¿Me invitas a un helado?
Ella sabía perfectamente que la pregunta y el tono contravenían el estricto protocolo que debía mantener. Precisamente por eso lo usaba, para ver hasta qué punto podía estirar la cuerda o qué consecuencias tendría ya que nunca había sido castigada.
Con el cucurucho cremoso en la mano y sin aparente consecuencia, enfilaron el camino del parque bajo la intensa luz del mediodía, pasando junto a quienes buscaban una sombra para evitar el sol. En el tronco de uno de los árboles la apoyó, sujetándola de la muñeca. Abrió de arriba abajo los corchetes del vestido vaquero, tan prácticos para aquellos momentos y dejó su piel al descubierto, adornando sus pezones y coño con helado, sin decir una palabra. El resto del helado quedó en su interior, metiéndolo poco a poco. Sintió calor al mismo tiempo que un intenso frío, demostración de las consecuencias de sus actos. Sin embargo, se atrevió con la insolencia de agradecer el frescor que se daba en su entrepierna, tan sofocada estaba mientras se vestía.
De nuevo, sus palabras tuvieron consecuencias, expresadas en mandato de continuar paseando, sin perder una gota del helado, algo que demostró a los pocos pasos ser imposible, pegajoso, lascivo. Como no había cumplido la exigencia tuvo que detenerse en unos bancos de madera y limpiarse sin usar manos. Sólo se le ocurrió una posibilidad para hacerlo. Pese a todo y aunque manos ajenas recorrieron sus muslos para recoger nata mezclada de fluidos y llevarla a su boca, no consiguió limpiarse del todo, lo que le dio ocasión para tentar a la suerte otra vez, acariciando la entrepierna de quien observaba su irreductible energía, preguntando si regaría a conciencia para quedar bien limpia.
jueves, 26 de diciembre de 2013
Tarde de verano
martes, 15 de octubre de 2013
Arriba y abajo
Era una noche calurosa para ser final de verano, perfecta para acabar el helado de la cena en la terraza y ejercer de gran anfitriona con su invitado. En un rincón del salón seguía amarrada con delicada cadena a un viejo aparador de lacado chino su mascota de piel clara y fina como la porcelana, delgada desnudez, casi aniñada. Entraron desde la terraza y ella se sirvió una copa, recostándose en el sofá mirando a su protegida.
Pidió a su invitado que comprobara la humedad de su perra, como la llamaba, para ver si seguía disponible y excitada. La muchacha estiró un poco la espalda para separar más las piernas sin perder la genuflexión. Una caricia adentrada entre sus muslos seguida de un leve azote en la misma zona sirvieron para garantizar la humedad. Era la primera vez que alguien entraba en la casa viéndola así.
Tras soltar la cadena, la joven acabó sobre una gran mesa de cristal en la misma pose en que antes había reposado el sushi de la cena. Su dueña acarició el coño hasta empaparle los labios y mojar abundantemente la mesa. La azotó después, cada vez más fuerte y más rápido. Se alternaban gemidos con el sonido de la piel castigada. A continuación, separó más sus piernas para acariciarla con una maza picahielos recién sacada de su cubeta, enfriando la zona durante un rato, jugando con el contraste de temperatura hasta que de poco en poco la introdujo en el coño de su propiedad, dilatando bien por el calibre de la maza.
Colocó unas pinzas metálicas en los pezones de la mascota antes de subir a la mesa despojada de la parte inferior de la ropa para colocarse sobre su boca, haciendo que lamiera cada rincón que apretaba contra ella. Cada vez apretaba más su cuerpo contra la cara dejándola casi sin respiración, permitiendo que se recuperara y volviendo a empezar. Se giró después para que lamiera en posición inversa al tiempo que ella presionaba las pinzas hacia arriba, acariciaba el coño de la joven y mecía la maza de dentro a fuera, con la cadencia justa para tenerla al límite sin permitir que se corriera, pues sólo la dueña lo haría dos veces sobre la cara de su servidora derramando todo tipo de humedad en su boca.
Bajó de la mesa y ordenó a la joven limpiarla y guardar los juguetes. Se incorporó con movimientos felinos para lamer cada rincón de la mesa, hasta casi no dejar marca. Después fue al aparador oriental a recoger una gamuza con la que acabar la limpieza. Sus muslos brillaban aún de humedad cuando regresó a su rincón para esperar órdenes.
La anfitriona recabó de su invitado la aprobación sobre las virtudes de la joven, que había puesto en duda la capacidad de su dueña para superar los mismos desafíos y por eso estaba allí él, para someterla a una sesión más intensa mientras la mascota era testigo de la demostración de su dueña, obligada a masturbarse contemplando la escena. Extenuadas ambas, una tras entregarse en la sesión como sólo en contadas ocasiones permitía y la otra tras media docena larga de orgasmos, la dama se dio por satisfecha. La perra estaba postrada a sus pies. Ya no había motivos para dudar.
miércoles, 14 de agosto de 2013
Ida y vuelta
martes, 30 de abril de 2013
El invitado
Cada fin de mes cena en el trabajo por matar la rutina más que nada, evitando la convivencia aburrida de sofá. Acabó pronto y buscó excusa para deshacerse del grupo sin irse a casa. Al principio costó que accediera pero luego le convenció, a sabiendas de que estaba acompañado justo cuando entraba en el bar. Al fondo había menos luz y supuso que allí le encontraría. Charlaba con un tipo con pinta extranjera y no recuerda su nombre cuando se lo presentó. Según soltaba el abrigo, pensó que al menos allí estaba.
No pensaba quedar entre los dos hombres ni que su intimidad fuese publicada al compás de la mano que subía entre sus muslos, comprobando que se podía llegar al coño ya mojado sin contratiempos. Se le erizaron los pezones y dio otra pista a su alrededor de lo disponible que se sentía y que no tardó en ser aprovechada. Tragando de un golpe la copa, mareada por el ímpetu al tragar, salieron a la calle, perdiéndose en el interior de un deportivo al cobijo de unas farolas fundidas.
De la parte de atrás sabía que no escaparía y al sentir su garganta oprimida se dedicó a complacer separando las piernas y dejando hacer a quien mandaba. Caricias alternadas de azotes subieron la humedad de su coño. El invitado observaba con atención su entrega, abultando la bragueta del pantalón. Cuando le fue permitido, se relamió entre sus pezones primero y después entre sus piernas. Tuvo que avisar que estaba a punto de correrse para detener el placer incipiente. Encajonada en el asiento trasero y en postura incómoda, recibió embestidas en su grupa mientras su boca regalaba placer al invitado, que apenas pudo contenerse.
Tardó un tiempo autorizar la intensidad del desmayo, tras sumar en su boca el placer de los dos hombres y dilatar su entrepierna con dedos por delante y por detrás, pero cuando tuvo permiso los estertores del momento hicieron que olvidara en qué momento tragó la esencia que rebosaba su boca. Respiraba y jadeaba en ese revuelto y pequeño espacio de vaho y sudor.
Se puso solo el abrigo al no poder moverse en el coche. Al llegar al ascensor se desnudó entera y se miró en el espejo. Tenía tiempo para ponerse el vestido pero pensó mejor en fotografiarse y subir a la azotea y antes de entrar en casa, tocarse de nuevo pensando en el silencio del invitado y la mirada lasciva de su mentor. Acabó la noche enviando las fotos. Tal vez volvía a ser invitada, tal vez con placer.
