando las preguntas que le interesaba conocer. que fueron respondidas detallada y puntualmente. Alcanzaron un claro aislado con bancos por el que esporádicamente pasaba algún corredor vespertino.

Ordenó que se quitara el abrigo, dejando el vestido al descubierto. Ella se tomó su tiempo, ya que no sabía cómo le gustaría que lo hiciera. Finalmente trató de ser natural. La brisa primaveral erizó sus pezones y revolvió su pelo, adquiriendo una presencia aún más salvaje. Él la sentó entre sus piernas en un banco, reclinando su cabeza hacia atrás. Colocó las manos de ella a ambos lados, percibiendo su nerviosismo. Finalmente, tomó el vestido a la altura de las caderas y retiró la tela recogiéndola tras su espalda, dejándola sentada directamente sobre el banco.

- Separa las rodillas. Has desobedecido una orden directa – el cambio de tono la asustó. Sabía perfectamente a lo que se refería aunque no tenía la menor idea de cómo había podido averiguarlo sin haberla tocado. Intentó explicarse
- No sabía si podía confiar..
- Y realmente no puedes saberlo. Sin embargo has venido
- Sí – dijo ella con un hilo de voz
- Antes querías ir al baño, verdad?
- Sí.
- Pues hazlo, aquí y ahora – ella se estremeció – Ya que has decidido que puedes llevar ropa interior pese a que se te ha indicado lo contrario, podrás cumplir sin problemas lo indicado, gota a gota incluso.

Miró de reojo alrededor intentando que no se notara que lo hacía. Acatar esa orden era algo que otras veces había hecho pero nunca en un primer encuentro y menos aún sin quitarse la ropa interior. Se centró en relajarse y cumplir. Tras unos momentos de incertidumbre notó mojarse sus muslos y poco a poco escuchó el goteo de su propia intimidad deslizando por la madera del banco discretamente.

Al finalizar el mandato preguntó qué deseaba que hiciera a continuación. Él dejó que eligiera mantener la empapada prenda sobre su piel o dejarla enlazada al banco. Ella optó por la última opción. Seguidamente se le ordenó asearse utilizando sus propios dedos y su lengua, dejando impecable su sexo. Cada petición era un nuevo reto. Con dos dedos pasando de su boca a su cuerpo, secando con el reverso de su mano la piel y tratando de complacer a la vez que cumplía la tarea, acabó.

- Incorpórate – así lo hizo – puedes ponerte el vestido y marcharte. Continuaremos cuando sepas obedecer
- Por favor, quisiera continuar
- Hoy no. Vuelve a casa. Si parezco intransigente no tienes porqué volver a tener contacto conmigo
- Quisiera volver a ser entrevistada. Sé que lo puedo hacer mejor.

Nacimiento

- Puedes incorporarte
- Gracias
- ¿Qué sientes?
- Confusión
- ¿Eres consciente del paso que has dado?
- Sí...sí Señor.