Como cada noche, había dejado abierto el armario para que serle elegida la indumentaria con la que decorar su piel. Fue elegida una camiseta blanca de tirantes que le quedaba algo larga, ligeramente bajo las nalgas, una minifalda y unos tacones blancos y finos. También le fue indicada la lencería que vestiría, prendas que no siempre estaba autorizada a vestir.
Se mantuvo en excitada tensión durante la noche, pero llegó la cena y nada especial ocurrió, descontando alguna travesura de complicidad. Tomaron una copa junto al mar y regresaron al coche para volver a casa. Una vez arrancó el motor, le fue indicado prescindir de lencería, cosa que hizo al instante, notándose desde ese momento empapada. También tenía que prescindir de la minifalda, prenda que depositó en el asiento de atrás.
Durante el trayecto separó las piernas para mostrar su belleza y disponibilidad. Él la acarició brevemente para comprobar su humedad y le indicó la siguiente tarea. Aparcarían al otro lado del edificio, tras el parque. Tendría que ir hasta el apartamento vestida sólo con la camiseta que no podría colocar si se levantaba y mostraba su cuerpo desnudo al andar.
A medida que conocía las instrucciones se notaba más húmeda. El trayecto a cubrir no era corto pero pensó que caminando de modo natural podría hacer pasar la camiseta por un vestido de verano ajustado. Hizo acopio de valor y de atrevimiento al detenerse el vehículo. No sólo iba a cumplir la tarea, iba a dejarle sin palabras.
Bajó del coche y caminó a través del parque, siendo observada por su acompañante. Llegó a la valla que separaba el parque de la acera y se le ordenó cruzarla a horcajadas, cosa que sin duda mostraría su más íntima piel desnuda a los viandantes que pasaran por allí. Intentó buscar un momento en que no pasara nadie pero no le fue permitido. Mientras cruzaba y en el preciso momento en que tenía sus piernas abiertas, flexionadas y mostrando su sexo por completo pasó un descapotable con cuatro adolescentes.
El coche frenó en seco y los jóvenes se giraron con expresión de agradable sorpresa hacia atrás, buscando la silueta morena que les acababa de regalar su desnudez. Lamentablemente para ellos, la pareja había cruzado ya la calle y alcanzado el portal del edificio, con las pulsaciones de la muchacha a flor de piel.
La joven comenzó a subir las escaleras, delante de su acompañante. Al llegar al rellano la tomó del pelo y azotándola la arrastró hacia un rincón, inmovilizándola contra la barandilla, arrebatándole la camiseta para dejarla por completo desnuda con sus preciosos zapatos de tacón y penetrándola desde atrás, empapando cada rincón de su cuerpo mientras trataba en vano de oponer mínima resistencia al abuso, como sabía que debía hacer. En pocos segundos la intensidad fue tan grande que llegó al umbral del placer, sin que le dejaran ir más allá. Sólo su jadeo entrecortado rasgaba el silencio del portal, expuesta a que llegara algún vecino y contemplase la escena. Pero estaba a mitad de camino. Tenía que llegar al apartamento desnuda, esa era la orden.
Con las piernas temblorosas y mojadas, alcanzó el último tramo de escaleras antes de llegar a un patio interior al que daban los balcones de las viviendas. Arropada por la penumbra pese a que en algunos balcones había gente, caminó casi de puntillas para no llamar la atención, sintiendo en sus pezones la brisa cálida que provocaban sus pasos. Llegó finalmente al último tramo de escaleras, donde fue detenida contra la pared y acariciada antes de entrar al apartamento, completamente excitada.
Dentro del piso, fue llevada del pelo hasta la mesa, reclinada y penetrada por cada cavidad al tiempo que una ligera caricia en su clítoris la mantenía al borde del orgasmo. Después fue arrodillada y limpió el sexo que había llenado con su humedad, continuando con su lengua hasta que se llenó la boca de néctar. Se incorporó y fue sentada en un sillón de cuero, que aumentaba su estimulación. Su sexo fue lamido perfectamente, penetrada con bolas chinas y excitada hasta el límite. Justo antes de correrse tuvo que negociar su placer. Le fue preguntado qué daría a cambio de tal intensidad y amanecer igualmente, respondiendo que cualquier cosa. Tras correrse tuvo unos momentos para recuperarse de los temblores del placer y fue caminando a cuatro patas hasta el baño para corresponder al trato, convertida en orinal.
Se mantuvo en excitada tensión durante la noche, pero llegó la cena y nada especial ocurrió, descontando alguna travesura de complicidad. Tomaron una copa junto al mar y regresaron al coche para volver a casa. Una vez arrancó el motor, le fue indicado prescindir de lencería, cosa que hizo al instante, notándose desde ese momento empapada. También tenía que prescindir de la minifalda, prenda que depositó en el asiento de atrás.
Durante el trayecto separó las piernas para mostrar su belleza y disponibilidad. Él la acarició brevemente para comprobar su humedad y le indicó la siguiente tarea. Aparcarían al otro lado del edificio, tras el parque. Tendría que ir hasta el apartamento vestida sólo con la camiseta que no podría colocar si se levantaba y mostraba su cuerpo desnudo al andar.
A medida que conocía las instrucciones se notaba más húmeda. El trayecto a cubrir no era corto pero pensó que caminando de modo natural podría hacer pasar la camiseta por un vestido de verano ajustado. Hizo acopio de valor y de atrevimiento al detenerse el vehículo. No sólo iba a cumplir la tarea, iba a dejarle sin palabras.
Bajó del coche y caminó a través del parque, siendo observada por su acompañante. Llegó a la valla que separaba el parque de la acera y se le ordenó cruzarla a horcajadas, cosa que sin duda mostraría su más íntima piel desnuda a los viandantes que pasaran por allí. Intentó buscar un momento en que no pasara nadie pero no le fue permitido. Mientras cruzaba y en el preciso momento en que tenía sus piernas abiertas, flexionadas y mostrando su sexo por completo pasó un descapotable con cuatro adolescentes.
El coche frenó en seco y los jóvenes se giraron con expresión de agradable sorpresa hacia atrás, buscando la silueta morena que les acababa de regalar su desnudez. Lamentablemente para ellos, la pareja había cruzado ya la calle y alcanzado el portal del edificio, con las pulsaciones de la muchacha a flor de piel.
La joven comenzó a subir las escaleras, delante de su acompañante. Al llegar al rellano la tomó del pelo y azotándola la arrastró hacia un rincón, inmovilizándola contra la barandilla, arrebatándole la camiseta para dejarla por completo desnuda con sus preciosos zapatos de tacón y penetrándola desde atrás, empapando cada rincón de su cuerpo mientras trataba en vano de oponer mínima resistencia al abuso, como sabía que debía hacer. En pocos segundos la intensidad fue tan grande que llegó al umbral del placer, sin que le dejaran ir más allá. Sólo su jadeo entrecortado rasgaba el silencio del portal, expuesta a que llegara algún vecino y contemplase la escena. Pero estaba a mitad de camino. Tenía que llegar al apartamento desnuda, esa era la orden.
Con las piernas temblorosas y mojadas, alcanzó el último tramo de escaleras antes de llegar a un patio interior al que daban los balcones de las viviendas. Arropada por la penumbra pese a que en algunos balcones había gente, caminó casi de puntillas para no llamar la atención, sintiendo en sus pezones la brisa cálida que provocaban sus pasos. Llegó finalmente al último tramo de escaleras, donde fue detenida contra la pared y acariciada antes de entrar al apartamento, completamente excitada.
Dentro del piso, fue llevada del pelo hasta la mesa, reclinada y penetrada por cada cavidad al tiempo que una ligera caricia en su clítoris la mantenía al borde del orgasmo. Después fue arrodillada y limpió el sexo que había llenado con su humedad, continuando con su lengua hasta que se llenó la boca de néctar. Se incorporó y fue sentada en un sillón de cuero, que aumentaba su estimulación. Su sexo fue lamido perfectamente, penetrada con bolas chinas y excitada hasta el límite. Justo antes de correrse tuvo que negociar su placer. Le fue preguntado qué daría a cambio de tal intensidad y amanecer igualmente, respondiendo que cualquier cosa. Tras correrse tuvo unos momentos para recuperarse de los temblores del placer y fue caminando a cuatro patas hasta el baño para corresponder al trato, convertida en orinal.

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