Mostrando entradas con la etiqueta Adiestramiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adiestramiento. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de mayo de 2018

Prejuicio

Franquearon la puerta de madrugada. Antes de pasar al salón, frente al espejo, dejó caer el vestido y quedó desnuda apoyada en tacones de aguja de charol. Se postró allí mismo y adoptó a postura de espera, con las manos sobre los muslos. Los grilletes ocuparon su lugar en las muñecas pero no fueron unidos a su espalda. El collar rodeó con suave firmeza su garganta. Ella no preguntó.

Fue incorporada y llevada hacia la amplia mesa de roble del salón, circundada de velas que daban una atmósfera cálida sin iluminar demasiado. Colocada en un extremo, cada tobillo fue fijado a una de las robustas patas de la mesa con una cincha corredera. Retiró la melena hacia un lado y colocó por detrás el primer nudo de cuerda en la parte inferior de su garganta, deslizando ambos extremos paralelos por su espalda, anudando y formando una T invertida hasta encajar en las argollas de los grilletes. En ese momento apoyó la mano en su espalda para pegar su cuerpo a la mesa en ángulo recto, uniendo los extremos de la cuerda bajo el tablero de la mesa, dejándola con los brazos estirados hacia los lados, la cadera erguida sobre los tacones y las piernas bien abiertas.

Notó cómo la humedad de su coño se convertía en gotas sin haber comenzado a probar qué uso tendría. Un nuevo segmento de cuerda fue utilizado para rodear su cuello, enredándose en la cuerda de la espalda y girando hacia adelante para recoger su busto, irguiéndolo hacia la barbilla. La partes finales de la cuerda reposaron en su espalda paralelas a la cuerda inicial, sujetas en cada extremo por una pinza a su piel. Otras pinzas adicionales fueron colocadas sobre las cuerdas hasta llegar a la base de su cuello, formando una cadena. Al mismo tiempo, mientras se completaba la decoración de su piel, notaba el cuerpo que detrás se ceñía a su trasero, evidenciando la excitación ajena al tacto. Apenas podía esperar un minuto más a comenzar a sentirle.

La tomó de la melena para elevar su cabeza, al tiempo que acariciaba la humedad abundante de sus muslos. Tardó poco en penetrarla con energía y embestir cada vez más rápido y profundo. Imposible de liberarse, cautiva, expuesta, notaba cómo la oleada de placer era inminente y así lo avisó, obligada a pedir permiso antes de derramarse. Él no se detuvo y continuó usándola, azotando sus nalgas hasta volverlas carmesí, forzando un poco más la postura tirando del pelo y apretando su garganta con una mano inicialmente y después con las dos. Al correrse la segunda vez, él utilizó uno de los extremos de la cuerda de la espalda para soltar de golpe la primera hilera de pinzas, causando gran intensidad al momento. Repitió con la otra cuerda cuando hizo que se volviera a correr.

Tras el tercer orgasmo, liberó la cuerda que mantenía sus manos estiradas sobre la mesa, pero únicamente para atar sus brazos a la espalda y añadir una correa, ligeramente por encima de los codos. Así podía erguirse pero no liberarse. La penetró de nuevo y volvió a derretirse en esa posición semiflexionada, usando las manos para abrir su trasero y ofrecerlo, por si quisiera servirse de él.

Él subió a la mesa y, tomándola de la nuca y pelo, penetró su boca con suavidad pero intensamente, hasta provocar un reflejo de náusea. Ella logró controlar su cuerpo y dejó que usara su boca y garganta hasta obtener el cálido fluido en su interior, cada vez más fuerte y vigoroso. Antes de tragarlo, tuvo que incorporarse ligeramente y mostrar el contenido de su boca a su Señor. Después, limpiarle con la lengua, delicadamente.

Fue colocada de nuevo sobre la mesa, esta vez usando la cuerda a través de la argolla de su collar, manteniendo los brazos unidos por la correa. Así, aplastada la cara contra la mesa y sus manos abriendo bien las nalgas, fue sodomizada a la vez que estimulada con su vibrador favorito, sintiendo inesperado placer propio y el ajeno unísono en el interior de su cuerpo.

La cuerda que mantenía su cabeza sobre la mesa fue aflojada un poco para poder levantarse, pero era para volver a limpiar el cuerpo de su Señor. A continuación regresó a la postura anterior.
 

No sabía cuál era el siguiente paso, las rodillas temblaban y pensaba que acababa. Sin embargo, quedó allí situada, expuesta para otra mirada; la observaba sentado en un sillón, recreándose mientras por las rendijas de la ventana los primeros rayos de sol la iluminaban de costado. Se marchó y la dejó allí sola algún tiempo. Ella se debatía entre decir algo o callar. Era orgullosa y sabía que presentar queja o duda hasta acabar la sesión sería mostrarle debilidad, de modo que se quedó en silencio.

Estaba cansada y la postura, sin nada que amortiguara su piel contra la madera, comenzaba a ser dolorosa más que incómoda. Él se acercó finalmente y volvió a acariciarla. Azotó su espalda y trasero con la cuerda y comenzó a penetrarla. Agotada, no esperaba alcanzar cota de placer significativa, pero lo hizo y sin tardar demasiado. Él acarició su espalda mientras recuperaba la respiración. Después, liberó las piernas de sus ataduras e hizo lo propio con el collar y las correas. La tomó en brazos sin dejarle pronunciar palabra y la introdujo en un baño caliente con sales minerales, infinitamente relajantes.

Acabado el baño, una vez más fue llevada en brazos para recibir un masaje en su espalda y comprobar que no había sufrido daño su piel, ya que a Él le gustaba de ese modo, no mancillar su más bella posesión, su obra de arte. Las manos suaves y firmes recorrían cada centímetro de su cuerpo, haciéndola suspirar y acabó dormida enredada a sus piernas, apoyada en su pecho y con la melena revuelta entre los dedos de quien la había envuelto en placer. Poco imaginó que así era uno de tantos sueños y no se permitiera sentirlo real.

 

viernes, 20 de octubre de 2017

Ausencia injustificada.

Desnuda.
Venda en los ojos.
Tapones en los oídos.
Objetos separando manos y pies con ligaduras para mantenerla cautiva.

Se había saltado las clases para entregarse rendida. Esta vez no era un juego sino verdad.
No pudo ocultar cierto nerviosismo al inicio pese a que comenzaba con caricias y estimulación. Tampoco hacía demasiada falta porque se notaba empapada.
Con la entrepierna bien abierta y a cuatro patas se combinaban en la oscuridad de su mirada las caricias húmedas entre sus piernas con la felación enérgica, profunda hasta casi la arcada a pesar de su habilidad para esa técnica. Su piel comenzaba a recibir el azote de una cuerda o suave látigo cuyo material no pudo precisar. Suave dolor compartiendo abuso con su boca y caderas.
La sacudida violenta de la penetración provocó aumento repentino en su excitación. Tomada del pelo y oprimida su garganta cabalgaba sin remedio al placer. No era momento todavía. Volvió a saborear en la boca la carne del deseo hasta la garganta llevada del cuello y de la melena. Algo vibraba de manera suave y rítmica entre sus muslos haciendo que goteara literalmente de humedad. Estaba preparada. Necesitaba sentirlo y adivinaron sus anhelos.
Sujeta por las caderas y el pelo recibió un envite tras otro hasta fundirse ambos en unísono placer, regada ella, empapado él, marcada su esencia con el símbolo de su propiedad.
Tardó varios minutos en recuperar el aliento y ser liberada de ataduras y vendas. El entreacto de caricias y ternura tumbada sobre las sábanas manchadas alcanzó hasta que su espalda volvió a arquearse para invitar a usarla una y otra vez. Apenas un preludio de sesión donde abandonarse al placer en un mar de almohadas.

martes, 16 de mayo de 2017

El cornudo

Llevaban meses juntos cuando empezó a comprobar lo que hacía tiempo que buscaba. Hizo que se sentara en una silla frente a la cama, con una jarra de agua en el suelo y desnudo para pajearse en silencio mientras ella se quitaba la ropa y se ofrecía a aquél tipo. Se dejó atar, azotar y penetrar. Lo pasaron en grande una y otra vez mientras el cornudo se afanaba en controlarse. 

Cada vez que el cornudo estaba a punto de correrse en su silla ordenaba que metiera la cosita en la jarra de agua y calmase su apetito por pura diversión. Hizo que viera los restos del semen del desconocido en su boca, coño y culo. Ordenó que gateara hasta ella a lamer y tragar todos los restos del amante privilegiado. Ni una gota podía dejar. El cornudo tragó arrodillado cada resto que había mientras ella se metía en la boca el rabo del otro hombre y acariciaba su coño. El semen caliente llenó su boca y mandó al cornudo que abriera la boca para escupir en su interior el placer ajeno. Le dijo que tomara nota, así iban a ser a las cosas en adelante. Esperaba que mostrara respeto al otro. Más valía. Él sería quien dejaría sentir o no placer en lo sucesivo.

Otro día llamó a su puerta sin avisar. Cuando abrió comprobó que no estaba solo. Un compañero había acudido a estudiar. Ella respondió que era algo que tenía en cuenta y que además había previsto su Señor. Sus órdenes eran tirarse a quien estuviera en la casa mientras el cornudo seguía estudiando y calentándose. Se encaramó al compañero y sin titubeos le convenció de lo que iba a pasar. Podía ser encantadora si quería. Al principio estaba un poco tenso pero cuando comprobó que el otro lo levantaba la cabeza de los apuntes más que para manosearse la entrepierna, se puso en marcha y apenas pudo mantener el ritmo. Cuando ella se consideró satisfecha, separó al compañero de la cama y se fue a duchar. Recogió la ropa y se marchó sin decir palabra.

viernes, 8 de agosto de 2014

Las cinco tareas

La percepción de las cosas es diferente cuando se ven o se sienten. Ir desnuda con los ojos vendados por el pasillo que daba acceso a la zona privada del spa la puso más nerviosa y excitada. Sabía dónde estaba pero no para qué, andando a ciegas. Con cuidado pasó los escalones y tomó asiento en alguna parte que no pudo ver. A continuación separó las piernas tras la orden correspondiente poniendo las manos tras el respaldo.

La presión inconfundible de las pinzas en su pecho se notaba más con cada movimiento, azote o tirón de ellas por no verlas. Lo mismo pasaba con la vara o pala que marcaba su entrepierna con castigo constante. Bien mojada sintió una corriente de agua que llegó hasta sus pies fría al principio y más tarde tibia. Un chorro fino y fuerte llegó a su coño para estimular mientras se vertía cera sobre su piel, una combinación que sin ver era más intensa. Pidió permiso para usar una mano sobre su coño en los instantes previos a correrse con vigorosos espasmos en su asiento, relajada más tarde al mear al ritmo de la corriente del agua. De ese modo acababa la primera de las tareas que iba a cumplir.

Una vez seca y sin la venda vivió en primera persona una doble penetración que hizo apresurarse otro momento de placer. Sin tiempo a recuperar el aliento fue usada y humillada con castigo corporal hasta que volvió a derramarse, agotada de no tener respiro. Aún hubo tiempo para sodomizarla usada como pony girl y con las rodillas temblorosas acabó de stripper seductora masturbándose ofrecida para el uso del Señor. Recibió abundante recompensa en su boca y piel por su cumplimiento, se colocó sus atributos de perra y salió del recinto tras limpiar todo lo que había ensuciado, con otra lección aprendida.

viernes, 18 de abril de 2014

Un abrigo blanco

Confiesa timidez pero de todas las prendas que podía elegir para la sesión eligió un abrigo blanco, casi a juego con su piel, juntas la prenda y el cuerpo, sin nada que fuese a impedir el contacto. Un tono blanco destacado en la oscuridad de la noche mientras seguía los pasos que la guiaban. Tiene ese punto picante su timidez, dejarse mostrar e incluso buscarlo como pide su instinto a su pesar. Cuando deambulaban en busca de un rincón apropiado podía sentir todavía entre sus piernas la humedad de los placeres previos alcanzados horas antes. Pura adicción a los desafíos en distancias cortas.

Bajaron las escaleras hacia un rincón oscuro que rezumaba vicio y suciedad. No sabía exactamente la tarea que recibiría pero no tuvo tiempo de pensar tras ser colocada contra la pared rozando los pezones, el abrigo bajado hasta mostrar sus hombros y penetrada sin delicadeza, recibiendo embestidas que la ceñían a la pared, azotada, la melena estirada hasta tener que mirar al cielo y la garganta comprimida de tal modo que se mojó pidiendo que apretara más.

Siempre que era usada de esa manera el torrente del placer acudía de inmediato. La respiración agitada era lo único que se oía en el rincón. Entregó el abrigo para arrodillarse y limpiar desnuda la piel del propietario. Él reemprendió la marcha con el abrigo en la mano y ella le siguió con paso inicialmente tembloroso pero después orgulloso de lucir su desnudez a la vista de cualquier noctámbulo. No recuerda haber sentido frío ni temor a su lado, sólo una constante excitación y ganas de vivir nuevos desafíos, sentir el aroma de la obediencia entre sus piernas y conocer la próxima orden, envuelta en su abrigo blanco, tan intensa que es capaz de olvidarse de contar los placeres o los azotes que la llevaron hasta allí.
 

martes, 15 de octubre de 2013

Arriba y abajo

Era una noche calurosa para ser final de verano, perfecta para acabar el helado de la cena en la terraza y ejercer de gran anfitriona con su invitado. En un rincón del salón seguía amarrada con delicada cadena a un viejo aparador de lacado chino su mascota de piel clara y fina como la porcelana, delgada desnudez, casi aniñada. Entraron desde la terraza y ella se sirvió una copa, recostándose en el sofá mirando a su protegida.

Pidió a su invitado que comprobara la humedad de su perra, como la llamaba, para ver si seguía disponible y excitada. La muchacha estiró un poco la espalda para separar más las piernas sin perder la genuflexión. Una caricia adentrada entre sus muslos seguida de un leve azote en la misma zona sirvieron para garantizar la humedad. Era la primera vez que alguien entraba en la casa viéndola así.


Tras soltar la cadena, la joven acabó sobre una gran mesa de cristal en la misma pose en que antes había reposado el sushi de la cena. Su dueña acarició el coño hasta empaparle los labios y mojar abundantemente la mesa. La azotó después, cada vez más fuerte y más rápido. Se alternaban gemidos con el sonido de la piel castigada. A continuación, separó más sus piernas para acariciarla con una maza picahielos recién sacada de su cubeta, enfriando la zona durante un rato, jugando con el contraste de temperatura hasta que de poco en poco la introdujo en el coño de su propiedad, dilatando bien por el calibre de la maza.


Colocó unas pinzas metálicas en los pezones de la mascota antes de subir a la mesa despojada de la parte inferior de la ropa para colocarse sobre su boca, haciendo que lamiera cada rincón que apretaba contra ella. Cada vez apretaba más su cuerpo contra la cara dejándola casi sin respiración, permitiendo que se recuperara y volviendo a empezar. Se giró después para que lamiera en posición inversa al tiempo que ella presionaba las pinzas hacia arriba, acariciaba el coño de la joven y mecía la maza de dentro a fuera, con la cadencia justa para tenerla al límite sin permitir que se corriera, pues sólo la dueña lo haría dos veces sobre la cara de su servidora derramando todo tipo de humedad en su boca.

Bajó de la mesa y ordenó a la joven limpiarla y guardar los juguetes. Se incorporó con movimientos felinos para lamer cada rincón de la mesa, hasta casi no dejar marca. Después fue al aparador oriental a recoger una gamuza con la que acabar la limpieza. Sus muslos brillaban aún de humedad cuando regresó a su rincón para esperar órdenes.
 

La anfitriona recabó de su invitado la aprobación sobre las virtudes de la joven, que había puesto en duda la capacidad de su dueña para superar los mismos desafíos y por eso estaba allí él, para someterla a una sesión más intensa mientras la mascota era testigo de la demostración de su dueña, obligada a masturbarse contemplando la escena. Extenuadas ambas, una tras entregarse en la sesión como sólo en contadas ocasiones permitía y la otra tras media docena larga de orgasmos, la dama se dio por satisfecha. La perra estaba postrada a sus pies. Ya no había motivos para dudar.

martes, 28 de febrero de 2012

Fin de semana

El avión había llegado con media hora de retraso. Afortunadamente no tuvo que recoger equipaje y en cuanto pudo entró apresuradamente en el baño. Terminó de arreglar el atuendo justo al recibir el mensaje de llegada de su compañero de habitación.

Ya tenía un taxi reservado, de manera que pusieron rumbo a la ciudad sin demora. Su acompañante charlaba animadamente con el conductor dejando al tiempo la mano entre la húmeda entrepierna de ella. Yevgeny había visto de todo en su país de origen antes de emigrar y ganarse la vida de taxista. Conocía a su pasajero de otros asuntos y en ocasiones ponía el taxi a su disposición, teniendo por seguro que disfrutaría.

El pasajero levantó completamente el vestido de su acompañante, dejando ver la humedad que brillaba entre sus piernas. Al oído pidió que sacara las tetas por el escote y se acercara entre los asientos a pedir opinión al conductor. Ella sintió un vértigo entre la locura de perder el control y el incremento de humedad. Después pensó que lo peor que podía pasar es que el taxista se escandalizara y los dejara en cualquier sitio, de manera que accedió acompañada por las palabras de quien incitaba al taxista a comprobar la firmeza del cuerpo que se ofrecía desde la parte trasera.

El conductor acarició sus tetas y pellizcó los pezones con más suavidad de la que acostumbraba a sentir, pero aún así sintió el morbo. Después tuvo que reclinarse hacia atrás para acercarle el sexo empapado. Su acompañante acarició el hambriento coño y lo azotó ligeramente, dejándola al borde del orgasmo, logrado tras nuevas caricias y la penetración de los toscos dedos del taxista en su interior.

No les cobró la carrera, aunque ella desconocía la complicidad entre los hombres y pensó que había sido todo gracias a su ardor empapada y sudorosa. Bajó del taxi y esperó junto a la puerta. Su acompañante salió tras ella, enganchó en plena calle una correa a su collar y le dijo al oído mientras bajaba ella la mirada que aquello no era nada. Fluían las palabras por su interior como goteaban sus muslos hasta las rodillas. A partir de ese momento era cuando la sesión acababa de empezar.


martes, 27 de diciembre de 2011

Dog trained

No parecía asustada. El primer gesto dejó una brillante sonrisa mientras que para el segundo reservó postrarse a cuatro patas una vez atravesado el umbral. Desnuda y con un collar en su garganta caminó de la correa para reconocer las estancias, guiada por el adiestrador. Encontró un rincón adecuado en el balcón donde poder reposar entre paseos mientras esperaba las instrucciones que cumplir, pero tendría que ser en otro momento, acertó a entender. De momento, el paseo continuaba sin perder mucho tiempo en detalles.

Al final del recorrido ya conocía todos los rincones que debía. Regresó al salón donde en el suelo aguardaba el recipiente para poder alimentarse. Estaba sedienta y se lanzó a lamer el contenido. La mascota probó sin cautela el menú elegido mientras el domador comprobó que meneaba las nalgas como si fuese el rabo de un mastín, mojando su entrepierna conforme pasaba la mano del entrenador por su grupa. Por el momento no debía hacer otra cosa que lamer delicadamente el recipiente y el contenido mientras su calidad era puesta a prueba primero usando caricias, luego con azotes y más tarde masturbada y sodomizada manteniendo intacta su actitud. Olvidó hablar a tiempo para advertir que se corría, lo que costó recibir nuevos azotes que no parecieron ser motivo de queja.

Como toda perra de paseo fue llevada a mear cuando acabó su alimento. Aprendió a degustar entonces los fluidos de su adiestrador lamiéndolos y tragándolos hasta saciarse como recompensa. Volvió a sentir la sensación de placer en la última parte del paseo y regresó a sus cuestiones cotidianas, recogiendo la ropa camino de la calle sin perder un ápice de humedad.

martes, 25 de octubre de 2011

Tacones en la hierba

El parque estaba casi solitario entre semana, especialmente a primera hora en mitad del verano, apenas varios corredores matutinos y despistados jubilados. Se había vestido según los gustos conocidos y llegó al punto de cita a la hora prevista, aguardando junto a la sombra de un árbol. Los tacones eran muy incómodos en la tierra pero sabía que no tenía otra opción.

Él apareció puntual y la acompañó en un paseo por las sendas del parque. Le explicó la tarea que iba a desarrollar. Se dirigiría hacia donde una dama con vestido vaquero paseaba un perro y se identificaría ante ella. A continuación, haría lo que aquella dama indicara. Él se quedó sentado en un banco y ella se acercó a la mujer. Al llegar a su lado la miró de arriba abajo. Con la joven a su lado, deshizo el camino hacia el banco y pidió a su acompañante que se levantara y las acompañara.

Tras un breve trecho, las copas de los árboles dibujaron un lugar en cierta penumbra, alejado del sendero principal. La dama entregó la correa del perro al caballero y ordenó a la muchacha que se arrodillara y lamiera sus tacones, ascendiendo lentamente hasta alcanzar su entrepierna. Su acompañante asintió y ella comenzó a hacerlo, deleitándose con el tacto del calzado y de la piel de la dama, entregada incluso cuando la apretaron desde la nuca contra los empapados muslos de la mujer hasta que sintió como se corría.

No le fue permitido limpiarse, sólo degustar el placer ajeno que también la mojaba a ella y permanecer de rodillas mientras escuchaba la valoración que hacía la dama de ella. A continuación le ordenaron reclinarse sobre el tronco del árbol, abrirse la blusa para dejar sus pezones al aire y elevar la falda separando las piernas y colocando las muñecas a su espalda. Compartiría juegos de perra.

Mientras unas pinzas apretaban sus pezones, el can fue llevado de la correa hasta los muslos abiertos de la joven y comenzó a lamerla ansiosamente, inundando de pasión humillada la piel postrada. El hocico percutía en el clítoris y la lengua recogía su jugo imparable. Alzó la mirada para implorar permiso para poder correrse, que le fue otorgado tras constatar su obediencia. Un fuego de escalofríos la recorrió entera hasta exhalar todo aliento. A continuación, pudo incorporarse, besar los pies de la dama y continuar el paseo por el parque, obedeciendo en silencio pero tan excitada todavía que sólo quería volver a empezar.

viernes, 27 de mayo de 2011

Trámite urgente

Hace algunos meses, el enorme edificio abandonó su condición de museo para albergar una suerte de oficinas escondidas tras laberintos que trazaban los pasillos. Tampoco se utilizaban demasiado, ya que casi todo el trabajo dependía de otras instalaciones más modernas. Sin embargo, ella disfrutaba de la intimidad de un despacho con puerta de ahumado cristal, un sofá para visitas y el control desde su puesto de varios metros de pasillo de acceso, lo que le dejaba obrar con tranquilidad.

Escuchó los pasos que aceleraban su pulso y que segundos después abrían la puerta. Con un lacónico saludo y dejando abierta la puerta del despacho, él depositó en el sofá el maletín y la tarjeta de acreditación que había obtenido en la entrada, cada vez más puntillosa en la identificación de las visitas, incluso de los de ministerios habituales. Sin mediar palabra, se situó a su espalda y masajeó sus hombros, dejándola una primera capa de escalofríos sobre la piel. Después fue ciñendo su garganta haciendo que llevase la cabeza hacia atrás para meter su mano en el escote y pellizcar los pezones con fuerza bajo el vestido. Ella únicamente gimió y se dejó hacer.

La hizo situar las manos bajo sus nalgas para dejarla inmovilizada. Descubrió sus hombros y su pecho antes de separar los muslos que empapaban la silla. Comprobó con satisfacción la ausencia de lencería, la suavidad de la piel y lo mojada que estaba. Tirando del pelo, dejó hacia atrás del todo la cabeza, mordió los pezones al límite del dolor y estimuló la entrepierna humedecida con suavidad. Ella era consciente de que en cualquier momento alguien podría subir a su planta y enfilar el pasillo que llevaba hasta aquella estancia. Sin embargo, era algo que la asustaba tanto como la excitaba, sin ser capaz de quejarse o detenerle.

De algún lugar salieron las pinzas que presionaban sus pezones. De algún lugar el vibrador que recorría su interior al ritmo de las caricias sobre el clítoris y que regó de placer instantes después, ahogando el gemido del placer para no alertar a otras compañeras. A continuación, liberada de pinzas limpió con la boca el vibrador, pudo colocarse de nuevo el vestido y, mientras él salía en silencio del despacho, sin haber pronunciado una palabra y habiendo dejado un informe para tramitar, quedó de rodillas limpiando cuidadosamente, una vez más, su silla.


miércoles, 30 de marzo de 2011

Paseos húmedos

Cuando era pequeña tenía un nudo en la barriga antes de cada situación imprevista. Aquella tarde volvía a sentir lo mismo mientras esperaba bajo la lluvia a ser recogida para llevarla a algún lugar desconocido, a pesar de que tomarse la tarde libre había resultado más sencillo de lo que esperaba cuando entró en el despacho del director.

Sentada junto al chófer, se sentó conforme a las normas impuestas y tomó del asiento las bolas anales con las que recorrió su interior. Tras un breve trecho en que se fue humedeciendo por todas partes el conductor detuvo el automóvil. Ella miró el contorno, observando el paraje industrial empapado por la fuerte lluvia que descargaba y dejaba el cielo completamente oscuro, con camiones que pasaban de rato en rato. Se desprendió de todas sus prendas excepto el calzado y quedó a la espera de instrucciones.

Apenas se esperaba las intenciones de su acompañante. La ordenaron pasar al asiento de atrás a recoger un paraguas, salir del vehículo e ir a la puerta del conductor a recogerle, evitando mojarle mientras ella paseaba desnuda alrededor. Estremecida con la mezcla del miedo y deseo titubeó antes de ponerse en marcha, consciente de que algún vehículo pasaría por la calle mientras cumplía. Afortunadamente hacía menos frío que días precedentes pero aún así toda su piel comenzó a erizarse. Con paso firme y altivo rodeó el coche y abrió la puerta del conductor, esperando a que saliera y preguntándose dónde la llevaría completamente desnuda sin atreverse a mirar alrededor.

Él tomó el paraguas a la vez que hizo gesto de quererla arrodillada, dejando que la lluvia cayera sobre su piel. Instintivamente, besó los pies que habían quedado a la altura de su boca mientras separaba las rodillas y se acariciaba para el deleite de quien la miraba. Ensimismada en su tarea, olvidó que la lluvia escurría sobre sus pezones, sus nalgas y espalda, dedicada por entero a complacer. Su dedicación tuvo premio, pudiendo lamer el sexo que desde el asiento del conductor se la ofrecía, haciéndolo con su presteza conocida hasta saborear cada gota en su boca.

Con el trabajo finalizado, recuperó el paraguas y regresó con mismo paso orgulloso al asiento de atrás, donde encontró una toalla y su vibrador favorito. Por un momento estuvo tentada de usarlo pero esperó a conocer los planes del chófer, que imaginaba que serían mucho más placenteros al tiempo que la harían odiarle y desearle por igual.

jueves, 10 de febrero de 2011

Castigada

Tres incumplimientos fueron demasiados en la misma semana para evitar el castigo. Bien lo sabía cuando acudió al céntrico portal y llamó al telefonillo. Abrieron sin preguntar y ascendió en aquél añejo ascensor de puertas de hierro forjado. La puerta de la vivienda ya había sido abierta para que no tardara en acceder al interior. Los rostros de los dos hombres se giraron hacia ella.

Recibió la orden de quitarse el abrigo, quedando vestida tan sólo con medias y liguero. Pezones erizados, rubor en las mejillas y el morbo de verse ante un desconocido, un entendido tal vez, junto a quien daba las órdenes. Se puso a continuación a cuatro patas sobre una pequeña mesa encajada entre dos sofás. Los hombres comenzaron a pasear alrededor de su cuerpo, dejando de vez en cuando un dedo resbalar sobre su piel, valorando su suavidad y su actitud inequívoca de puta entregada.

Entre sus manos situaron un pliego de folios. Cuando bajó la cabeza para leerlos observó que era su playlist. Sabía que el motivo de tenerlo allí era para recordarla los incumplimientos. Se ordenó que leyera uno a uno los preceptos, recibiendo un firme azote con cada lectura. Al tiempo, el otro hombre paseó un dedo por su boca, humedeciéndolo y usándolo para pellizcar sus pezones antes de colocar suavemente unas bolas chinas en el interior de ella. La lectura pausada se sucedía con perfecta dicción, sólo puntualizada con el ruido del azotado y las caricias que el desconocido realizaba entre los muslos de la joven, sin dejar de torturar su pecho.

Pasado el ecuador del documento se alternaron los hombres. Quien antes acariciaba ahora era aún más severo que el anterior, mientras que su castigador la llenaba de aquellas caricias tan perfectas que debía contenerse para no mojarse de placer. A falta de tres artículo por leer, recibió gotas de cera por su espalda, provocándole mayor excitación si cabe, confundida entre el dolor constante en sus nalgas, el calor de su piel y el anuncio del orgasmo en su pelvis. Apenas era capaz de ver las líneas del documento.

Finalizó como pudo la lectura y quedó en silencio, estremeciendo las caderas ante la inminencia del placer. El hombre a su grupa se encargó de completar las caricias ayudado de las bolas chinas sin dejar de azotarla, mientras el otro la tomó del pelo y la introdujo su miembro en la boca hasta que tragó toda su leche, coincidiendo con un estallido de placer que apenas la dejó sostenerse en pie.

Finalizado el castigo, bajó a cuatro patas de la mesa y quedó tumbada, con el latido del corazón en su entrepierna, junto a los pies de su propietario, esperando ser exhibida ante el invitado o usada de cualquier manera, honrando su condición.


lunes, 13 de septiembre de 2010

Postre

Terminó de comer entre sus piernas, arrodillada en el suelo, sintiendo acompasadamente los azotes en su grupa con el cinturón que le acababa de regalar. Las nalgas de un vivo tono carmesí, a juego con el color de la excitación de su coño, empapado como en cada ocasión que jugaban con ella así.

Relamió el plato y quedó a la espera junto a sus pies. Él acabó a su vez la cena y, tomándola de la barbilla, la incorporó levemente para pedir que cocinara un postre como colofón a la velada. Le preguntó qué deseaba y se inclinó por unas sencillas natillas, concediéndole permiso para incorporarse e ir a la cocina.

Encontró entre los armarios un sobre de preparado instantáneo, al que sólo había que añadir leche y azúcar y dejar hervir. Puso cuidado en colar las natillas antes de servirlas para garantizar la máxima suavidad al paladar. Él rechazó comerlas cuando las llevó a la mesa, quejándose de la temperatura del postre. Ella regresó a la cocina atribulada y las metió durante unos minutos en el congelador, comprobando cada cierto tiempo el grado de temperatura.

Cuando consideró que estaban perfectas, volvió a ofrecerlas con cierto temor. Él las apartó a un lado y comentó que examinaría la calidad de la receta, haciéndola extender su desnudez sobre la mesa. Con las rodillas en alto, fueron atadas las extremidades firmemente a cada una de las patas de la mesa, dejándola expuesta e impidiendo todo movimiento. A continuación, le vendaron los ojos.

La primera gota dulce causó un ligero sobresalto, pues no esperaba la fresca sensación en la comisura de sus labios. Dejó entreabierta la boca y llegó una nueva gota en la lengua, que no pudo evitar paladear. Otra gota cayó en su carnoso labio inferior, siendo recogida con la boca por su oponente.

Poco a poco, un rocío de frescor fue peregrinando de su boca a su pecho, deteniéndose más frías en los pezones antes de ser mordisqueados, transitando levemente sobre el vientre y rodeando el pubis por la cara interna de los muslos, percibiendo la sensación resbaladiza y fresca del postre descendiendo hacia su sexo. Era como la sensación de la cera goteando, pero con inversa temperatura y contrastada con la calidez de la boca que recogía cada pizca en la piel, llevando a curvar su espalda para ofrecer el epicentro de su placer.

Sin previo aviso, un incesante goteo de espeso frescor fue derramado sobre su empapado coño, provocando una oleada de placer que sólo fue en aumento cuando los ardientes labios del sexo quedaron completamente recubiertos por la boca de apetito voraz. Pudo sentir la lengua cálida, la caricia justa en el justo lugar, el estallido en su interior producto del contraste de sensaciones, el calor del roce en sus muñecas y tobillos al estremecerse de placer, la yema de un dedo suavemente entrando por detrás y su cuerpo descontrolado en un espasmo que parecía no tener final.

Al ser liberada cuando recobró la pausa, la luz molestó un instante al abrir los ojos. En sus muñecas quedó la marca de las cuerdas. La incorporó tomándola en brazos y depositó en el suelo, momento en que, instintivamente, ella quedó postrada a sus pies. Él se agachó para quedar a su altura y retiró el pelo de su cara.

- Una receta deliciosa – susurró, volviéndola a dejar mojada.


martes, 31 de agosto de 2010

Fire

Kylie Minogue acariciaba con su voz las paredes del oscuro local con sus lovers. Al tiempo, cientos de cuerpos explotaban ritmo y gotas de sudor, pegada la ropa a la piel, dibujando cada curva, cada contoneo. En mitad de la pista, flanqueada por bailarines de torso desnudo y brillante, como colofón decorativo a los altavoces de la sala, fue situada para que diera rienda suelta a su instinto animal.

Volando sobre los tacones, se movía con esa cadencia sensual, pegada a la piel del otro, sabiendo seducir. Él giró su cuerpo y se situó detrás, tomando su cintura con una mano y otra ascendiendo por su pecho desnudo tras la lycra de la camiseta, ciñendo su garganta y su pelo al final. Entre el calor del local, la penumbra, el tacto y la estimulación, entre sus muslos se cocinaba una intensa humedad.

Él colocó un objeto en su mano. Ella reconoció la bola vibratoria y sin dejar de bailar, aprovechando el vuelo de la minifalda y flexionando ligeramente las rodillas, no tuvo problema en introducirla en su interior. Él activó el mando a distancia y la sumergió en un torbellino de excitación.

Cerraba los ojos y por momentos sentía que flotaba, apretando al otro contra su cuerpo, llevándole a estrechar su garganta de nuevo, a demostrarle que era suya. Poco a poco otra joven fue acercándose a ellos y acabó pegada a su pelvis, bailando al mismo son. Él se acercó a la chica y susurró algo. Siguieron bailando, cada vez más lentos, cada vez más juntos los tres. La chica comenzó a acariciar su cintura, ascendió por el talle y la tomó del cuello, besándola profundamente. Ella se dejó hacer, puesto que su dueño nada impedía, mojándose al sentir la ternura de la otra boca, la jugosa lengua recorriendo su labio inferior, mordiendo su cuello.

Poco a poco, entre caricias sutiles entre los muslos y algún beso más, abandonaron la pista de baile, refugiándose en un rincón. La tomaron de la mano y la sacaron del local, llevándola al coche. Sentada en el asiento de atrás, vendaron sus ojos. Él comenzó a conducir, quedando la chica a su lado. En plena oscuridad, sintió como un susurro la desnudaba. La otra chica anunciaba que le habían concedido el uso del mando a distancia con el que estimular su ardiente sexo y que pensaba utilizarlo a conciencia. Desprendida de ropa, abierta de piernas, atadas las manos a la espalda y marcando en los respaldos de los asientos delanteros cada zapato de tacón, comenzó a ser comida su entrepierna, a sentir la vibración de las bolas y a intuir la mirada del conductor a través del espejo retrovisor. En manos de una desconocida mujer, escuchó cómo se ordenaba que fuese estimulada, pellizcada, besada, mordida, usada y follada hasta que se derritiera de placer.


lunes, 9 de agosto de 2010

Film

La cafetería estaba menos bulliciosa que de costumbre, probablemente por el verano. Terminaba con calma el batido de frutas cuando apreció la señal. Llegaba la sesión antes de lo esperado.

Recibió la orden de retirar sus complementos. Comenzó por los pendientes, la pulsera después y el reloj para terminar. Lo depositó en la mesa antes de serle ordenado guardarlo en el bolso. Sentía como el pulso se le aceleraba. Tras eso vendrían las bragas. Cuando se lo ordenaron entendió el motivo por el que le había dejado elegir sitio y ella, inocentemente, se había colocado hacia donde más gente había y ahora podría ver la tarea. Sin embargo, el reto la excitó más.

Con la mayor naturalidad que fue capaz y tratando de no mirar alrededor para no levantar sospechas cumplió el desafío, ayudándose de una simulada caída de la servilleta para recoger la prenda, que entregó a su Señor. Después, salieron del café.

El tacto del vestido se había hecho diferente al ir sin ropa interior y más notorio cuando percibió caricias sobre su nalga, recorriéndola quien antes la había azotado en privado. Entraron en el cine, que a esas horas de la madrugada apenas contaba con dos docenas de almas apiñadas en la platea, cortesía de la informática del local. Poco a poco se fue diluyendo la masa, unos en busca de palomitas, otros hacia filas superiores en busca de intimidad.

Con el hormigueo de la excitación previa, ella se acomodó en la butaca, evocando los instantes anteriores. Minutos después de comenzada la película, el público ya había centrado la atención en la pantalla y ellos estaban en un discreto y elevado lugar.

- Entrégame el vestido – susurró

La adrenalina desbordaba cada poro de su piel. No pudo evitar mirar a los lados, por lo que fue castigada después. Tras el acto reflejo, se desnudó, quedando únicamente con las sandalias de tacón en la butaca. Separó las piernas y se recostó, esperando ser utilizada y mojando el asiento. Los dedos de su dueño resbalaban entre sus muslos y la estimulaban más y más. Cuando pensó que sería utilizada de ese modo le dieron nuevas instrucciones.

- Túmbate en el suelo, piernas separadas y junto a mí.

Con una leve caricia podría haberse corrido en ese mismo instante. El juego de control en público era lo más intenso, sabiendo que en la oscuridad la otra parte controlaba cada detalle para que no tuviera que pensar en nada. Se agachó antes de tumbarse, quedando expuesta al juego, viendo el techo de la sala iluminado por el haz de la película, imaginándose observada.

Él comenzó a acariciarla con un pie desnudo por el vientre, el pecho e introdujo el dedo gordo en su boca, que ella saboreó con deleite. Regresó así, humedecido, a recorrer su piel hasta depositarse suavemente en el sexo, estimulando levemente cada rincón y acabando introducido en el empapado coño con suavidad. En ese momento fue autorizada a acariciarse el clítoris con una mano, mientras con la otra pellizcaba sus pezones y se movía al compás que le marcaba su dueño con el pie.

Unos segundos bastaron para alcanzar el umbral del placer. Le miró buscando su aprobación para poder correrse, cosa que le fue permitida. Los espasmos de placer tumbada en el suelo se sucedieron durante unos instantes, quedando el pelo sobre la frente y la respiración agitada. Él retiró el dedo de su interior y permitió que con su boca ella lo limpiara. Tras eso, podía disfrutar de la película como gustara. Ella eligió hacerlo desnuda, arrodillada y entre las piernas de su Señor, saboreando su sexo y el calor de su néctar, apoyando la cabeza en sus piernas al final, aguardando a que le ordenaran vestirse o ser de nuevo utilizada.

martes, 6 de abril de 2010

Orgullosa

Cena para dos. Eran las únicas indicaciones. Quiso asombrarle, utilizando su mágica receta de carne al horno. Acabó de cocinar, preparó la mesa y se vistió para la ocasión. Blusa de seda ligeramente desabotonada. Falda de tablas y sandalias de tacón, esas eran las únicas prendas que rozaban su piel. Sonó el timbre, confirmando la llegada del invitado. Abrió el pomo de la puerta y se arrodilló a sus pies. Hizo que se incorporase y paseó por la estancia, aprobando el gusto por el detalle de la esclava.

Le acompañó hasta la mesa y quedó en pie, esperando instrucciones. Él comprobó la correcta disposición de alimentos y cubiertos, sentándose después. A continuación, tomó el plato de ella, rellenándolo de una generosa ración de carne y ensalada. Ella iba a tomar asiento cuando fue detenida. Su plato fue depositado en el suelo, junto a los pies de su Señor. Una mezcla de rubor y excitación recorrió su espalda.

Cenarás desnuda y aquí - le dijo mientras recibía el calor de la humillación en sus mejillas.
Gustaba dejarse moldear, ser adiestrada y utilizada, pero nunca había sido usada de ese modo sin mediar castigo o azote. El pulso se desbocaba mientras la ropa iba cayendo al suelo.


Cada bocado fue cuidadosamente vigilado, tomándolo del plato cual mascota fiel, ensuciando su boca, sin utilizar las manos. Mientras comía notó como la humedad en su coño, resbalando gotas de lujuria entre sus muslos. Se preguntaba cómo era posible aquella reacción pero al mismo tiempo sabía la respuesta.

Terminó lamiendo el plato y aguardando instrucciones. Colocada a cuatro patas, descalzó y besó los pies de su Señor para mostrar obediencia. A continuación tomó uno de los dedos y se recreó lamiéndolo. Él decidió utilizar el dedo mojado para alojarlo en el sexo de ella, acariciando hábilmente su clítoris y deslizando suavemente en su interior. Ella gimió dulcemente, empapándose los muslos y recreándose en la situación. Él le colocó una correa alrededor de la garganta y la sacó del salón.

Atada a una pata de la cama, seguía a cuatro patas, recibiendo caricias y azotes en sus nalgas. Le introdujo un plug anal y bolas chinas en el interior. Un vibrador quedó en el suelo.

Túmbate sobre el vibrador y mastúrbate. Tienes dos minutos para correrte. Si lo logras, recibirás placer el resto de la noche. En caso contrario aguardarás tres noches más. Es tu única oportunidad.

Tumbada en el suelo, abierta de piernas y situada sobre el vibrador, lo puso en funcionamiento imaginando la visión que desde arriba tendría su Señor. Le sobraron veinte segundos del plazo, que dedicó a ponerse a cuatro patas de nuevo, limpiar el vibrador con su boca y devolverlo a su propietario.

A continuación, le colocaron pinzas en los pezones y lentamente gotas de cera cayeron por su espalda, recibiendo al mismo tiempo en su coño caricias de excitación, corriéndose una vez más. Subió a la cama a continuación y tirando de su pelo la penetró con suavidad al inicio, con vigor después. Inevitable volverse a correr.

Exhausta, pudo elegir dónde deseaba dormir. Con mirada altiva, rechazó la comodidad del colchón junto a su dueño y se acomodó en el suelo. Él preguntó el motivo de su decisión, puesto que no tenía queja de su actitud. Ella respondió que si deseaba el tacto de su piel calentando el lecho, se lo tendría que ordenar.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Paseo

Como cada noche, había dejado abierto el armario para que serle elegida la indumentaria con la que decorar su piel. Fue elegida una camiseta blanca de tirantes que le quedaba algo larga, ligeramente bajo las nalgas, una minifalda y unos tacones blancos y finos. También le fue indicada la lencería que vestiría, prendas que no siempre estaba autorizada a vestir.

Se mantuvo en excitada tensión durante la noche, pero llegó la cena y nada especial ocurrió, descontando alguna travesura de complicidad. Tomaron una copa junto al mar y regresaron al coche para volver a casa. Una vez arrancó el motor, le fue indicado prescindir de lencería, cosa que hizo al instante, notándose desde ese momento empapada. También tenía que prescindir de la minifalda, prenda que depositó en el asiento de atrás.

Durante el trayecto separó las piernas para mostrar su belleza y disponibilidad. Él la acarició brevemente para comprobar su humedad y le indicó la siguiente tarea. Aparcarían al otro lado del edificio, tras el parque. Tendría que ir hasta el apartamento vestida sólo con la camiseta que no podría colocar si se levantaba y mostraba su cuerpo desnudo al andar.

A medida que conocía las instrucciones se notaba más húmeda. El trayecto a cubrir no era corto pero pensó que caminando de modo natural podría hacer pasar la camiseta por un vestido de verano ajustado. Hizo acopio de valor y de atrevimiento al detenerse el vehículo. No sólo iba a cumplir la tarea, iba a dejarle sin palabras.

Bajó del coche y caminó a través del parque, siendo observada por su acompañante. Llegó a la valla que separaba el parque de la acera y se le ordenó cruzarla a horcajadas, cosa que sin duda mostraría su más íntima piel desnuda a los viandantes que pasaran por allí. Intentó buscar un momento en que no pasara nadie pero no le fue permitido. Mientras cruzaba y en el preciso momento en que tenía sus piernas abiertas, flexionadas y mostrando su sexo por completo pasó un descapotable con cuatro adolescentes.

El coche frenó en seco y los jóvenes se giraron con expresión de agradable sorpresa hacia atrás, buscando la silueta morena que les acababa de regalar su desnudez. Lamentablemente para ellos, la pareja había cruzado ya la calle y alcanzado el portal del edificio, con las pulsaciones de la muchacha a flor de piel.

La joven comenzó a subir las escaleras, delante de su acompañante. Al llegar al rellano la tomó del pelo y azotándola la arrastró hacia un rincón, inmovilizándola contra la barandilla, arrebatándole la camiseta para dejarla por completo desnuda con sus preciosos zapatos de tacón y penetrándola desde atrás, empapando cada rincón de su cuerpo mientras trataba en vano de oponer mínima resistencia al abuso, como sabía que debía hacer. En pocos segundos la intensidad fue tan grande que llegó al umbral del placer, sin que le dejaran ir más allá. Sólo su jadeo entrecortado rasgaba el silencio del portal, expuesta a que llegara algún vecino y contemplase la escena. Pero estaba a mitad de camino. Tenía que llegar al apartamento desnuda, esa era la orden.

Con las piernas temblorosas y mojadas, alcanzó el último tramo de escaleras antes de llegar a un patio interior al que daban los balcones de las viviendas. Arropada por la penumbra pese a que en algunos balcones había gente, caminó casi de puntillas para no llamar la atención, sintiendo en sus pezones la brisa cálida que provocaban sus pasos. Llegó finalmente al último tramo de escaleras, donde fue detenida contra la pared y acariciada antes de entrar al apartamento, completamente excitada.

Dentro del piso, fue llevada del pelo hasta la mesa, reclinada y penetrada por cada cavidad al tiempo que una ligera caricia en su clítoris la mantenía al borde del orgasmo. Después fue arrodillada y limpió el sexo que había llenado con su humedad, continuando con su lengua hasta que se llenó la boca de néctar. Se incorporó y fue sentada en un sillón de cuero, que aumentaba su estimulación. Su sexo fue lamido perfectamente, penetrada con bolas chinas y excitada hasta el límite. Justo antes de correrse tuvo que negociar su placer. Le fue preguntado qué daría a cambio de tal intensidad y amanecer igualmente, respondiendo que cualquier cosa. Tras correrse tuvo unos momentos para recuperarse de los temblores del placer y fue caminando a cuatro patas hasta el baño para corresponder al trato, convertida en orinal.

lunes, 29 de junio de 2009

Exhibida


Sonó el timbre del apartamento. Abrió y se hizo a un lado para dejarle pasar y que comprobara que seguía desnuda a la espera de serle indicado qué ponerse. Tras breve saludo le dirigió a su armario, que dejó abierto de par en par y se arrodilló junto a la cama, aguardando la elección. Un vestido negro ceñido de talle y con volante a medio muslo, muy accesible, sandalias negras de fino tacón. Sólo eso vestiría.

Salieron a la calle y pese al cálido ambiente pudo sentir en su mojada entrepierna la brisa estival. Su excitación era elevada, como siempre que era sacada a pasear. Se detuvieron en un cruce esperando a que el tráfico se detuviera y sintió como los dedos de su acompañante deslizaban por su piel más íntima, estremeciendo su cuerpo y siendo juzgada por una señora madura que estaba a su lado mirándola con severa mirada, cosa que mientras ahogaba un gemido apenas le importó.

Tras la cena, fue llevada al parque y allí, entre parejas escondidas, expuesta su piel y acariciado su sexo, siendo utilizada para complacer con su boca momentos después. Completamente excitada, fue llevada de regreso a su hogar.

La puerta del ascensor se abrió y entraron. Con un susurro, le fue ordenado arrodillarse. El corazón parecía salirse del pecho. Era posible que algún vecino estuviera en el rellano al llegar a su planta, pero obedeció. Tal era su turbación que hasta que el ascensor no abrió de nuevo sus puertas no entendió que no había parado en su planta, sino en una inferior. A continuación, le fue indicado caminar a gatas hasta la escalera y una vez en ellas pudo incorporarse, subiendo de uno en uno los escalones mientras hábiles dedos se enredaban entre sus piernas y se introducían en su interior. Llegó un momento en que la estimulación impedía caminar y sentía empaparse los muslos.

Le ordenaron continuar en ese estado hasta llegar a casa. No tenía pulso ni para abrir la puerta, con gran esfuerzo lo consiguió. Tras cruzar la puerta fue colocada contra la pared y penetrada desde atrás, teniendo que controlar el placer que súbitamente comenzaba a experimentar.

- Si eliges correrte, serás exhibida hasta que yo desee

Poco tiempo después se corría sin remisión, puesto que el modo en que la tocaba dejaba claro que no deseaba que tuviera otra opción. Completamente mojada y desnuda fue llevada al ventanal del salón. Colocó entre sus piernas una lámpara, apagando el resto de la habitación y jugando el resto de la noche con su cuerpo, perfectamente visible desde el exterior.

viernes, 29 de mayo de 2009

Madera

Abrió los ojos empapada en sudor. El tiempo pasó volando, pensó. Tendida en la cama, con el pálpito en el sexo del último orgasmo ahogado fue interrogada sobre si quería continuar. Aceptó sin dudarlo.
- En ese caso caminarás a gatas hasta donde yo te quiera llevar.


Así lo hizo, sintiendo el ardor de la excitación en su sexo, estimulado mientras gateaba por las bolas chinas y el vibrador. Llegaron al salón donde se encontró con las cortinas abiertas y la luz vespertino del sol bañando el interior. En ese preciso instante adivinó que desde el edificio de enfrente podía verse todo lo que ocurría en aquél salón. A su derecha y frente al espejo del recibidor, una silla de madera.

Le fue ordenado sentarse, separar las piernas y dejar los brazos detrás del respaldo, para poder ser atada. El tacto de la madera era excitante, diferente sobre su piel. Durante un instante pudo verse reflejada en el espejo. Le encantó. Después fue atada y vendada, situada adecuadamente en la silla y comenzada a estimular.

Sintió la presión de las manos en su garganta, el juego con sus pezones, mezcla de caricias y presión, cada vez un poco más intensa, el vibrador en su sexo y el vaivén de las bolas chinas en su interior, llevadas casi fuera tirando del hilo y volviendo a dejarlas regresar. Su cuerpo se mecía al compás, instintivamente, recordando que la luz del sol se recortabe en su silueta, perfectamente visible desde algún ajeno balcón.


A continuación, gotas de agua fresca fueron cayendo por su vientre, llegando certeramente al empapado coño. La combinación de su excitación, con el agua y la sensación de humedad recogida por sus nalgas sobre la silla la dejaron al borde del orgasmo. En ese momento, un susurro se abrió paso hacia su interior.

- Sé que te gusta mirarte en espejos cuando juego contigo y también que te encanta tener las manos libres para sentirme y tocarte, de manera que te permitiré que elijas liberarte de una de tus ataduras, sólo una. Y me aprovecharé de la que no elijas

Casi pudo correrse al oír esas palabras. Realmente no sabía qué elegir, ambas cosas le eran muy excitantes. Se decantó por verse en el espejo y dejar que él hiciera con ella lo que quisiera. De ese modo pudo recrearse en cada uno rituales que siguieron en juego y pudo ver su rostro de felicidad desfallecida al serle regalado enorme placer.

Cuando fue liberada de sus ataduras se arrodilló junto a la empapada silla y lentamente con su boca limpió cada rincón del asiento, hasta asegurarse que todo estaba como lo había encontrado. Ahora, cada vez que pasa junto a la silla, mira de reojo y no puede evitar sentir un pequeño estremecimiento en su epicentro de placer.

miércoles, 8 de abril de 2009

Control


Inmovilizada a la silla, ojos vendados y pezones sujetos con pinzas. Piernas separadas con las bolas chinas vibratorias insertadas momentos antes, esperando su activación con el mando a distancia. Abrió la ventana y la luz dibujó su cuerpo en diagonal. Tal vez algún espectador con prismáticos podría verla, de tomarse interés, le susurraron al oído.

El hielo comenzó a gotear sobre su piel en lenta cadencia, excitando su cuerpo. Él activó la vibración y comenzó a sentir el calor ascender por su interior. La cabeza fue reclinada hacia atrás tirando de su pelo mientras era acariciada al tiempo. Tenía orden estricta de no alcanzar placer hasta que no le fuese expresamente autorizado, sin embargo, la estimulación era demasiado buena, demasiado intensa, la conocía bien.

Tras las gotas de agua helada, la cera fue cayendo por su piel. La combinación de sensaciones en la oscuridad de su venda la llevaban a correrse sin remedio y así avisó de su estado de excitación. Él presionó con más intensidad los pezones y con el mando a distancia cambió el modo de vibración, agitando más su deseo.
No recuerda cuanto tiempo estuvo en ese estado, tan cerca del orgasmo que sentía derramarse su humedad.

Fue liberada de venda y ataduras, colocada a cuatro patas junto a la silla para que observara la mancha en el asiento producto de su pasión. Llevada su cabeza al asiento, comenzó a lamer para limpiarlo, sintiendo aún en su coño el pálpito de la excitación. Quedó situada en esa pose y, erguida su cabeza tirando del pelo, penetrada por detrás. Cuando notó activarse al tiempo las bolas vibratorias adivinó que esta vez sería sometida con rigor, pero también que su placer no tardaría en serle autorizado, regalando su placer a quien se lo quería entregar..