No es ni la primera ni la última, lo sabe.
No inventó adentrarse en un mundo por curiosidad.
No tuvo nada de excepcional adentrarse en conversaciones con
unos y con otros, conociendo, curioseando, trasteando hasta que encontró en una
lacónica sinceridad la honestidad que la hacía sentir compleja, incómoda y al
mismo tiempo con ganas de saber más.
No era la primera vez que se lanzaba a la aventura fuera de
su jardín y no se engañaba, su amiga era una excusa tanto como la reunión del
colegio a la que no pensaba ir de ningún modo.
No fue original cuando se inventó una jaqueca para volver al
hotel. Costó más deshacerse de los cuidados de su amiga, convencerla para que
acudiera a la reunión sin ella.
No fue la primera en acudir a una cita a ciegas, cenar con
un desconocido, apagar el móvil y perderse en los baños de un oscuro local de
madrugada.
Tampoco será la última que tras vivir la experiencia se
pregunte si sólo fue un juego o si hay una chispa que prende con fuerza cuando
es sometida. Un fuego que antes no estaba.
De momento, no será la primera ni la última que pasa noches
hurgando redes, rastreando espacios para tocarse contemplando imágenes, sin
abrir de nuevo la caja de los truenos del pasado inmediato.
Ya tiene
suficientes preguntas sin responder.
