martes, 27 de diciembre de 2011

Dog trained

No parecía asustada. El primer gesto dejó una brillante sonrisa mientras que para el segundo reservó postrarse a cuatro patas una vez atravesado el umbral. Desnuda y con un collar en su garganta caminó de la correa para reconocer las estancias, guiada por el adiestrador. Encontró un rincón adecuado en el balcón donde poder reposar entre paseos mientras esperaba las instrucciones que cumplir, pero tendría que ser en otro momento, acertó a entender. De momento, el paseo continuaba sin perder mucho tiempo en detalles.

Al final del recorrido ya conocía todos los rincones que debía. Regresó al salón donde en el suelo aguardaba el recipiente para poder alimentarse. Estaba sedienta y se lanzó a lamer el contenido. La mascota probó sin cautela el menú elegido mientras el domador comprobó que meneaba las nalgas como si fuese el rabo de un mastín, mojando su entrepierna conforme pasaba la mano del entrenador por su grupa. Por el momento no debía hacer otra cosa que lamer delicadamente el recipiente y el contenido mientras su calidad era puesta a prueba primero usando caricias, luego con azotes y más tarde masturbada y sodomizada manteniendo intacta su actitud. Olvidó hablar a tiempo para advertir que se corría, lo que costó recibir nuevos azotes que no parecieron ser motivo de queja.

Como toda perra de paseo fue llevada a mear cuando acabó su alimento. Aprendió a degustar entonces los fluidos de su adiestrador lamiéndolos y tragándolos hasta saciarse como recompensa. Volvió a sentir la sensación de placer en la última parte del paseo y regresó a sus cuestiones cotidianas, recogiendo la ropa camino de la calle sin perder un ápice de humedad.

martes, 25 de octubre de 2011

Tacones en la hierba

El parque estaba casi solitario entre semana, especialmente a primera hora en mitad del verano, apenas varios corredores matutinos y despistados jubilados. Se había vestido según los gustos conocidos y llegó al punto de cita a la hora prevista, aguardando junto a la sombra de un árbol. Los tacones eran muy incómodos en la tierra pero sabía que no tenía otra opción.

Él apareció puntual y la acompañó en un paseo por las sendas del parque. Le explicó la tarea que iba a desarrollar. Se dirigiría hacia donde una dama con vestido vaquero paseaba un perro y se identificaría ante ella. A continuación, haría lo que aquella dama indicara. Él se quedó sentado en un banco y ella se acercó a la mujer. Al llegar a su lado la miró de arriba abajo. Con la joven a su lado, deshizo el camino hacia el banco y pidió a su acompañante que se levantara y las acompañara.

Tras un breve trecho, las copas de los árboles dibujaron un lugar en cierta penumbra, alejado del sendero principal. La dama entregó la correa del perro al caballero y ordenó a la muchacha que se arrodillara y lamiera sus tacones, ascendiendo lentamente hasta alcanzar su entrepierna. Su acompañante asintió y ella comenzó a hacerlo, deleitándose con el tacto del calzado y de la piel de la dama, entregada incluso cuando la apretaron desde la nuca contra los empapados muslos de la mujer hasta que sintió como se corría.

No le fue permitido limpiarse, sólo degustar el placer ajeno que también la mojaba a ella y permanecer de rodillas mientras escuchaba la valoración que hacía la dama de ella. A continuación le ordenaron reclinarse sobre el tronco del árbol, abrirse la blusa para dejar sus pezones al aire y elevar la falda separando las piernas y colocando las muñecas a su espalda. Compartiría juegos de perra.

Mientras unas pinzas apretaban sus pezones, el can fue llevado de la correa hasta los muslos abiertos de la joven y comenzó a lamerla ansiosamente, inundando de pasión humillada la piel postrada. El hocico percutía en el clítoris y la lengua recogía su jugo imparable. Alzó la mirada para implorar permiso para poder correrse, que le fue otorgado tras constatar su obediencia. Un fuego de escalofríos la recorrió entera hasta exhalar todo aliento. A continuación, pudo incorporarse, besar los pies de la dama y continuar el paseo por el parque, obedeciendo en silencio pero tan excitada todavía que sólo quería volver a empezar.

viernes, 27 de mayo de 2011

Trámite urgente

Hace algunos meses, el enorme edificio abandonó su condición de museo para albergar una suerte de oficinas escondidas tras laberintos que trazaban los pasillos. Tampoco se utilizaban demasiado, ya que casi todo el trabajo dependía de otras instalaciones más modernas. Sin embargo, ella disfrutaba de la intimidad de un despacho con puerta de ahumado cristal, un sofá para visitas y el control desde su puesto de varios metros de pasillo de acceso, lo que le dejaba obrar con tranquilidad.

Escuchó los pasos que aceleraban su pulso y que segundos después abrían la puerta. Con un lacónico saludo y dejando abierta la puerta del despacho, él depositó en el sofá el maletín y la tarjeta de acreditación que había obtenido en la entrada, cada vez más puntillosa en la identificación de las visitas, incluso de los de ministerios habituales. Sin mediar palabra, se situó a su espalda y masajeó sus hombros, dejándola una primera capa de escalofríos sobre la piel. Después fue ciñendo su garganta haciendo que llevase la cabeza hacia atrás para meter su mano en el escote y pellizcar los pezones con fuerza bajo el vestido. Ella únicamente gimió y se dejó hacer.

La hizo situar las manos bajo sus nalgas para dejarla inmovilizada. Descubrió sus hombros y su pecho antes de separar los muslos que empapaban la silla. Comprobó con satisfacción la ausencia de lencería, la suavidad de la piel y lo mojada que estaba. Tirando del pelo, dejó hacia atrás del todo la cabeza, mordió los pezones al límite del dolor y estimuló la entrepierna humedecida con suavidad. Ella era consciente de que en cualquier momento alguien podría subir a su planta y enfilar el pasillo que llevaba hasta aquella estancia. Sin embargo, era algo que la asustaba tanto como la excitaba, sin ser capaz de quejarse o detenerle.

De algún lugar salieron las pinzas que presionaban sus pezones. De algún lugar el vibrador que recorría su interior al ritmo de las caricias sobre el clítoris y que regó de placer instantes después, ahogando el gemido del placer para no alertar a otras compañeras. A continuación, liberada de pinzas limpió con la boca el vibrador, pudo colocarse de nuevo el vestido y, mientras él salía en silencio del despacho, sin haber pronunciado una palabra y habiendo dejado un informe para tramitar, quedó de rodillas limpiando cuidadosamente, una vez más, su silla.


miércoles, 30 de marzo de 2011

Paseos húmedos

Cuando era pequeña tenía un nudo en la barriga antes de cada situación imprevista. Aquella tarde volvía a sentir lo mismo mientras esperaba bajo la lluvia a ser recogida para llevarla a algún lugar desconocido, a pesar de que tomarse la tarde libre había resultado más sencillo de lo que esperaba cuando entró en el despacho del director.

Sentada junto al chófer, se sentó conforme a las normas impuestas y tomó del asiento las bolas anales con las que recorrió su interior. Tras un breve trecho en que se fue humedeciendo por todas partes el conductor detuvo el automóvil. Ella miró el contorno, observando el paraje industrial empapado por la fuerte lluvia que descargaba y dejaba el cielo completamente oscuro, con camiones que pasaban de rato en rato. Se desprendió de todas sus prendas excepto el calzado y quedó a la espera de instrucciones.

Apenas se esperaba las intenciones de su acompañante. La ordenaron pasar al asiento de atrás a recoger un paraguas, salir del vehículo e ir a la puerta del conductor a recogerle, evitando mojarle mientras ella paseaba desnuda alrededor. Estremecida con la mezcla del miedo y deseo titubeó antes de ponerse en marcha, consciente de que algún vehículo pasaría por la calle mientras cumplía. Afortunadamente hacía menos frío que días precedentes pero aún así toda su piel comenzó a erizarse. Con paso firme y altivo rodeó el coche y abrió la puerta del conductor, esperando a que saliera y preguntándose dónde la llevaría completamente desnuda sin atreverse a mirar alrededor.

Él tomó el paraguas a la vez que hizo gesto de quererla arrodillada, dejando que la lluvia cayera sobre su piel. Instintivamente, besó los pies que habían quedado a la altura de su boca mientras separaba las rodillas y se acariciaba para el deleite de quien la miraba. Ensimismada en su tarea, olvidó que la lluvia escurría sobre sus pezones, sus nalgas y espalda, dedicada por entero a complacer. Su dedicación tuvo premio, pudiendo lamer el sexo que desde el asiento del conductor se la ofrecía, haciéndolo con su presteza conocida hasta saborear cada gota en su boca.

Con el trabajo finalizado, recuperó el paraguas y regresó con mismo paso orgulloso al asiento de atrás, donde encontró una toalla y su vibrador favorito. Por un momento estuvo tentada de usarlo pero esperó a conocer los planes del chófer, que imaginaba que serían mucho más placenteros al tiempo que la harían odiarle y desearle por igual.

jueves, 10 de febrero de 2011

Castigada

Tres incumplimientos fueron demasiados en la misma semana para evitar el castigo. Bien lo sabía cuando acudió al céntrico portal y llamó al telefonillo. Abrieron sin preguntar y ascendió en aquél añejo ascensor de puertas de hierro forjado. La puerta de la vivienda ya había sido abierta para que no tardara en acceder al interior. Los rostros de los dos hombres se giraron hacia ella.

Recibió la orden de quitarse el abrigo, quedando vestida tan sólo con medias y liguero. Pezones erizados, rubor en las mejillas y el morbo de verse ante un desconocido, un entendido tal vez, junto a quien daba las órdenes. Se puso a continuación a cuatro patas sobre una pequeña mesa encajada entre dos sofás. Los hombres comenzaron a pasear alrededor de su cuerpo, dejando de vez en cuando un dedo resbalar sobre su piel, valorando su suavidad y su actitud inequívoca de puta entregada.

Entre sus manos situaron un pliego de folios. Cuando bajó la cabeza para leerlos observó que era su playlist. Sabía que el motivo de tenerlo allí era para recordarla los incumplimientos. Se ordenó que leyera uno a uno los preceptos, recibiendo un firme azote con cada lectura. Al tiempo, el otro hombre paseó un dedo por su boca, humedeciéndolo y usándolo para pellizcar sus pezones antes de colocar suavemente unas bolas chinas en el interior de ella. La lectura pausada se sucedía con perfecta dicción, sólo puntualizada con el ruido del azotado y las caricias que el desconocido realizaba entre los muslos de la joven, sin dejar de torturar su pecho.

Pasado el ecuador del documento se alternaron los hombres. Quien antes acariciaba ahora era aún más severo que el anterior, mientras que su castigador la llenaba de aquellas caricias tan perfectas que debía contenerse para no mojarse de placer. A falta de tres artículo por leer, recibió gotas de cera por su espalda, provocándole mayor excitación si cabe, confundida entre el dolor constante en sus nalgas, el calor de su piel y el anuncio del orgasmo en su pelvis. Apenas era capaz de ver las líneas del documento.

Finalizó como pudo la lectura y quedó en silencio, estremeciendo las caderas ante la inminencia del placer. El hombre a su grupa se encargó de completar las caricias ayudado de las bolas chinas sin dejar de azotarla, mientras el otro la tomó del pelo y la introdujo su miembro en la boca hasta que tragó toda su leche, coincidiendo con un estallido de placer que apenas la dejó sostenerse en pie.

Finalizado el castigo, bajó a cuatro patas de la mesa y quedó tumbada, con el latido del corazón en su entrepierna, junto a los pies de su propietario, esperando ser exhibida ante el invitado o usada de cualquier manera, honrando su condición.