viernes, 29 de mayo de 2009

Madera

Abrió los ojos empapada en sudor. El tiempo pasó volando, pensó. Tendida en la cama, con el pálpito en el sexo del último orgasmo ahogado fue interrogada sobre si quería continuar. Aceptó sin dudarlo.
- En ese caso caminarás a gatas hasta donde yo te quiera llevar.


Así lo hizo, sintiendo el ardor de la excitación en su sexo, estimulado mientras gateaba por las bolas chinas y el vibrador. Llegaron al salón donde se encontró con las cortinas abiertas y la luz vespertino del sol bañando el interior. En ese preciso instante adivinó que desde el edificio de enfrente podía verse todo lo que ocurría en aquél salón. A su derecha y frente al espejo del recibidor, una silla de madera.

Le fue ordenado sentarse, separar las piernas y dejar los brazos detrás del respaldo, para poder ser atada. El tacto de la madera era excitante, diferente sobre su piel. Durante un instante pudo verse reflejada en el espejo. Le encantó. Después fue atada y vendada, situada adecuadamente en la silla y comenzada a estimular.

Sintió la presión de las manos en su garganta, el juego con sus pezones, mezcla de caricias y presión, cada vez un poco más intensa, el vibrador en su sexo y el vaivén de las bolas chinas en su interior, llevadas casi fuera tirando del hilo y volviendo a dejarlas regresar. Su cuerpo se mecía al compás, instintivamente, recordando que la luz del sol se recortabe en su silueta, perfectamente visible desde algún ajeno balcón.


A continuación, gotas de agua fresca fueron cayendo por su vientre, llegando certeramente al empapado coño. La combinación de su excitación, con el agua y la sensación de humedad recogida por sus nalgas sobre la silla la dejaron al borde del orgasmo. En ese momento, un susurro se abrió paso hacia su interior.

- Sé que te gusta mirarte en espejos cuando juego contigo y también que te encanta tener las manos libres para sentirme y tocarte, de manera que te permitiré que elijas liberarte de una de tus ataduras, sólo una. Y me aprovecharé de la que no elijas

Casi pudo correrse al oír esas palabras. Realmente no sabía qué elegir, ambas cosas le eran muy excitantes. Se decantó por verse en el espejo y dejar que él hiciera con ella lo que quisiera. De ese modo pudo recrearse en cada uno rituales que siguieron en juego y pudo ver su rostro de felicidad desfallecida al serle regalado enorme placer.

Cuando fue liberada de sus ataduras se arrodilló junto a la empapada silla y lentamente con su boca limpió cada rincón del asiento, hasta asegurarse que todo estaba como lo había encontrado. Ahora, cada vez que pasa junto a la silla, mira de reojo y no puede evitar sentir un pequeño estremecimiento en su epicentro de placer.

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