martes, 8 de septiembre de 2009

Sentido

Tumbada. Amordazada. Tapones en sus oídos y un pañuelo en su mirada. Completamente maniatada, firmemente fijada al somier. Un mundo de silencios y oscuridad. La fusta recorrió suavemente la piel como prólogo de las actividades.

El castigo comenzó en las plantas de los pies, primero levemente, después incrementando la intensidad. Ella de modo reflejo encogía sus piernas cada vez que sentía arder su piel. Después ascendió por sus piernas y la cara interna de los muslos, tan sensibles en ella. Abriéndola bien, castigó su sexo humedecido hasta enrojecerlo.

Una pausa. Tiempo infinito en que no sabía qué pasaba. Un líquido fresco a continuación goteaba sobre su sexo, refrescándolo y excitándolo al tiempo que unas manos separaban sus piernas. Intuyó en ese gesto a alguien más en la habitación, empapándose con el pensamiento. Mientras acariciaban unos dedos su entrepierna mojada, otras manos pinzaban sus pezones y los estiraban hacia el techo, dejándolos prisioneros de una mordaza final. La combinación de caricias y presión en su pecho a punto estuvo de hacerla correr.

Regresó el castigo, sustituida la fusta por una caña, cosa que sabía que marcaría su piel. En ese mismo instante liberaron sus piernas para elevar sus rodillas y abrirla completamente, sintiendo a continuación una boca lamer cada rincón de su interior. La caña dio paso a gotas de caliente cera, primero en su pubis, después ascendiendo hacia el mentón.

Las contracciones que anuncian placer convulsionaban su cuerpo. Los labios jugosos que tan grande excitación habían provocado cesaron de estimular. En su lugar fue penetrada con un plug o similar, era imposible saberlo. Una vez insertado fue creciendo de tamaño, cada vez mayor.

Una lengua empapó sus pezones prisioneros, manos suaves acariciaron su pecho camino de su garganta y allí comenzaron a presionar lenta pero inexorablemente, cortando su respiración a la vez que el plug crecía y daba de sí el sexo de la cautiva, acariciada en el clítoris conforme quedaba expuesto.

Las caricias eran más y más precisas, el placer inevitable. Privada de poder pedir permiso en su prisión de sentidos, no podía hacer otra cosa que dejarse llevar. Casi sin aliento, tomada por manos certeras, volvió a sentir humedad en su coño, regada por tibios fluidos y estimulado su sexo hasta no poder más.

Cuando estalló en mil temblores la mano que la ahogaba la liberó, aumentando la sensación de placer. Se agitó durante unos segundos infinitos en que sintió el calor de otros cuerpos a su alrededor. Cuando llegó el mullido sopor de la relajación fue liberada de sus ataduras, sus pezones cuidadosamente manipulados y la mordaza de los labios retirada. Finalmente, perdió uno de los tapones que impedían percibir sonidos, justo para recibir un cálido beso que sin duda identificó como otra fémina y escuchar un susurro que le dejó la piel estremecida.

- Has hecho honor a tu fama, princesa. Para mí ha sido un placer.

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