Desnuda.
Venda en los ojos.
Tapones en los oídos.
Objetos separando manos y pies con ligaduras para mantenerla cautiva.
Se había saltado las clases para entregarse rendida. Esta vez no era un juego sino verdad.
No pudo ocultar cierto nerviosismo al inicio pese a que comenzaba con caricias y estimulación. Tampoco hacía demasiada falta porque se notaba empapada.
Con la entrepierna bien abierta y a cuatro patas se combinaban en la oscuridad de su mirada las caricias húmedas entre sus piernas con la felación enérgica, profunda hasta casi la arcada a pesar de su habilidad para esa técnica. Su piel comenzaba a recibir el azote de una cuerda o suave látigo cuyo material no pudo precisar. Suave dolor compartiendo abuso con su boca y caderas.
La sacudida violenta de la penetración provocó aumento repentino en su excitación. Tomada del pelo y oprimida su garganta cabalgaba sin remedio al placer. No era momento todavía. Volvió a saborear en la boca la carne del deseo hasta la garganta llevada del cuello y de la melena. Algo vibraba de manera suave y rítmica entre sus muslos haciendo que goteara literalmente de humedad. Estaba preparada. Necesitaba sentirlo y adivinaron sus anhelos.
Sujeta por las caderas y el pelo recibió un envite tras otro hasta fundirse ambos en unísono placer, regada ella, empapado él, marcada su esencia con el símbolo de su propiedad.
Tardó varios minutos en recuperar el aliento y ser liberada de ataduras y vendas. El entreacto de caricias y ternura tumbada sobre las sábanas manchadas alcanzó hasta que su espalda volvió a arquearse para invitar a usarla una y otra vez. Apenas un preludio de sesión donde abandonarse al placer en un mar de almohadas.
viernes, 20 de octubre de 2017
Ausencia injustificada.
viernes, 29 de septiembre de 2017
A domicilio
Una llamada. Quince minutos.
El repartidor buscó en el teclado la dirección indicada por segunda vez tras el primer error. Cuando se abrió la puerta fue imposible no lanzar la mirada a la figura escultural y desnuda que yacía al fondo tumbada meciendo sus pies. La piel blanca reflejaba la ténue luz de ambiente. Su mirada recorrió aquella silueta compulsivamente. El cliente confirmó el pedido y el importe sin apartar la mirada del joven, que al escuchar la voz rápidamente retiró la suya de las suaves curvas y la melena recogida, algo abrumado por la situación. Tartamudeó al entregar el cambio y desapareció echando una última mirada furtiva como para creerse lo que veía. Tal vez imaginó la situación siendo ella quien abriese la puerta. Lo que no esperaría saber es que ella quiso hacerlo subida exclusivamente a sus tacones de infarto. Por esa vez no ocurriría pero quedaba emplazada para otra ocasión.
Al cerrar la puerta, ella se incorporó para abrazarle desnuda y etérea, excitada y morbosa. Mirándola dio por sentado que el repartidor entendía ahora el motivo para no encargar postre y que la única duda que restaba por aclarar sería si ese placer iría antes o después.
martes, 8 de agosto de 2017
Noches de verano
miércoles, 11 de junio de 2014
Recuerdos antiguos
Ha pasado buen tiempo desde aquella tarde apoyada en su pupitre con las bragas por las rodillas, escribiendo con letra temblorosa mientras se empapaba los muslos con la penetración que dictaba por detrás. No ha olvidado la excitación y el miedo al leer el texto recién escrito, el posible destino de aquél pedazo de hoja que se comprometía a respetar, sin saber quién lo empuñaría. Cambió un recuerdo de intenso placer por entrega absoluta sin plazo ni destino.
Ha pasado tiempo a pesar de que aún siente estremecerse algo dentro recordando el cheque en blanco que lleva su firma, con la duda de si volverá a encontrarse frente a quien quiera ejercer el derecho que otorga esa declaración, mezcla de temor y dignidad aún en su mirada.
viernes, 18 de abril de 2014
Un abrigo blanco
Confiesa timidez pero de todas las prendas que podía elegir para la sesión eligió un abrigo blanco, casi a juego con su piel, juntas la prenda y el cuerpo, sin nada que fuese a impedir el contacto. Un tono blanco destacado en la oscuridad de la noche mientras seguía los pasos que la guiaban. Tiene ese punto picante su timidez, dejarse mostrar e incluso buscarlo como pide su instinto a su pesar. Cuando deambulaban en busca de un rincón apropiado podía sentir todavía entre sus piernas la humedad de los placeres previos alcanzados horas antes. Pura adicción a los desafíos en distancias cortas.
Bajaron las escaleras hacia un rincón oscuro que rezumaba vicio y suciedad. No sabía exactamente la tarea que recibiría pero no tuvo tiempo de pensar tras ser colocada contra la pared rozando los pezones, el abrigo bajado hasta mostrar sus hombros y penetrada sin delicadeza, recibiendo embestidas que la ceñían a la pared, azotada, la melena estirada hasta tener que mirar al cielo y la garganta comprimida de tal modo que se mojó pidiendo que apretara más.
Siempre que era usada de esa manera el torrente del placer acudía de inmediato. La respiración agitada era lo único que se oía en el rincón. Entregó el abrigo para arrodillarse y limpiar desnuda la piel del propietario. Él reemprendió la marcha con el abrigo en la mano y ella le siguió con paso inicialmente tembloroso pero después orgulloso de lucir su desnudez a la vista de cualquier noctámbulo. No recuerda haber sentido frío ni temor a su lado, sólo una constante excitación y ganas de vivir nuevos desafíos, sentir el aroma de la obediencia entre sus piernas y conocer la próxima orden, envuelta en su abrigo blanco, tan intensa que es capaz de olvidarse de contar los placeres o los azotes que la llevaron hasta allí.
martes, 26 de enero de 2010
Seda
Su anfitrión cerró con llave el despacho y la rodeó para comprobar su aspecto. Comprobó su maquillaje, indumentaria, peinado, ausencia de complementos y las medidas tanto de sus uñas como de sus zapatos de tacón. A continuación ordenó que se desnudara, excepto medias y zapatos, y quedara postrada de rodillas junto a él, que seguiría trabajando. Así lo hizo.
- Me has desobedecido – dijo calmado pero severo
Ella no supo qué decir. Trató de balbucear una excusa pero la detuvo preguntando si le tomaba por tonto. Respondió que no.
- Ya que has llegado con ellas, póntelas de nuevo – ordenó.
Se incorporó y se puso el tanga, quedando arrodillada después. Él continuó trabajando en silencio durante un rato. Ella trataba de mantener la posición adecuada pese al cansancio del paso del tiempo. Además, aún no había tenido permiso de ir al baño desde el mediodía y las ganas comenzaban a ser acuciantes en aquella posición.
- Supongo que te estarás meando – dijo él, como adivinando su pensamiento
- Sí Señor
- Procede cuando quieras en tu rincón, tal cual estás
El rincón era la única estancia del despacho sin moqueta, con suelo de mármol originalmente pensado para situar maceteros o algún otro elemento de decoración. Gateó hasta arrodillarse en el lugar exacto, sabiendo que no podría quitarse la íntima prenda. Giró hacia donde estaba él y con la mirada al suelo, obedeció.
- Cuando termines, limpia tu lencería con tu boca – le indicó. Ella lo esperaba así
Retiró la prenda y la fue lamiendo poco a poco por cada centímetro de tela, hasta que la finalizó. Le fue ordenado entonces metérsela en el coño, pues tanto apego parecía tener por el tanga. Así lo hizo. A continuación, se le ordenó que limpiara el resto del rincón que había ensuciado, cosa que hizo recreándose en el movimiento, como le habían enseñado a hacer.
Acurrucada mientras limpiaba, le fueron introducidas bolas en el coño y un plug en el trasero, que comenzó a vibrar, excitándola. Mientras finalizaba la tarea encomendada, él se quitó el cinturón y la azotó las nalgas, al ritmo que ella marcaba con su boca. La mezcla de humillación y estimulación la mantenía al límite del placer.
Él dio por acabada la tarea y la envió al baño contiguo a limpiarse, para regresar junto a la mesa después. A cuatro patas llegó para quedar a su lado cuando le fue ordenado retirar el plug y situarse entre las piernas del anfitrión. En esa postura le fue enlazado el cinturón a su cuello, separadas sus piernas y colocadas unas pinzas en el coño, acariciándola al tiempo que el cinturón presionaba su garganta. Apenas unos segundos bastaron para dejarla a merced del placer. Sacando poco a poco las bolas sentía que se derramaba sin remedio pero no le fue permitido dejarse llevar. Unas caricias más y el tacto de la lencería saliendo del coño la cubrieron de espasmos casi incontrolables. Rogaba por alcanzar el peldaño del clímax pero le fue prohibido, ordenándole limpiar el tanga empapado, ponérselo de nuevo y regresar de rodillas.
Con el sexo palpitando y la humedad lasciva de la lencería sobre su piel, entendió que ese sería su castigo, quedar sedienta de placer por haber desobedecido. Pidió permiso para hablar y le fue concedido.
- ¿Cómo supo de mi fallo, Señor?
- Por delicada que sea, la lencería siempre deja marca en tu sensible piel hasta que pasa un buen rato. Y en tu cuerpo sólo yo dejaré huella.
No volvió a desobedecer tras esperar una semana para reencontrarse con el placer.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Visionario
Disfrutaron del baile y la noche de copas, jugando con las palabras y la complicidad. Ella era el centro de miradas de deseo, cosa acostumbrada. Él sonreía, conocedor de que aquellos pobres aspirantes a admirador ignoraban la auténtica magia de ella.
No supo cómo les alcanzó la madrugada, ni cómo la complicidad se convirtió en desafío y, tras salir del local, la pasajera eligió ir detrás. El coche inició la marcha en silencio, la calefacción caldeó el habitáculo y la música mecía a los pasajeros al compás. Los cristales ahumados del vehículo cubrían con cálida manta de intimidad a la pasajera, cuyo reto era llegar al destino cubierta sólo por el abrigo, dejando a su elección el reflejo que devolvería el retrovisor.
Inicialmente, se situó tras el conductor, susurrando a su oído cada prenda que retiraba, haciendo que le aumentara el ritmo del corazón. Mezclaba palabras con seducción, dejando caer en el asiento del acompañante medias o sujetador, pero sin dejarse ver por el espejo. Su piel quedó descubierta al final. Se situó entre los asientos, apenas iluminada por las farolas de la ciudad. Eligió con cuidado la abertura del abrigo, insinuando su desnudez al conductor, la curvatura de los senos, sombras ocultando el vientre y las piernas sin fin. A continuación tomó la mano del chófer para alojarla entre sus muslos y cubrirla de húmedo calor. No dijo nada, ni esperaba que lo dijera él, que sólo pudo suspirar.
Tomó a continuación un pañuelo y se vendó los ojos. Se quedó inmóvil, dejando a criterio del conductor si se quedaba con la sensación del tacto que le había regalado o si retiraba la prenda para llegar más allá. Estuvo tentado de detener el coche y liberar el instinto animal, pero no lo hizo, sería mancillar tanta belleza. Tampoco dijo nada cuando llegaron al destino y observó las ventanas traslúcidas de las escaleras del edificio. Ella preguntó qué miraba. Él respondió que imaginaba tenerla apoyada en la escalera contra aquella pública ventana al trasluz, desnuda tras dejar caer el abrigo, visible la silueta desde la calle, recogiendo su melena azabache enredando en ella las manos y dejando que él derramara besos entre sus muslos hasta que la regara de placer.
Por un momento creyó escuchar un suspiro, pero cuando se giró hacia atrás ella no estaba. Tampoco en la calle, tampoco subió por las escaleras. Él, acostumbrado a marcar los tiempos, era incapaz de saber si había sido esta vez el gato o el ratón. Y pensó que tal vez todo fuese un sueño. Fue entonces cuando abrió los ojos en medio del local, con ella bailando a su lado y la inspiración necesaria para convertir aquella noche en una velada imposible de olvidar.
miércoles, 22 de abril de 2009
Oficina
Debió pensar que perdía el control. No comprendía aún el motivo de haber aceptado el desafío de aquél prácticamente desconocido. Y sin embargo contaba los minutos para poder comenzar, ajena a los murmullos de la oficina, el timbre del teléfono o el zumbido del fax.
Llegó la hora fijada. Se incorporó de su asiento y comenzó a caminar. Se notó empapada tras haber pasado un buen rato recreándose en lo que haría para después. Entró en el baño y se despojó de su primaveral vestido, dejándolo sobre la cisterna. Observó su piel, el contraste de sus medias y se excitó aún más. Del bolso extrajo un teléfono móvil para dejar huella de todo lo que haría a partir de ese momento.
Tomó su tanga y lo deslizó suavemente por sus piernas para lamerlo a continuación, antes de sentarse en el inodoro. Abrió después sus piernas para acariciarse y meterse el tanga en su empapado sexo, poco a poco, sintiendo la prenda entrar. Una vez estuvo dentro casi por completo avanzó la intensidad de estimulación, recorriendo pechos, pellizcando pezones y apretando con su mano su garganta y el collar que la decoraba, expresión de su entrega. La sensación iba en aumento. Mientras se excitaba no dejaba de pensar en la extrañeza de sus compañeros de trabajo por su tardanza en regresar del baño, en las ideas morbosas que tendrían sobre ella. Eso la provocaba aún más, pese a lo imprudente que parecía.
Aumentó el ritmo y pronto llegó al orgasmo, prolongado y aumentado al sacar lentamente y de una vez el tanga de su coño, completamente empapado. Cuando su cuerpo dejó de temblar lo limpió cuidadosamente con su boca y se vistió con la prenda, sabedora de que alguien podría detectar el aroma del sexo en su piel.
Ruborizada y aún mojándose regresó a su sitio, tratando de disimular el resto de la jornada y preguntándose por qué eran tan excitantes las palabras de desafío. Con el dilema de hasta dónde se dejaría llevar recordó que aún quedaba una tarea por realizar, tenía que documentar cada paso, que había sido capaz de llegar al final.
martes, 31 de marzo de 2009
Despacho
Coincidieron, como algún otro día, en la cafetería principal del edificio. Se saludaron amistosamente, bromeando como solían. Al rato, ella le llamó, continuando una broma anterior. Él a su vez reconoció la belleza del vestido y los complementos que llevaba.
- Pues hoy estreno medias, que sé que gusta saber que una mujer las usa
- ¿Estrenas? En tal caso tendré que verlas – respondió él
- Algún día, tal vez – respondió riendo
- No lo creo. Será ahora. En cinco minutos te iré a buscar
Ella adujo el riesgo de jugar en el trabajo y la falta de privacidad. La única respuesta que obtuvo fue quedarse en su sitio a la espera de ser recogida.
De camino a su despacho, él pasó por la garita de seguridad para reclamar la llave de la sala de conferencias, que le entregaron sin dificultad. Con una carpeta en la mano tomó el ascensor y llegó hasta la sección de dirección.
- Tengo la documentación que se ha solicitado - dijo a la secretaria – pero conviene que la revisemos. Tienes un minuto ahora?
Ella dudó en responder, su compañera dijo que no se preocupara, la reunión del consejo duraría bastante y podía atender los asuntos sola. De modo que salió tras él, siendo informada de que la sala de conferencias era el destino.
Abrió la puerta y la hizo entrar. Cerró con llave después.
- Las manos sobre la mesa, las piernas separadas – ordenó mientras ella aún temblaba
- Estamos en el trabajo y…
- No creo haber pedido tu opinión y no repetiré las instrucciones – dijo sin alterar el tono sereno. Ella obedeció
Lentamente, levantó el vestido hasta el trasero para ver la lencería que, tal como se había anunciado, era nueva, elegante y sensual. Ella respiraba agitadamente, manteniendo su cabeza agachada y las manos firmes sobre la mesa. Él retiró las bragas de encaje hasta medio muslo. Ella trató de moverse y decir algo.
- No me interrumpas y cállate
- Sólo eran las medias, por favor
- Será lo que yo desee, entendido?
- Está bien – admitió
Subió los dedos por la cara interna de los muslos hasta alcanzar el sexo, empapado en aquel instante. Se colocó tras de sus nalgas para acariciar y recorrer cada rincón que quiso, llevando las manos bajo su vestido a través de su ombligo hasta el pecho, que pellizcó y excitó.
Volvió a deslizar hacia abajo las manos hasta quedar apoyado en su trasero. La incorporó tirando del pelo sin prisas, marcando el desplazamiento.
- Arrodíllate
- Puede entrar alguien y vernos..
- No lo diré más – ella suspiró y ejecutó la orden
La rodeó paseando, sujeta del pelo, con los tirantes del vestido en los brazos y el pecho sobre la tela, al descubierto. Una vez que disfrutó de su obediencia permitió que se levantara y pusiera las bragas. Ella preguntó si podía refugiarse en sus brazos y se le concedió.
- Este es el lugar más seguro de todos, aunque tardarás en volver porque levantaría sospechas
- Podría haber venido alguien más
- No es cierto – replicó él – sólo hay una llave, la otra está custodiada al otro extremo de la ciudad
- No lo sabía. Gracias por tenerlo en cuenta
- Es mi deber. Espero que no vuelvas a dudar la próxima vez
- No lo haré
Una vez que serenó las pulsaciones y con deberes por finalizar, salieron con calma, regresando cada uno a su puesto, custodiando el secreto que ella había decidido compartir.

