El despacho huele a madera añeja, no le resulta agradable por mucho abolengo que tenga. Es la primera vez que visita ese lugar, casi desconocido. Desde el fondo y apenas visible por la luz mustia que deja pasar la cortina le dicen que se acerque para tomar notas pero cuando llega al escritorio la sienta sobre en sus rodillas, poniendo sobre la mesa un cuaderno de caligrafía que va a tener que rellenar mientras es sometida. No se permiten errores y si se equivoca empezará de nuevo.
Sentada, piernas abiertas, vergüenza en las mejillas cuando comienza a escribir como si fuera una niña en la primera hoja, dibujando letras con estilo escolar, garabatos mientras siente como entran en su coño mojado unos dedos, abriéndose camino entre medias y falda, entrando y saliendo azotando cada vez más fuerte toda la zona al mismo tiempo, resaltando el sonido de la humedad creciente.
Con el pulso por las nubes es difícil dibujar sin perder el trazo pero es peor cuando queda la blusa abierta, el sujetador desprendido y los pezones pellizcados hasta el agudo dolor, sin dejar de sentir la masturbación entre los muslos y el incremento en el tirón de la melena que no deja ver el cuaderno. No consigue acordarse de si la puerta está completamente cerrada o puede entrar alguien. Una vez casi rompe la punta del lápiz apretando para controlar su mano, otra vez tiene que detenerse para no emborronar el ejercicio. A punto de correrse con espasmos por todas partes se detiene la tarea y la ordenan ponerse en pie. Lame la mano que la ha usado y regresa a sus labores sin placer por no acabar a tiempo la caligrafía. Sabe que repetirá y que tendrá mucho que mejorar. Va a estar empapada el resto del día. Una gota que va a dejar fluir aún resbala por su muslo.
