miércoles, 9 de diciembre de 2009

Visionario

Lucía ese tono castaño en la ropa que tanto conjuntaba con su mirada. Camiseta ceñida con una provocativa inscripción en su precioso pecho, la minifalda de tablas de las ocasiones especiales, trasero rotundo casi orgullo nacional, medias para lucir piernas y botas para bailar. Complementaba el atuendo un abrigo hasta los pies. Al verla no pudo evitar sentir el escalofrío de la admiración ante su belleza sensual. Como un sueño hecho realidad.

Disfrutaron del baile y la noche de copas, jugando con las palabras y la complicidad. Ella era el centro de miradas de deseo, cosa acostumbrada. Él sonreía, conocedor de que aquellos pobres aspirantes a admirador ignoraban la auténtica magia de ella.

No supo cómo les alcanzó la madrugada, ni cómo la complicidad se convirtió en desafío y, tras salir del local, la pasajera eligió ir detrás. El coche inició la marcha en silencio, la calefacción caldeó el habitáculo y la música mecía a los pasajeros al compás. Los cristales ahumados del vehículo cubrían con cálida manta de intimidad a la pasajera, cuyo reto era llegar al destino cubierta sólo por el abrigo, dejando a su elección el reflejo que devolvería el retrovisor.

Inicialmente, se situó tras el conductor, susurrando a su oído cada prenda que retiraba, haciendo que le aumentara el ritmo del corazón. Mezclaba palabras con seducción, dejando caer en el asiento del acompañante medias o sujetador, pero sin dejarse ver por el espejo. Su piel quedó descubierta al final. Se situó entre los asientos, apenas iluminada por las farolas de la ciudad. Eligió con cuidado la abertura del abrigo, insinuando su desnudez al conductor, la curvatura de los senos, sombras ocultando el vientre y las piernas sin fin. A continuación tomó la mano del chófer para alojarla entre sus muslos y cubrirla de húmedo calor. No dijo nada, ni esperaba que lo dijera él, que sólo pudo suspirar.

Tomó a continuación un pañuelo y se vendó los ojos. Se quedó inmóvil, dejando a criterio del conductor si se quedaba con la sensación del tacto que le había regalado o si retiraba la prenda para llegar más allá. Estuvo tentado de detener el coche y liberar el instinto animal, pero no lo hizo, sería mancillar tanta belleza. Tampoco dijo nada cuando llegaron al destino y observó las ventanas traslúcidas de las escaleras del edificio. Ella preguntó qué miraba. Él respondió que imaginaba tenerla apoyada en la escalera contra aquella pública ventana al trasluz, desnuda tras dejar caer el abrigo, visible la silueta desde la calle, recogiendo su melena azabache enredando en ella las manos y dejando que él derramara besos entre sus muslos hasta que la regara de placer.

Por un momento creyó escuchar un suspiro, pero cuando se giró hacia atrás ella no estaba. Tampoco en la calle, tampoco subió por las escaleras. Él, acostumbrado a marcar los tiempos, era incapaz de saber si había sido esta vez el gato o el ratón. Y pensó que tal vez todo fuese un sueño. Fue entonces cuando abrió los ojos en medio del local, con ella bailando a su lado y la inspiración necesaria para convertir aquella noche en una velada imposible de olvidar.

2 comentarios:

Bella dijo...

hermoso su blog t hermosas las palabras que ha dejado en el mio.... Gracias por visitarme. Si no le molesta le sigo
Saludos desde Venezuela
Bella.

Cerdi dijo...

¿ Se cumplirá el ensueño??

Yo espero que sí. Rebosa sensualidad.

Un besote!!

Publicar un comentario