martes, 28 de diciembre de 2010

Versión Original

Tuvo que arreglarse en la oficina antes de la cita, ya que le daba apuro trabajar tal como sabía que debía acudir. En el baño compuso la blusa, la minifalda y las medias. Se ajustó las botas y dejó en el bolso toda su ropa interior. Avanzó apresurada pese a cubrirse con el abrigo y esperó puntual la llegada del conductor, subiendo en la parte de atrás.

- Bonito abrigo, quítate la falda – escuchó.

Con el primer escalofrío de la noche, obedeció el mandato.
Escasos minutos después habían aparcado y entraban en un casi desierto cine, debido a la programación en versión original. Buscaron un lugar centrado en la sala pero apartado a la vez. Al otro extremo se sentaron dos preciosas jóvenes, aparentemente extranjeras, una de ellas destacaba por su sensualidad, la poca ropa que llevaba y el blanco cerámico de su piel. A ella le gustó pensar que tenía esas cómplices de testigo.

Él permitió que colocara el abrigo sobre sus piernas, para no destacar tanto el contraste de las delicadas medias con la desnudez de su piel. Susurrando a su oído, le entregó el huevo vibratorio para que lo colocara en su interior, activándolo después. La humedad invadió su cuerpo y su mano se aferró al brazo de su acompañante. A continuación, justo cuando comenzaba la película, le ordenó abrir por completo la blusa para poder pellizcar sus pechos, mientras ella abría bien las piernas y se acariciaba al ritmo de la vibración.

Recibió la orden concreta de separar aún más las piernas y masturbarse girada hacia las dos chicas que en ese instante ya se besaban apasionadamente. Cumplió entornando los ojos, dejándose llevar pero pudiendo darse cuenta de que las jóvenes se recreaban contemplando sus caricias al tiempo que ellas no cesaban de jugar. Su acompañante la tiró hacia atrás del pelo, obligándola a reclinarse un poco más, a estar más expuesta. Y en ese preciso instante se corrió intensamente, llevada por el estremecimiento de la vibración.

Su acompañante utilizó el mando a distancia para detener la vibración y ordenó que finalizara la tarea dejando unas gotas de orina en el asiento, detalle que ella no olvidó. A continuación, se arrodilló para limpiar el asiento y quedar arrodillada entre las piernas de su instructor hasta que se le permitió incorporarse y permanecer en su regazo, desde el que pudo observar como la joven de blanca piel dedicó un buen rato a lamer el sexo rasurado de su amiga, mirando de vez en cuando a la dama desnuda del otro lado de la fila.


miércoles, 10 de noviembre de 2010

Ural

Llegó tarde por culpa del trabajo, aunque avisó del retraso. Una enfermera de ojos tan verdes como su atuendo médico abrió la puerta y le dedicó una amable sonrisa. El doctor había salido a comer pero no había que preocuparse, ya que la primera revisión y limpieza bucal gratuita la realizaría ella. Conversaron unos minutos mientras soltaba el maletín y la chaqueta, mostrándole después las instalaciones del local, vacío de pacientes a esa hora. Finalmente, le condujo a una sala donde le mostró el sillón en que el paciente debía reposar.

- Si no se porta bien seré mala – dijo a modo de broma con su acento eslavo
- Prefiero en tal caso que seas tú quien se siente y ser malo yo – respondió él.

Ella se ruborizó de inmediato, resaltando aún más el verde de sus ojos en aquella piel tan delicada y blanca antes del rubor. De algún modo, el instinto se despertó y él la desafió a sentarse, a lo que ella, con una risa nerviosa, aceptó.

Retiró su melena y comenzó a deslizar su dedo por el cuello, recordando a la joven que iba a comprobar su sensibilidad. Ella se mostró de acuerdo aunque cruzaba los brazos ante sí, protegiéndose. Cuidadosamente, él retiró sus manos, depositándolas a los lados. La respiración de ella se aceleró cuando él preguntó si quería continuar. Tras unos segundos, aceptó.

Besó su cuello, deslizó las manos bajo la blusa hospitalaria y acarició su cintura. Comprobó que no llevaba sujetador pero sí una breve lencería inferior, completamente empapada. Dejo resbalar los dedos sobre la prenda y regresó a la cintura. Entonces fue cuando la tomó de la mano para incorporarla y, ciñendo su cintura, la tomó desde atrás.

- ¿Vas a ser obediente? - susurró entre su pelo
- Sí – respondió
- Harás todo lo que te diga – ella, con movimiento de cabeza, afirmó

Cruzaron hasta la sala de espera. Del maletín extrajo la corbata y un cordón, lo primero para sus ojos, lo segundo para sus muñecas, atadas a la espalda. Mordisqueando su cuello advirtió que sería suya, sin querer saber su nombre. Retiró los pantalones de la joven y con un certero tirón arrancó el lateral del tanga. La apoyó arrodillada contra el sofá y separó bien sus piernas, acariciando el empapado coño al principio, penetrándola con vigor después. Ella jadeaba como animal en celo y gemía de placer cuando la tiró del pelo, moviendo bruscamente su grupa y ofreciéndose a él. Jugó a liberarse de las ataduras pero él lo impidió, excitándola aún más. Pellizcó sus pezones al tiempo excitaba aquél coño tan suave, casi adolescente, mojándose la mano y sintiendo los violentos espasmos de ella cuando se corrió.

Liberó de ataduras a la muchacha y la sentó en su regazo, aún envuelto por el delicado aroma del placer. Ella se refugió en su pecho un rato, susurrando que no se lo podía creer, nunca antes había hecho algo semejante, aunque había fantaseado con ello alguna vez. Le contó la intensidad de obedecerle, cómo la indefensión de las cuerdas la había estimulado cada vez más y que hubiera hecho cualquier cosa que pidiera.

- No te preocupes, las harás – la respondió.

A pesar de que ella jamás había conocido el mundo tras el espejo, identificó sus sueños con las sensaciones que acababa de gozar, de modo que aquella tarde el destino había provocado el nacimiento de la esencia, aunque sin tiempo de gratuita limpieza bucal.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Postre

Terminó de comer entre sus piernas, arrodillada en el suelo, sintiendo acompasadamente los azotes en su grupa con el cinturón que le acababa de regalar. Las nalgas de un vivo tono carmesí, a juego con el color de la excitación de su coño, empapado como en cada ocasión que jugaban con ella así.

Relamió el plato y quedó a la espera junto a sus pies. Él acabó a su vez la cena y, tomándola de la barbilla, la incorporó levemente para pedir que cocinara un postre como colofón a la velada. Le preguntó qué deseaba y se inclinó por unas sencillas natillas, concediéndole permiso para incorporarse e ir a la cocina.

Encontró entre los armarios un sobre de preparado instantáneo, al que sólo había que añadir leche y azúcar y dejar hervir. Puso cuidado en colar las natillas antes de servirlas para garantizar la máxima suavidad al paladar. Él rechazó comerlas cuando las llevó a la mesa, quejándose de la temperatura del postre. Ella regresó a la cocina atribulada y las metió durante unos minutos en el congelador, comprobando cada cierto tiempo el grado de temperatura.

Cuando consideró que estaban perfectas, volvió a ofrecerlas con cierto temor. Él las apartó a un lado y comentó que examinaría la calidad de la receta, haciéndola extender su desnudez sobre la mesa. Con las rodillas en alto, fueron atadas las extremidades firmemente a cada una de las patas de la mesa, dejándola expuesta e impidiendo todo movimiento. A continuación, le vendaron los ojos.

La primera gota dulce causó un ligero sobresalto, pues no esperaba la fresca sensación en la comisura de sus labios. Dejó entreabierta la boca y llegó una nueva gota en la lengua, que no pudo evitar paladear. Otra gota cayó en su carnoso labio inferior, siendo recogida con la boca por su oponente.

Poco a poco, un rocío de frescor fue peregrinando de su boca a su pecho, deteniéndose más frías en los pezones antes de ser mordisqueados, transitando levemente sobre el vientre y rodeando el pubis por la cara interna de los muslos, percibiendo la sensación resbaladiza y fresca del postre descendiendo hacia su sexo. Era como la sensación de la cera goteando, pero con inversa temperatura y contrastada con la calidez de la boca que recogía cada pizca en la piel, llevando a curvar su espalda para ofrecer el epicentro de su placer.

Sin previo aviso, un incesante goteo de espeso frescor fue derramado sobre su empapado coño, provocando una oleada de placer que sólo fue en aumento cuando los ardientes labios del sexo quedaron completamente recubiertos por la boca de apetito voraz. Pudo sentir la lengua cálida, la caricia justa en el justo lugar, el estallido en su interior producto del contraste de sensaciones, el calor del roce en sus muñecas y tobillos al estremecerse de placer, la yema de un dedo suavemente entrando por detrás y su cuerpo descontrolado en un espasmo que parecía no tener final.

Al ser liberada cuando recobró la pausa, la luz molestó un instante al abrir los ojos. En sus muñecas quedó la marca de las cuerdas. La incorporó tomándola en brazos y depositó en el suelo, momento en que, instintivamente, ella quedó postrada a sus pies. Él se agachó para quedar a su altura y retiró el pelo de su cara.

- Una receta deliciosa – susurró, volviéndola a dejar mojada.


martes, 31 de agosto de 2010

Fire

Kylie Minogue acariciaba con su voz las paredes del oscuro local con sus lovers. Al tiempo, cientos de cuerpos explotaban ritmo y gotas de sudor, pegada la ropa a la piel, dibujando cada curva, cada contoneo. En mitad de la pista, flanqueada por bailarines de torso desnudo y brillante, como colofón decorativo a los altavoces de la sala, fue situada para que diera rienda suelta a su instinto animal.

Volando sobre los tacones, se movía con esa cadencia sensual, pegada a la piel del otro, sabiendo seducir. Él giró su cuerpo y se situó detrás, tomando su cintura con una mano y otra ascendiendo por su pecho desnudo tras la lycra de la camiseta, ciñendo su garganta y su pelo al final. Entre el calor del local, la penumbra, el tacto y la estimulación, entre sus muslos se cocinaba una intensa humedad.

Él colocó un objeto en su mano. Ella reconoció la bola vibratoria y sin dejar de bailar, aprovechando el vuelo de la minifalda y flexionando ligeramente las rodillas, no tuvo problema en introducirla en su interior. Él activó el mando a distancia y la sumergió en un torbellino de excitación.

Cerraba los ojos y por momentos sentía que flotaba, apretando al otro contra su cuerpo, llevándole a estrechar su garganta de nuevo, a demostrarle que era suya. Poco a poco otra joven fue acercándose a ellos y acabó pegada a su pelvis, bailando al mismo son. Él se acercó a la chica y susurró algo. Siguieron bailando, cada vez más lentos, cada vez más juntos los tres. La chica comenzó a acariciar su cintura, ascendió por el talle y la tomó del cuello, besándola profundamente. Ella se dejó hacer, puesto que su dueño nada impedía, mojándose al sentir la ternura de la otra boca, la jugosa lengua recorriendo su labio inferior, mordiendo su cuello.

Poco a poco, entre caricias sutiles entre los muslos y algún beso más, abandonaron la pista de baile, refugiándose en un rincón. La tomaron de la mano y la sacaron del local, llevándola al coche. Sentada en el asiento de atrás, vendaron sus ojos. Él comenzó a conducir, quedando la chica a su lado. En plena oscuridad, sintió como un susurro la desnudaba. La otra chica anunciaba que le habían concedido el uso del mando a distancia con el que estimular su ardiente sexo y que pensaba utilizarlo a conciencia. Desprendida de ropa, abierta de piernas, atadas las manos a la espalda y marcando en los respaldos de los asientos delanteros cada zapato de tacón, comenzó a ser comida su entrepierna, a sentir la vibración de las bolas y a intuir la mirada del conductor a través del espejo retrovisor. En manos de una desconocida mujer, escuchó cómo se ordenaba que fuese estimulada, pellizcada, besada, mordida, usada y follada hasta que se derritiera de placer.


lunes, 9 de agosto de 2010

Film

La cafetería estaba menos bulliciosa que de costumbre, probablemente por el verano. Terminaba con calma el batido de frutas cuando apreció la señal. Llegaba la sesión antes de lo esperado.

Recibió la orden de retirar sus complementos. Comenzó por los pendientes, la pulsera después y el reloj para terminar. Lo depositó en la mesa antes de serle ordenado guardarlo en el bolso. Sentía como el pulso se le aceleraba. Tras eso vendrían las bragas. Cuando se lo ordenaron entendió el motivo por el que le había dejado elegir sitio y ella, inocentemente, se había colocado hacia donde más gente había y ahora podría ver la tarea. Sin embargo, el reto la excitó más.

Con la mayor naturalidad que fue capaz y tratando de no mirar alrededor para no levantar sospechas cumplió el desafío, ayudándose de una simulada caída de la servilleta para recoger la prenda, que entregó a su Señor. Después, salieron del café.

El tacto del vestido se había hecho diferente al ir sin ropa interior y más notorio cuando percibió caricias sobre su nalga, recorriéndola quien antes la había azotado en privado. Entraron en el cine, que a esas horas de la madrugada apenas contaba con dos docenas de almas apiñadas en la platea, cortesía de la informática del local. Poco a poco se fue diluyendo la masa, unos en busca de palomitas, otros hacia filas superiores en busca de intimidad.

Con el hormigueo de la excitación previa, ella se acomodó en la butaca, evocando los instantes anteriores. Minutos después de comenzada la película, el público ya había centrado la atención en la pantalla y ellos estaban en un discreto y elevado lugar.

- Entrégame el vestido – susurró

La adrenalina desbordaba cada poro de su piel. No pudo evitar mirar a los lados, por lo que fue castigada después. Tras el acto reflejo, se desnudó, quedando únicamente con las sandalias de tacón en la butaca. Separó las piernas y se recostó, esperando ser utilizada y mojando el asiento. Los dedos de su dueño resbalaban entre sus muslos y la estimulaban más y más. Cuando pensó que sería utilizada de ese modo le dieron nuevas instrucciones.

- Túmbate en el suelo, piernas separadas y junto a mí.

Con una leve caricia podría haberse corrido en ese mismo instante. El juego de control en público era lo más intenso, sabiendo que en la oscuridad la otra parte controlaba cada detalle para que no tuviera que pensar en nada. Se agachó antes de tumbarse, quedando expuesta al juego, viendo el techo de la sala iluminado por el haz de la película, imaginándose observada.

Él comenzó a acariciarla con un pie desnudo por el vientre, el pecho e introdujo el dedo gordo en su boca, que ella saboreó con deleite. Regresó así, humedecido, a recorrer su piel hasta depositarse suavemente en el sexo, estimulando levemente cada rincón y acabando introducido en el empapado coño con suavidad. En ese momento fue autorizada a acariciarse el clítoris con una mano, mientras con la otra pellizcaba sus pezones y se movía al compás que le marcaba su dueño con el pie.

Unos segundos bastaron para alcanzar el umbral del placer. Le miró buscando su aprobación para poder correrse, cosa que le fue permitida. Los espasmos de placer tumbada en el suelo se sucedieron durante unos instantes, quedando el pelo sobre la frente y la respiración agitada. Él retiró el dedo de su interior y permitió que con su boca ella lo limpiara. Tras eso, podía disfrutar de la película como gustara. Ella eligió hacerlo desnuda, arrodillada y entre las piernas de su Señor, saboreando su sexo y el calor de su néctar, apoyando la cabeza en sus piernas al final, aguardando a que le ordenaran vestirse o ser de nuevo utilizada.

martes, 6 de abril de 2010

Orgullosa

Cena para dos. Eran las únicas indicaciones. Quiso asombrarle, utilizando su mágica receta de carne al horno. Acabó de cocinar, preparó la mesa y se vistió para la ocasión. Blusa de seda ligeramente desabotonada. Falda de tablas y sandalias de tacón, esas eran las únicas prendas que rozaban su piel. Sonó el timbre, confirmando la llegada del invitado. Abrió el pomo de la puerta y se arrodilló a sus pies. Hizo que se incorporase y paseó por la estancia, aprobando el gusto por el detalle de la esclava.

Le acompañó hasta la mesa y quedó en pie, esperando instrucciones. Él comprobó la correcta disposición de alimentos y cubiertos, sentándose después. A continuación, tomó el plato de ella, rellenándolo de una generosa ración de carne y ensalada. Ella iba a tomar asiento cuando fue detenida. Su plato fue depositado en el suelo, junto a los pies de su Señor. Una mezcla de rubor y excitación recorrió su espalda.

Cenarás desnuda y aquí - le dijo mientras recibía el calor de la humillación en sus mejillas.
Gustaba dejarse moldear, ser adiestrada y utilizada, pero nunca había sido usada de ese modo sin mediar castigo o azote. El pulso se desbocaba mientras la ropa iba cayendo al suelo.


Cada bocado fue cuidadosamente vigilado, tomándolo del plato cual mascota fiel, ensuciando su boca, sin utilizar las manos. Mientras comía notó como la humedad en su coño, resbalando gotas de lujuria entre sus muslos. Se preguntaba cómo era posible aquella reacción pero al mismo tiempo sabía la respuesta.

Terminó lamiendo el plato y aguardando instrucciones. Colocada a cuatro patas, descalzó y besó los pies de su Señor para mostrar obediencia. A continuación tomó uno de los dedos y se recreó lamiéndolo. Él decidió utilizar el dedo mojado para alojarlo en el sexo de ella, acariciando hábilmente su clítoris y deslizando suavemente en su interior. Ella gimió dulcemente, empapándose los muslos y recreándose en la situación. Él le colocó una correa alrededor de la garganta y la sacó del salón.

Atada a una pata de la cama, seguía a cuatro patas, recibiendo caricias y azotes en sus nalgas. Le introdujo un plug anal y bolas chinas en el interior. Un vibrador quedó en el suelo.

Túmbate sobre el vibrador y mastúrbate. Tienes dos minutos para correrte. Si lo logras, recibirás placer el resto de la noche. En caso contrario aguardarás tres noches más. Es tu única oportunidad.

Tumbada en el suelo, abierta de piernas y situada sobre el vibrador, lo puso en funcionamiento imaginando la visión que desde arriba tendría su Señor. Le sobraron veinte segundos del plazo, que dedicó a ponerse a cuatro patas de nuevo, limpiar el vibrador con su boca y devolverlo a su propietario.

A continuación, le colocaron pinzas en los pezones y lentamente gotas de cera cayeron por su espalda, recibiendo al mismo tiempo en su coño caricias de excitación, corriéndose una vez más. Subió a la cama a continuación y tirando de su pelo la penetró con suavidad al inicio, con vigor después. Inevitable volverse a correr.

Exhausta, pudo elegir dónde deseaba dormir. Con mirada altiva, rechazó la comodidad del colchón junto a su dueño y se acomodó en el suelo. Él preguntó el motivo de su decisión, puesto que no tenía queja de su actitud. Ella respondió que si deseaba el tacto de su piel calentando el lecho, se lo tendría que ordenar.

domingo, 7 de marzo de 2010

Paso a paso

Cómplice, solícita, la mejor perra. Así dijo que sería si le daba la oportunidad, por encima de sus ataduras, buscando ansiosamente complacer. Ahora tenía que demostrar que sus palabras no eran vanas. Abrió el paquete y extrajo el pequeño terminal. En él, cada cierto tiempo, recibiría las instrucciones que debía desempeñar en las futuras horas. Nada más conectarlo, recibió el primer mensaje.

Para el siguiente amanecer a la lectura de este mensaje, la indumentaria que lucirás será como sigue:

 Comenzarás por hidratar tu piel tras la ducha, colocándote a continuación tanga de tono negro transparente. Otra prenda similar irá a parar a tu bolso. Acompañarás la lencería inferior con un sujetador de apertura frontal y tacto transparente, para que tus pezones perciban el vaivén de tus pasos al caminar.

Ella se preguntaba el motivo de llevar lencería de repuesto, si acaso sería para someterla a castigo o romper la prenda, cosa que tanto excitaba, pero se quedó imaginando el roce de su pecho sobre la ropa, los pezones duros a la espera de ser pellizcados.

Te vestirás a continuación con blusa negra y falda ajustada pero suficientemente elástica como para poder jugar en tu interior. Aderezarás el conjunto con el calzado adecuado de alto tacón y prescindirás de otros complementos sobre tu piel. Por último, usarás abrigo largo.

Ella fue preparando cada elemento en el mismo orden en que leía el mensaje.

En el bolso, aparte de la lencería y tus habituales bolas chinas, dejarás dos pinzas de la ropa, que al final del día reposarán en tu cajón laboral.

Con el tiempo justo, por recrearse en la situación, salió de casa y encaró el atasco antes de poder tomar la autovía que la llevaba a su ocupación profesional. Mientras esperaba en un semáforo, el terminal se activó.


De camino al trabajo repostarás en una gasolinera, vestida sin lencería (que dejarás en el bolso) ni falda, que retirarás antes de salir del coche. Usarás el abrigo y tu comportamiento será por completo natural. Al regresar, tomarás las bolas y, una vez retomes el camino, alternarás entre jugar con las bolas en el coño y acariciarte mientras conduces, saboreando tus dedos con la boca.

A pocos metros del desvío a su oficina halló la gasolinera. Aparcó inicialmente en la zona de descanso para desvestirse y después continuó hasta el surtidor. Se colocó el abrigo en el coche, no sin dificultad y salió a repostar. La brisa de la mañana se enredó entre sus muslos y refrescó el sexo empapado. No quiso mirar a ninguna parte, temía que alguien se fijara en desnudez disponible. Finalizó la tarea y tras abonar el repostaje salió orgullosa y con paso firme de allí, con las piernas chorreando por superar el reto.
 Al entrar en el vehículo tenía otro mensaje.
Cuando llegues al trabajo puedes colocar la falda, nada más. Después, en tu sitio, guardar las pinzas en un cajón y permanece con falda, blusa y sin lencería hasta que se te indique qué hacer, sintiendo el roce de tus pezones en la blusa y la desnudez del resto de tu piel.

Obedeciendo en cada extremo, se pasó el día aguardando la siguiente instrucción. La mañana transcurría y miraba compulsivamente el terminal, esperando el siguiente escalón a superar. Pero nada ocurría más allá del tacto de su pecho en el escote y su humedad interior. Finalmente, cerca del mediodía, un mensaje llegó. Ella sonrió y miró su reloj. Si comía algo rápido tendría tiempo de sobra para sorprender.

A media tarde, un mensaje viajaba en dirección opuesta:

Buenas tardes, Señor. Después de comer, como me dijo, bajé al baño con las pinzas en la mano. Me lavé las manos, me desnudé de cintura para arriba y me puse una en cada pezón. Me dolió un poco. No me había torturado los pezones antes, pero era soportable. Al rato ya me había acostumbrado y empecé a encontrar el placer, en parte pensando en que Usted estaría pensando en mí en ese momento y me imaginaría cumpliendo mi tarea. Me quité el resto de ropa y me metí las bolas y el tanga en el coño, haciendo una tira y me senté en el inodoro al revés, apoyando las tetas en la cisterna. El frío de la porcelana me aliviaba el dolor y me puso los pezones duros inmediatamente. Como me había dicho, abrí mucho las piernas y empecé a masturbarme con las sensaciones aumentando en las tetas y en el coño. Imaginaba que mi Señor me miraba mientras cumplía mi tarea, de manera que traté de cuidar mis ademanes, como sé que le gusta. Cuando estuve a punto de correrme paré, muy a mi pesar, porque hubiera continuado hasta explotar. Saqué el tanga empapado del interior y casi me corro de placer. Tuve que respirar hondo para continuar. Después me limpié el coño, que estaba muy húmedo, lógicamente, me quité las pinzas de los pezones y me lavé las tetas con agua fría... Agradecí ese frescor en ellas. Me lavé las manos, me vestí con la lencería de repuesto y subí a mi mesa directamente a relatar lo que viví, sin esperar a la noche. Espero que le satisfaga mi informe y me permita volver a aprender.

A sus pies.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Tres

Jueves, víspera de fin de semana y habitual punto de encuentro para tomar una copa al salir del trabajo, estirando la noche, perfecto para citas clandestinas utilizando la coartada anterior. Leyó la pantalla de su teléfono móvil. Dejó pasar un par de minutos para que nadie asociara su ausencia con el mensaje recibido y se despidió. Unos metros más allá subió a un coche y cambió de zona de copas, por seguridad.

El ambiente era perfecto. Suficiente gente pero sin agobios, rincones oscuros donde compartir secretos y música a un volumen que permitía elegir entre baile o charlar. Tras recoger una copa, no tardó en encontrar un rincón donde acomodarse. El aire acondicionado provocó la marca de sus pezones en el jersey. Acompañaba la prenda con minifalda y botas. Su acompañante acercó un taburete y le ordenó sentarse separando las piernas. A continuación, deslizó en silencio una mano entre los muslos humedecidos de ella, hasta comprobar que su sexo estaba desprovisto de lencería, suave y empapado, preparado para ser utilizado.
Ajenos al bullicio de la sala, le indicó que abriera la boca y en ella depositó una bola vibratoria, para que la humedeciera y colocara después en su interior, con la mayor naturalidad posible y sin mirar alrededor. Sabía que exhibiría su intimidad pero apenas se lo pensó, percibiendo la caricia interior según entraba el objeto. Permaneció así unos instantes.

Apareció una joven de melena rubia, vestido ceñido de lycra, rostro apacible y mirada intensa. Saludó a su acompañante y quedó mirándola, aprobando lo que veía. Se acercó al taburete y dejó su cuerpo entre las piernas de ella, acercándose a su oído.

- Veremos si haces honor a tu fama, pequeña – susurró, provocando un torrente de excitada agitación

Él activó la vibración del juguete que ella albergaba en su interior, pillándola desprevenida, estimulándola todavía más. La otra joven llevó un dedo a su boca y después comenzó a jugar con ella, separando sus muslos, acariciando suavemente el clítoris, pellizcando sus pezones sobre la ropa. La tomó de la mano y la llevó al baño. Ella miró hacia su acompañante, que la ordenó obedecer.

Entraron juntas en el cubil. Tras desnudarse, permaneció en pie con las piernas a ambos lados del inodoro y colocó las manos a su espalda. La otra joven manejaba el mando del juguete vibrador a su antojo, acelerando el ritmo o deteniéndolo. Alternó los azotes en el sexo con las caricias más delicadas, saboreó su boca y la hizo arrodillarse para hacerle comer su placer. Cuando quedó satisfecha retiró las bolas vibratorias y volvió a las caricias, deteniéndose justo antes de que se corriera. Ordenó que se vistiera de nuevo y salieron al local donde su acompañante esperaba.

Sentado en el taburete, la colocó sobre sus rodillas, subió la minifalda con riesgo de miradas ajenas, penetrándola poco a poco desde atrás. Al mismo tiempo, la rubia joven se había situado entre sus piernas para cubrir la escena y besar apasionadamente su boca, resbalando los dedos por su chorreante coño. Tardó pocos segundos en ser recorrida por una oleada de placer.

Limpió con su boca los dedos mojados de la otra chica y aguardó instrucciones. Le ordenaron finalizar la limpieza del sexo que había tenido en su interior, de rodillas. Sabía que sería mirada por cualquiera que estuviese alrededor, pero lo hizo cuidadosa y discretamente, oculta tras la otra joven. Completada la tarea, salió del local camino de la parte trasera de un automóvil, para continuar la sesión mientras circulaban por la ciudad.

martes, 26 de enero de 2010

Seda

Miró el reloj para confirmar la hora. Pensó que la tarde estaba fresca para pasear por la ciudad sin lencería y decidió quitársela al llegar al lugar de la cita. Sorteando el tráfico en su motocicleta urbana, llegó en apenas unos minutos. En el ascensor revisó el peinado y retiró la lencería. Instantes después entraba en el despacho de aquella oficina, cerrando la puerta tras de sí y quedando de pie, esperando instrucciones sin pronunciar palabra.

Su anfitrión cerró con llave el despacho y la rodeó para comprobar su aspecto. Comprobó su maquillaje, indumentaria, peinado, ausencia de complementos y las medidas tanto de sus uñas como de sus zapatos de tacón. A continuación ordenó que se desnudara, excepto medias y zapatos, y quedara postrada de rodillas junto a él, que seguiría trabajando. Así lo hizo.

- Me has desobedecido – dijo calmado pero severo

Ella no supo qué decir. Trató de balbucear una excusa pero la detuvo preguntando si le tomaba por tonto. Respondió que no.

- Ya que has llegado con ellas, póntelas de nuevo – ordenó.

Se incorporó y se puso el tanga, quedando arrodillada después. Él continuó trabajando en silencio durante un rato. Ella trataba de mantener la posición adecuada pese al cansancio del paso del tiempo. Además, aún no había tenido permiso de ir al baño desde el mediodía y las ganas comenzaban a ser acuciantes en aquella posición.

- Supongo que te estarás meando – dijo él, como adivinando su pensamiento
- Sí Señor
- Procede cuando quieras en tu rincón, tal cual estás

El rincón era la única estancia del despacho sin moqueta, con suelo de mármol originalmente pensado para situar maceteros o algún otro elemento de decoración. Gateó hasta arrodillarse en el lugar exacto, sabiendo que no podría quitarse la íntima prenda. Giró hacia donde estaba él y con la mirada al suelo, obedeció.

- Cuando termines, limpia tu lencería con tu boca – le indicó. Ella lo esperaba así

Retiró la prenda y la fue lamiendo poco a poco por cada centímetro de tela, hasta que la finalizó. Le fue ordenado entonces metérsela en el coño, pues tanto apego parecía tener por el tanga. Así lo hizo. A continuación, se le ordenó que limpiara el resto del rincón que había ensuciado, cosa que hizo recreándose en el movimiento, como le habían enseñado a hacer.

Acurrucada mientras limpiaba, le fueron introducidas bolas en el coño y un plug en el trasero, que comenzó a vibrar, excitándola. Mientras finalizaba la tarea encomendada, él se quitó el cinturón y la azotó las nalgas, al ritmo que ella marcaba con su boca. La mezcla de humillación y estimulación la mantenía al límite del placer.

Él dio por acabada la tarea y la envió al baño contiguo a limpiarse, para regresar junto a la mesa después. A cuatro patas llegó para quedar a su lado cuando le fue ordenado retirar el plug y situarse entre las piernas del anfitrión. En esa postura le fue enlazado el cinturón a su cuello, separadas sus piernas y colocadas unas pinzas en el coño, acariciándola al tiempo que el cinturón presionaba su garganta. Apenas unos segundos bastaron para dejarla a merced del placer. Sacando poco a poco las bolas sentía que se derramaba sin remedio pero no le fue permitido dejarse llevar. Unas caricias más y el tacto de la lencería saliendo del coño la cubrieron de espasmos casi incontrolables. Rogaba por alcanzar el peldaño del clímax pero le fue prohibido, ordenándole limpiar el tanga empapado, ponérselo de nuevo y regresar de rodillas.

Con el sexo palpitando y la humedad lasciva de la lencería sobre su piel, entendió que ese sería su castigo, quedar sedienta de placer por haber desobedecido. Pidió permiso para hablar y le fue concedido.

- ¿Cómo supo de mi fallo, Señor?
- Por delicada que sea, la lencería siempre deja marca en tu sensible piel hasta que pasa un buen rato. Y en tu cuerpo sólo yo dejaré huella.

No volvió a desobedecer tras esperar una semana para reencontrarse con el placer.

martes, 5 de enero de 2010

Abrió la puerta justo antes de que sonara el timbre, como se esperaba que hiciera, atenta a cada detalle. Le dejó pasar y se quedó de pie, con los brazos cruzados a su espalda, la cabeza erguida pero la mirada al suelo, confiando en ser de su agrado. Él repasó el calzado, las medias, el corte y longitud de la falda, la blusa insinuando el pecho al aire, el maquillaje y el peinado y aprobó el resultado. Se quitó el cinturón y enlazó con el mismo el cuello de ella sin amarrar la hebilla, para poder estirar o liberar la presión a su antojo. Llevada de este modo fue a la cocina, sin despegar los brazos de su espalda.

Abrió el cajón de los cubiertos y eligió una pequeña pala de madera que ella solía utilizar para remover la ensalada. Ordenó que la cogiera con la boca y le siguiera, cosa que hizo. La llevó hasta el salón, corrió las cortinas y dejó la estancia en penumbra. A continuación la desnudó y vendó su mirada, permaneciendo inmóvil con la pala de madera en la boca mientras se preparaba el escenario.

Dos sillas fueron colocadas en el medio, opuestos los respaldos y con un espacio entre ellas de separación. A ciegas, fue colocada de rodillas sobre el asiento de una de las sillas, apoyada su pelvis en un respaldo y atadas sus manos en el respaldo de la otra silla, quedando los hombros bien apoyados y el pecho desnudo aguardando en el espacio restante. La pala fue tomada de su boca y, empapada como la había dejado, deslizada por su coño perfecto y dispuesto.

La pala comenzó a recorrer su espalda y a caer en azotes sobre su grupa, primero suavemente, después con más intensidad. Ella jadeaba en cada golpe, separando más las piernas, ofreciéndose, invitándole a perder el control y usarla, desafiando el autodominio del adversario. Él comenzó a azotar la cara interna de los muslos y llegó hasta el sexo, combinando certeramente instantes de caricias, dejando resbalar sus dedos, y otros instantes azotando su sensibilidad. Al tiempo, colocó pinzas en su pecho, haciendo que notaran el peso de la gravedad, apretando con su mano de vez en cuando, dejándola en el límite del dolor y del placer.

Sus nalgas enrojecían y su sexo palpitaba. Gemía cuando la pala descargaba sobre su piel y al tiempo le tiraban del pelo. A continuación, le fueron introducidas las bolas vibratorias y tuvo que sostener entre sus muslos un nuevo vibrador. La estimulación fue inmediata y casi la derrite por entero. La pala había quedado sobre su espalda y no le estaba permitido que se pudiera caer. Si eso ocurría no tendría derecho a placer.

Excitada por las bolas y el vibrador, fue llevada de la melena hacia adelante, abierta su boca y llenada del sexo de su oponente, que sin dejar de estimularla tomaba de ella lo que deseaba. La sensación de ser su juego, de no poder resistirse al abuso la excitó tanto que convulsionó de placer, dejando caer el vibrador pero evitando que cayera la pala, estremecida con el movimiento de las bolas en su interior. Sin embargo, su aspecto era tan irresistible que su captor decidió atar sus piernas al respaldo y satisfacer por tiempo indefinido toda su lujuria, tomándola y excitándola con su cuerpo, caricias y accesorios por detrás, hasta que cayera agotada a sus pies.