Desnuda.
Venda en los ojos.
Tapones en los oídos.
Objetos separando manos y pies con ligaduras para mantenerla cautiva.
Se había saltado las clases para entregarse rendida. Esta vez no era un juego sino verdad.
No pudo ocultar cierto nerviosismo al inicio pese a que comenzaba con caricias y estimulación. Tampoco hacía demasiada falta porque se notaba empapada.
Con la entrepierna bien abierta y a cuatro patas se combinaban en la oscuridad de su mirada las caricias húmedas entre sus piernas con la felación enérgica, profunda hasta casi la arcada a pesar de su habilidad para esa técnica. Su piel comenzaba a recibir el azote de una cuerda o suave látigo cuyo material no pudo precisar. Suave dolor compartiendo abuso con su boca y caderas.
La sacudida violenta de la penetración provocó aumento repentino en su excitación. Tomada del pelo y oprimida su garganta cabalgaba sin remedio al placer. No era momento todavía. Volvió a saborear en la boca la carne del deseo hasta la garganta llevada del cuello y de la melena. Algo vibraba de manera suave y rítmica entre sus muslos haciendo que goteara literalmente de humedad. Estaba preparada. Necesitaba sentirlo y adivinaron sus anhelos.
Sujeta por las caderas y el pelo recibió un envite tras otro hasta fundirse ambos en unísono placer, regada ella, empapado él, marcada su esencia con el símbolo de su propiedad.
Tardó varios minutos en recuperar el aliento y ser liberada de ataduras y vendas. El entreacto de caricias y ternura tumbada sobre las sábanas manchadas alcanzó hasta que su espalda volvió a arquearse para invitar a usarla una y otra vez. Apenas un preludio de sesión donde abandonarse al placer en un mar de almohadas.
viernes, 20 de octubre de 2017
Ausencia injustificada.
miércoles, 12 de julio de 2017
La infelicidad
jueves, 1 de junio de 2017
Caoba y cera
martes, 16 de mayo de 2017
El cornudo
miércoles, 19 de febrero de 2014
Auxiliar administrativo
El despacho huele a madera añeja, no le resulta agradable por mucho abolengo que tenga. Es la primera vez que visita ese lugar, casi desconocido. Desde el fondo y apenas visible por la luz mustia que deja pasar la cortina le dicen que se acerque para tomar notas pero cuando llega al escritorio la sienta sobre en sus rodillas, poniendo sobre la mesa un cuaderno de caligrafía que va a tener que rellenar mientras es sometida. No se permiten errores y si se equivoca empezará de nuevo.
Sentada, piernas abiertas, vergüenza en las mejillas cuando comienza a escribir como si fuera una niña en la primera hoja, dibujando letras con estilo escolar, garabatos mientras siente como entran en su coño mojado unos dedos, abriéndose camino entre medias y falda, entrando y saliendo azotando cada vez más fuerte toda la zona al mismo tiempo, resaltando el sonido de la humedad creciente.
Con el pulso por las nubes es difícil dibujar sin perder el trazo pero es peor cuando queda la blusa abierta, el sujetador desprendido y los pezones pellizcados hasta el agudo dolor, sin dejar de sentir la masturbación entre los muslos y el incremento en el tirón de la melena que no deja ver el cuaderno. No consigue acordarse de si la puerta está completamente cerrada o puede entrar alguien. Una vez casi rompe la punta del lápiz apretando para controlar su mano, otra vez tiene que detenerse para no emborronar el ejercicio. A punto de correrse con espasmos por todas partes se detiene la tarea y la ordenan ponerse en pie. Lame la mano que la ha usado y regresa a sus labores sin placer por no acabar a tiempo la caligrafía. Sabe que repetirá y que tendrá mucho que mejorar. Va a estar empapada el resto del día. Una gota que va a dejar fluir aún resbala por su muslo.
martes, 15 de octubre de 2013
Arriba y abajo
Era una noche calurosa para ser final de verano, perfecta para acabar el helado de la cena en la terraza y ejercer de gran anfitriona con su invitado. En un rincón del salón seguía amarrada con delicada cadena a un viejo aparador de lacado chino su mascota de piel clara y fina como la porcelana, delgada desnudez, casi aniñada. Entraron desde la terraza y ella se sirvió una copa, recostándose en el sofá mirando a su protegida.
Pidió a su invitado que comprobara la humedad de su perra, como la llamaba, para ver si seguía disponible y excitada. La muchacha estiró un poco la espalda para separar más las piernas sin perder la genuflexión. Una caricia adentrada entre sus muslos seguida de un leve azote en la misma zona sirvieron para garantizar la humedad. Era la primera vez que alguien entraba en la casa viéndola así.
Tras soltar la cadena, la joven acabó sobre una gran mesa de cristal en la misma pose en que antes había reposado el sushi de la cena. Su dueña acarició el coño hasta empaparle los labios y mojar abundantemente la mesa. La azotó después, cada vez más fuerte y más rápido. Se alternaban gemidos con el sonido de la piel castigada. A continuación, separó más sus piernas para acariciarla con una maza picahielos recién sacada de su cubeta, enfriando la zona durante un rato, jugando con el contraste de temperatura hasta que de poco en poco la introdujo en el coño de su propiedad, dilatando bien por el calibre de la maza.
Colocó unas pinzas metálicas en los pezones de la mascota antes de subir a la mesa despojada de la parte inferior de la ropa para colocarse sobre su boca, haciendo que lamiera cada rincón que apretaba contra ella. Cada vez apretaba más su cuerpo contra la cara dejándola casi sin respiración, permitiendo que se recuperara y volviendo a empezar. Se giró después para que lamiera en posición inversa al tiempo que ella presionaba las pinzas hacia arriba, acariciaba el coño de la joven y mecía la maza de dentro a fuera, con la cadencia justa para tenerla al límite sin permitir que se corriera, pues sólo la dueña lo haría dos veces sobre la cara de su servidora derramando todo tipo de humedad en su boca.
Bajó de la mesa y ordenó a la joven limpiarla y guardar los juguetes. Se incorporó con movimientos felinos para lamer cada rincón de la mesa, hasta casi no dejar marca. Después fue al aparador oriental a recoger una gamuza con la que acabar la limpieza. Sus muslos brillaban aún de humedad cuando regresó a su rincón para esperar órdenes.
La anfitriona recabó de su invitado la aprobación sobre las virtudes de la joven, que había puesto en duda la capacidad de su dueña para superar los mismos desafíos y por eso estaba allí él, para someterla a una sesión más intensa mientras la mascota era testigo de la demostración de su dueña, obligada a masturbarse contemplando la escena. Extenuadas ambas, una tras entregarse en la sesión como sólo en contadas ocasiones permitía y la otra tras media docena larga de orgasmos, la dama se dio por satisfecha. La perra estaba postrada a sus pies. Ya no había motivos para dudar.
martes, 30 de abril de 2013
El invitado
Cada fin de mes cena en el trabajo por matar la rutina más que nada, evitando la convivencia aburrida de sofá. Acabó pronto y buscó excusa para deshacerse del grupo sin irse a casa. Al principio costó que accediera pero luego le convenció, a sabiendas de que estaba acompañado justo cuando entraba en el bar. Al fondo había menos luz y supuso que allí le encontraría. Charlaba con un tipo con pinta extranjera y no recuerda su nombre cuando se lo presentó. Según soltaba el abrigo, pensó que al menos allí estaba.
No pensaba quedar entre los dos hombres ni que su intimidad fuese publicada al compás de la mano que subía entre sus muslos, comprobando que se podía llegar al coño ya mojado sin contratiempos. Se le erizaron los pezones y dio otra pista a su alrededor de lo disponible que se sentía y que no tardó en ser aprovechada. Tragando de un golpe la copa, mareada por el ímpetu al tragar, salieron a la calle, perdiéndose en el interior de un deportivo al cobijo de unas farolas fundidas.
De la parte de atrás sabía que no escaparía y al sentir su garganta oprimida se dedicó a complacer separando las piernas y dejando hacer a quien mandaba. Caricias alternadas de azotes subieron la humedad de su coño. El invitado observaba con atención su entrega, abultando la bragueta del pantalón. Cuando le fue permitido, se relamió entre sus pezones primero y después entre sus piernas. Tuvo que avisar que estaba a punto de correrse para detener el placer incipiente. Encajonada en el asiento trasero y en postura incómoda, recibió embestidas en su grupa mientras su boca regalaba placer al invitado, que apenas pudo contenerse.
Tardó un tiempo autorizar la intensidad del desmayo, tras sumar en su boca el placer de los dos hombres y dilatar su entrepierna con dedos por delante y por detrás, pero cuando tuvo permiso los estertores del momento hicieron que olvidara en qué momento tragó la esencia que rebosaba su boca. Respiraba y jadeaba en ese revuelto y pequeño espacio de vaho y sudor.
Se puso solo el abrigo al no poder moverse en el coche. Al llegar al ascensor se desnudó entera y se miró en el espejo. Tenía tiempo para ponerse el vestido pero pensó mejor en fotografiarse y subir a la azotea y antes de entrar en casa, tocarse de nuevo pensando en el silencio del invitado y la mirada lasciva de su mentor. Acabó la noche enviando las fotos. Tal vez volvía a ser invitada, tal vez con placer.
jueves, 27 de diciembre de 2012
Fiestas Felices
El autobús salía a las cinco y andaba apurada para tener la maleta a tiempo. Maldecía viajar en esas fechas pero no le apetecía tener bronca familiar. Pero su aceleración cardiaca no era por eso. Repasó el correcto orden de la decoración de la casa antes de mirarse en el espejo para comprobar la correcta simetría de sus medias, el brillo de los tacones y su perfecta desnudez. Se quitó la pulsera para cumplir el requisito de lucir un tacto suave.
Sonó un timbre estridente. Comprobó que era quien esperaba para quitar el cerrojo y postrarse a sus pies. Él atravesó la puerta en silencio y acarició su cabeza, tirando ligeramente de la coleta que ella lucía para la ocasión, como comprobando su firmeza. La pose arrodillada, manos a la espalda, piernas ligeramente separadas y mirada serena al suelo fueron de su aprobación. Delante de ella dejó una diminuta caja abierta, con motivos navideños y una pequeña botella de cava. Apenas pudo vislumbrar otro contenido, ya que le vendaron los ojos y ataron sus muñecas frente a su ombligo.
Supo que estaba en el baño por el sonido de la ducha. Por su cabeza pasaron mil desafíos previos, temores de todo tipo y una creciente humedad. Le gustaba no saber qué pasaría y hasta dónde sería exigida. Perdida en pensamientos mientras era introducida en la bañera sin calzado y su cuerpo recibía algo parecido a una loción corporal. La suavidad de la caricia perdiéndose bajo el vientre hasta encontrarse con el páramo mojado de su entrepierna hizo que comenzara a jadear, cada vez más fuerte.
Sus piernas fueron separadas para penetrarlas con algo frío y suave. De inmediato pensó que sería la botella de la caja, que poco a poco dilataba su interior, llevándola a los pies del placer. Gotas de cera caían por sus pezones, creando un contraste de frío y calor sobre su piel, excitándola más. Al poco comenzó a combarse rogando por su placer, que le fue otorgado con un empujón final de la botella en su interior, abierta en el último instante para regalar una explosión de burbujas frescas en su coño, estremecida mientras se vaciaba el contenido entre su pelvis, su boca y su pecho. Tras la explosión, el silencio, unos pasos que se alejaban y el ruido de la puerta al cerrar.
Retiró la venda de sus ojos para ver la felicitación navideña que habían dejado junto a la bañera, así como la orden de repetir la operación, de modo que cubrió de nuevo sus ojos, tomó la botella al tacto, olvidó el horario del autobús y se volvió a masturbar.
miércoles, 5 de septiembre de 2012
Hotel
Noche de verano, calor agradable, nada pegajoso como días antes. Sobre la cama, el atuendo seleccionado. Delicada gargantilla negra, tacones de aguja del mismo color y vestido corto azul. Ni rastro de lencería, cosa que ya esperaba.
Vestida y maquillada, se sorprendió de no serle ordenado llevar algún juguete puesto con el que ser estimulada durante el paseo.
Ya en el restaurante, comprobó que el vestido se remangaba al menor movimiento. Sin embargo, sabía que debía permanecer con las rodillas separadas lo suficiente para ser exhibida, lo que le procuraba una mezcla de temor y excitación tan característica. Frente a ella, afortunadamente, cenaba una pareja de gays. Al acabar la cena, uno de los comensales frente a ella se acercó y le susurró algo a su acompañante. El comentario fue un simplemente preciosa, enhorabuena. Cuando le fue transmitido, se ruborizó unos instantes.
El paseo posterior fue tranquilo y tras unas copas y sentir alguna caricia entre sus muslos, regresaron al hotel. Al entrar en el ascensor con otras dos parejas, se situó tras su acompañante, junto a su hombro. Percibió la humedad que la inundaba mientras entraba en su coño un dedo suavemente, al tiempo que un pulgar acariciaba certeramente su clítoris, alterando su respiración y teniendo que ahogar un gemido. El ascensor avanzaba demasiado despacio para ella, que notaba que acabaría por correrse de un momento a otro entre aquellas personas.
El ascensor se detuvo y salieron al tiempo las otras dos parejas, dejándolos solos. Él no dijo una sola palabra tras cerrarse las puertas y siguió jugando entre los muslos de su propiedad, acercándola más al límite cada segundo. Cuando se detuvo el ascensor de nuevo, salieron al pasillo y ella intuyó que estaban en una planta ajena a la suya. Un piso más abajo, comprobó.
Él abrió la puerta auxiliar y comenzó a subir las escaleras, sin dar explicaciones. Ella le siguió en silencio.
Tras el primer tramo de escaleras, se giró hacia ella y la tomó de las muñecas, llevándola contra la pared. Seguidamente, liberó sus manos pero ella las dejó a su espalda. Él se abrió el pantalón y la penetró enérgicamente, con una embestida seca que volvió a regar su entrepierna y llevó su cabeza hacia atrás, lo que fue aprovechado para que la tomaran de la garganta. Apenas pudo soportar la sensación de excitación y de inmediato, con un susurro, rogó poder correrse. Ya no podía aguantarse más. Pidió una segunda vez permiso, con las sensaciones al límite y apenas cuando ya recorría el hormigueo del placer el camino entre su vientre y su nuca, le fue concedido. Se derramó entonces con un jadeo intenso, dejando caer su cuerpo casi inerte sobre el de su acompañante, apenas sostenida en los tacones. Sabía que por haberse corrido tan pronto sería sometida a más juegos durante la noche, pero nada le resultaba más intenso que entregarse a complacer.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Tres
El ambiente era perfecto. Suficiente gente pero sin agobios, rincones oscuros donde compartir secretos y música a un volumen que permitía elegir entre baile o charlar. Tras recoger una copa, no tardó en encontrar un rincón donde acomodarse. El aire acondicionado provocó la marca de sus pezones en el jersey. Acompañaba la prenda con minifalda y botas. Su acompañante acercó un taburete y le ordenó sentarse separando las piernas. A continuación, deslizó en silencio una mano entre los muslos humedecidos de ella, hasta comprobar que su sexo estaba desprovisto de lencería, suave y empapado, preparado para ser utilizado.
Ajenos al bullicio de la sala, le indicó que abriera la boca y en ella depositó una bola vibratoria, para que la humedeciera y colocara después en su interior, con la mayor naturalidad posible y sin mirar alrededor. Sabía que exhibiría su intimidad pero apenas se lo pensó, percibiendo la caricia interior según entraba el objeto. Permaneció así unos instantes.
Apareció una joven de melena rubia, vestido ceñido de lycra, rostro apacible y mirada intensa. Saludó a su acompañante y quedó mirándola, aprobando lo que veía. Se acercó al taburete y dejó su cuerpo entre las piernas de ella, acercándose a su oído.
- Veremos si haces honor a tu fama, pequeña – susurró, provocando un torrente de excitada agitación
Él activó la vibración del juguete que ella albergaba en su interior, pillándola desprevenida, estimulándola todavía más. La otra joven llevó un dedo a su boca y después comenzó a jugar con ella, separando sus muslos, acariciando suavemente el clítoris, pellizcando sus pezones sobre la ropa. La tomó de la mano y la llevó al baño. Ella miró hacia su acompañante, que la ordenó obedecer.
Entraron juntas en el cubil. Tras desnudarse, permaneció en pie con las piernas a ambos lados del inodoro y colocó las manos a su espalda. La otra joven manejaba el mando del juguete vibrador a su antojo, acelerando el ritmo o deteniéndolo. Alternó los azotes en el sexo con las caricias más delicadas, saboreó su boca y la hizo arrodillarse para hacerle comer su placer. Cuando quedó satisfecha retiró las bolas vibratorias y volvió a las caricias, deteniéndose justo antes de que se corriera. Ordenó que se vistiera de nuevo y salieron al local donde su acompañante esperaba.
Sentado en el taburete, la colocó sobre sus rodillas, subió la minifalda con riesgo de miradas ajenas, penetrándola poco a poco desde atrás. Al mismo tiempo, la rubia joven se había situado entre sus piernas para cubrir la escena y besar apasionadamente su boca, resbalando los dedos por su chorreante coño. Tardó pocos segundos en ser recorrida por una oleada de placer.
Limpió con su boca los dedos mojados de la otra chica y aguardó instrucciones. Le ordenaron finalizar la limpieza del sexo que había tenido en su interior, de rodillas. Sabía que sería mirada por cualquiera que estuviese alrededor, pero lo hizo cuidadosa y discretamente, oculta tras la otra joven. Completada la tarea, salió del local camino de la parte trasera de un automóvil, para continuar la sesión mientras circulaban por la ciudad.
martes, 5 de enero de 2010
Abrió el cajón de los cubiertos y eligió una pequeña pala de madera que ella solía utilizar para remover la ensalada. Ordenó que la cogiera con la boca y le siguiera, cosa que hizo. La llevó hasta el salón, corrió las cortinas y dejó la estancia en penumbra. A continuación la desnudó y vendó su mirada, permaneciendo inmóvil con la pala de madera en la boca mientras se preparaba el escenario.
Dos sillas fueron colocadas en el medio, opuestos los respaldos y con un espacio entre ellas de separación. A ciegas, fue colocada de rodillas sobre el asiento de una de las sillas, apoyada su pelvis en un respaldo y atadas sus manos en el respaldo de la otra silla, quedando los hombros bien apoyados y el pecho desnudo aguardando en el espacio restante. La pala fue tomada de su boca y, empapada como la había dejado, deslizada por su coño perfecto y dispuesto.
La pala comenzó a recorrer su espalda y a caer en azotes sobre su grupa, primero suavemente, después con más intensidad. Ella jadeaba en cada golpe, separando más las piernas, ofreciéndose, invitándole a perder el control y usarla, desafiando el autodominio del adversario. Él comenzó a azotar la cara interna de los muslos y llegó hasta el sexo, combinando certeramente instantes de caricias, dejando resbalar sus dedos, y otros instantes azotando su sensibilidad. Al tiempo, colocó pinzas en su pecho, haciendo que notaran el peso de la gravedad, apretando con su mano de vez en cuando, dejándola en el límite del dolor y del placer.
Sus nalgas enrojecían y su sexo palpitaba. Gemía cuando la pala descargaba sobre su piel y al tiempo le tiraban del pelo. A continuación, le fueron introducidas las bolas vibratorias y tuvo que sostener entre sus muslos un nuevo vibrador. La estimulación fue inmediata y casi la derrite por entero. La pala había quedado sobre su espalda y no le estaba permitido que se pudiera caer. Si eso ocurría no tendría derecho a placer.
Excitada por las bolas y el vibrador, fue llevada de la melena hacia adelante, abierta su boca y llenada del sexo de su oponente, que sin dejar de estimularla tomaba de ella lo que deseaba. La sensación de ser su juego, de no poder resistirse al abuso la excitó tanto que convulsionó de placer, dejando caer el vibrador pero evitando que cayera la pala, estremecida con el movimiento de las bolas en su interior. Sin embargo, su aspecto era tan irresistible que su captor decidió atar sus piernas al respaldo y satisfacer por tiempo indefinido toda su lujuria, tomándola y excitándola con su cuerpo, caricias y accesorios por detrás, hasta que cayera agotada a sus pies.
jueves, 17 de septiembre de 2009
Perlas
- Incorpórate para que pueda revisar tu lencería
Ella alzó su falda para mostrar la prenda, intuyendo que se la harían quitar. Pero se equivocaba. Le dijeron que el modelo no era suficiente para su belleza, que tendría que cambiarlo. Ella se ofreció a hacerlo durante la tarde, pasando por una tienda cercana. Le ordenaron atender en silencio a las indicaciones que iba a recibir.
Iría a media tarde a una famosa tienda de lencería de la ciudad. Vestiría como en ese momento, con zapatos de tacón más fino y sin ropa interior. Preguntaría por una de las dependientas y diría que deseaba recoger el paquete azul. Tras eso, seguiría las instrucciones de la dependienta. Dicho esto, su interlocutor desconectó, sin más explicaciones.
Eran las seis cuando estaba frente a la tienda, observando el escaparate y presa de la curiosidad. Entró algo nerviosa y casi se equivoca al preguntar por la dependienta. Una joven de impecable indumentaria y belleza incuestionable se acercó a ella.
- He venido a recoger el paquete azul – dijo casi sin voz
La dependienta miró su reloj y asintió, recorriéndola con la mirada y sonrisa malvada, pidiendo que la acompañara. Ella siguió sus pasos hasta el probador que la dependienta eligió, indicando que esperase allí hasta su regreso.
Unos segundos más tarde apareció la dependienta, cerrando la puerta del probador tras de sí.
- Apóyate en la pared, creo que sabes cómo es – dijo. Ella asintió, situando sus brazos a la espalda y apoyándose contra el fondo del probador, con las piernas ligeramente separadas
La dependienta sacó una caja azul. Al abrirla mostró un delicado conjunto, con un tanga transparente de excelente género y un sujetador a juego. Guardó de nuevo la prenda superior y dejó a un lado la caja. A continuación, colocó las manos en la cadera de la clienta y fue perfilando con suavidad sus muslos hasta el tobillo, quedando al final arrodillada ante ella.
Con sumo cuidado, levantó un tobillo para pasar el tanga, haciendo lo propio con el otro tobillo a continuación. Fue subiendo muy despacio la prenda, dejado acariciar las yemas de sus dedos la piel de la joven, que asistía al juego envuelta en excitación. Las manos llegaron a las rodillas y siguieron ascendiendo hasta llegar a las caderas, recorriendo de caricias la cara interna de los muslos y el trasero, hasta que la prenda encajó a la perfección.
La muchacha notó su propia humedad empapando la prenda recién estrenada. La dependienta se levantó y expresó su deseo de que el conjunto hubiese quedado a su plena satisfacción. Ella asintió. Finalmente, la dependienta entregó la caja azul dentro de una bolsa.
- ¿He de pagar algo? – preguntó la joven
- Está todo pagado – respondió la dependienta. Me apetecía conocer cómo serías, morbo y curiosidad. Habitualmente no hago estas cosas pero hoy lo hice entancada. Por regalarte esto habrían pagado cualquier cosa, hasta una barbaridad.
martes, 8 de septiembre de 2009
Sentido
El castigo comenzó en las plantas de los pies, primero levemente, después incrementando la intensidad. Ella de modo reflejo encogía sus piernas cada vez que sentía arder su piel. Después ascendió por sus piernas y la cara interna de los muslos, tan sensibles en ella. Abriéndola bien, castigó su sexo humedecido hasta enrojecerlo.
Una pausa. Tiempo infinito en que no sabía qué pasaba. Un líquido fresco a continuación goteaba sobre su sexo, refrescándolo y excitándolo al tiempo que unas manos separaban sus piernas. Intuyó en ese gesto a alguien más en la habitación, empapándose con el pensamiento. Mientras acariciaban unos dedos su entrepierna mojada, otras manos pinzaban sus pezones y los estiraban hacia el techo, dejándolos prisioneros de una mordaza final. La combinación de caricias y presión en su pecho a punto estuvo de hacerla correr.
Regresó el castigo, sustituida la fusta por una caña, cosa que sabía que marcaría su piel. En ese mismo instante liberaron sus piernas para elevar sus rodillas y abrirla completamente, sintiendo a continuación una boca lamer cada rincón de su interior. La caña dio paso a gotas de caliente cera, primero en su pubis, después ascendiendo hacia el mentón.
Las contracciones que anuncian placer convulsionaban su cuerpo. Los labios jugosos que tan grande excitación habían provocado cesaron de estimular. En su lugar fue penetrada con un plug o similar, era imposible saberlo. Una vez insertado fue creciendo de tamaño, cada vez mayor.
Una lengua empapó sus pezones prisioneros, manos suaves acariciaron su pecho camino de su garganta y allí comenzaron a presionar lenta pero inexorablemente, cortando su respiración a la vez que el plug crecía y daba de sí el sexo de la cautiva, acariciada en el clítoris conforme quedaba expuesto.
Las caricias eran más y más precisas, el placer inevitable. Privada de poder pedir permiso en su prisión de sentidos, no podía hacer otra cosa que dejarse llevar. Casi sin aliento, tomada por manos certeras, volvió a sentir humedad en su coño, regada por tibios fluidos y estimulado su sexo hasta no poder más.
Cuando estalló en mil temblores la mano que la ahogaba la liberó, aumentando la sensación de placer. Se agitó durante unos segundos infinitos en que sintió el calor de otros cuerpos a su alrededor. Cuando llegó el mullido sopor de la relajación fue liberada de sus ataduras, sus pezones cuidadosamente manipulados y la mordaza de los labios retirada. Finalmente, perdió uno de los tapones que impedían percibir sonidos, justo para recibir un cálido beso que sin duda identificó como otra fémina y escuchar un susurro que le dejó la piel estremecida.
- Has hecho honor a tu fama, princesa. Para mí ha sido un placer.
lunes, 24 de agosto de 2009
Despacho
Compatibilizar su rutinaria vida privada y su deseo de intensidad creaba problemas de diversa índole. Algunos eran morales, otros de pura logística. Pero era incapaz de sustraerse a las emociones que cada ritual depositaba en su interior. Hacían que se sintiera viva.
En aquella ocasión, hallar un par de horas en mitad del día sin despertar sospechas había sido realmente complicado, pero lo había conseguido al fin. Pensó en comentarlo mientras acudía a la cita pero ya conocía la respuesta que le daría. Era ella quien había dado el paso, debía asumir las consecuencias de su decisión y gestionar su agenda para cumplir con el programa que la otra parte se había molestado en diseñarle.
Llegó a la recepción del edificio y se identificó. Tras una breve llamada de teléfono, la recepcionista le dio los datos para llegar a la oficina. Tomó el ascensor notando su pulso acelerado. Llegó al destino donde la esperaban.
Entró en el despacho. Apenas había movimiento en la oficina, probablemente por las vacaciones y por ser aún la sobremesa. Una vez dentro, ella permaneció de pie para que él pudiera contemplar su indumentaria, la blusa ceñida insinuando la desnudez del pecho, la falda de tubo, las sandalias de fino tacón, la melena suelta y bien peinada, el maquillaje delicado.
A continuación, la colocó apoyada sobre la mesa, inclinando su cintura para quedar tras ella en silencio, acariciando sus caderas, perfilando sus muslos, dejando deslizar sus manos entre las piernas hasta llegar a su rasurado y empapado sexo. Ordenó que se quitara la falda, cosa que hizo con delicadeza, manteniéndose con las piernas separadas, sin mirarle.
Acariciando de nuevo sus piernas, fue recorrida con un objeto suave hasta que fue depositado sin esfuerzo alguno en su húmedo interior. Ella adivinó que se trataba de un huevo vibratorio, lo que aumentó su excitación. Colocada a gatas, fue llevada frente al ventanal, donde unos obreros trabajaban en el edificio opuesto de la calle, en plena construcción. El huevo vibratorio se activó, inundando su coño de deseo y pasión, expresada con un gemido apagado.
Dado lo limitado del tiempo y el hecho de tener que regresar a casa, no fue marcada. Simplemente fue sentada en una butaca auxiliar frente a la ventana para pasar el resto de la hora masturbándose sin cesar, ofreciendo a los obreros su increíble belleza y humedad. Mientras tanto y a su lado, él se ponía de nuevo a trabajar.
Los orgasmos se fueron sucediendo. Alguna vez estuvo tentada de indagar sobre si él la miraba pero no hacía falta, los oportunos cambios en el ritmo de vibración del huevo hacían saber que él la controlaba, así hasta que cayó rendida con el último estremecimiento de placer.
Él se acercó. Ella dejó las manos tras su espalda como le había sido enseñado. La contempló unos instantes y después mojó un dedo en su sexo, saboreándolo a continuación. Parecía satisfecho mientras miraba el cerco de humedad que ella había dejado en el sillón.
- Limpia tu asiento y recoge tu ropa. Tu tiempo aquí hoy terminó
Ella se colocó a cuatro patas y lamió con cuidado cada rincón, hasta asegurarse de no dejar nada. Gateando llegó hasta su ropa y se vistió, atreviéndose a mirar de soslayo, buscando su mirada de orgullo y aprobación. Tal como era su costumbre, no hizo comentarios durante la sesión.
Caminaba hacia la puerta para marcharse cuando se permitió un gesto de rebeldía. Volvió sobre sus pasos rodeando la mesa y se quedó frente a él, con los brazos en la espalda, la mirada fija y labios entreabiertos. Lo más probable es que fuese castigada por ello pero quiso saber cuán buena la consideraba él. Pasaron unos segundos, se levantó del asiento y, tomándola de la cintura y la mejilla, su boca besó.
- Estás castigada – le dijo. Ella respondió con su mejor sonrisa
- Gracias Señor.
miércoles, 10 de junio de 2009
Recuerdos
Todavía la estoy viviendo, sintiendo mis bolas chinas y el calor de mi sexo que sigue palpitando
Con esa sensación sentó su cuerpo desnudo frente al teclado del ordenador para desglosar cada paso de la tarea que le había sido impuesta. Había recibido detalladas instrucciones, desde la longitud de la falda sin lencería, la blusa y hasta su manera de caminar. Ella se recreaba en la idea de las miradas anónimas, esas que se fijan en todo, que devoran con ojos de depredador, intuyendo la desnudez bajo la falda.
Subió al coche, sofocante bajo el sol, sintiendo el calor directamente sobre el sexo al acomodarse en el asiento. Subió la falda para poder conducir, comprendiendo que de ese modo desde la calle podría verse su piel desnuda. Fotografió el momento tal como le indicaron, aguantando las ganas de acariciarse.
Al llegar a la oficina de nuevo percibió el contraste del asiento de piel, fresco en este caso. Instintivamente, separó un poco las piernas, notándose mojada. Tenía tiempo para prepararse hasta ir al baño.
He mirado mil veces el reloj, he deseado mil veces que fuese más tarde. Y por fin la hora en que ya no podía más, en que he deseado sentir de nuevo esas bolas chinas
Entró en el baño sin cerrar la puerta, pues ese era el mandato. Sacó las bolas del bolso y las introdujo en su interior. Se acarició levemente y volvió a su mesa, el juego tan sólo había empezado.
Al finalizar su jornada paseó hasta un centro comercial con la excitación llenando su interior. Buscó un probador sin pestillo, con cortinas de tela que poder dejar sin cerrar del todo, dejadas al azar del paso de otras personas o del personal de la tienda. Con varias prendas entró en uno, el más a la vista quiso la casualidad. Se desnudó y acarició completamente empapada mirándose al espejo, fotografiando el momento con pulso agitado.
He seguido tocándome, y mientras… la dependienta diciéndome si necesitaba algo, el móvil sonando, y la gente esperando…
Salió del probador una vez vestida pero su excitación era tan grande que entró en otra tienda para repetir ritual, impidiéndose llegar al orgasmo de nuevo.
He salido ardiendo de esa tienda, notando como mis muslos estaban empapados… necesitaba una ducha, estaba excitada y caliente, estaba desenado dejarme llevar por la excitación hasta el final, pero disfrutando de no hacerlo..
Regresó a casa con el estímulo de las caricias, las bolas y la humedad recorriendo sus muslos, imaginando que alguien podría darse cuenta de su estado. Entró en la ducha y volvió a tocarse, reprimiendo un gemido de placer. Dejó que su orina regara sus muslos mientras se tocaba, recorriéndola al tiempo que palpitaba su entrepierna. Finalizó la ducha, se colocó una camiseta que apenas disimulaba su desnudez y continuó con sus tareas domésticas.
Mientras escribía los pormenores de su periplo y se contemplaba en las imágenes del teléfono móvil mantuvo las bolas colocadas en su interior y el hambre de placer hasta la hora fijada, mostrando sin atisbo de duda sus ganas de entrega y su exquisito obedecer.
miércoles, 13 de mayo de 2009
Perseverar
El coche se detuvo junto a la acera. Intentó abrir la puerta del acompañante pero estaba cerrada; esta vez iría detrás. Accedió al habitáculo y el vehículo arrancó, deteniéndose minutos después en un lugar solitario. El conductor pasó a la parte trasera y sin mediar palabra esposó las muñecas de la joven al asidero que había en el lateral del techo. A continuación vendó sus ojos, separó sus rodillas y volvió a ponerse al volante.
Imposible conocer donde estaban cuando el coche se detuvo. El conductor se apeó del vehículo y abrió la puerta trasera.
- Aquí está nuestro entretenimiento – dijo a alguien desconocido
- Me gusta – añadió una voz femenina – espero que haga honor a su fama
- No defraudará
Unas manos de mujer se deslizaron por su rostro, alcanzando el cuello, perdiéndose en el escote del vestido y recorriendo sus pechos. Le pellizcó los pezones por encima del vestido, empapando su entrepierna. Seguidamente, se sentó a su lado, esperando iniciar la marcha.
El viaje hasta el restaurante fue breve. Durante el mismo la acompañante acarició el sexo de la prisionera, excitándola y haciendo que se abriera más. Aprovechó el escote del vestido para dejar sus pechos al descubierto, lamiéndolos y mordisqueándolos, quien sabe si visibles al resto de conductores de la ciudad. Después se situó a horcajadas sobre ella y ordenó que sacara la lengua, llevando su pecho delicado a la boca de la prisionera, haciéndole lamer poco a poco, guiándola tirando del pelo.
Fue desatada y retirada la venda. La bajaron del coche. Su entrepierna mojada regaló escalofríos al andar. Entraron en el establecimiento y los otros comensales eligieron por ella, cenando después. Antes de los postres ambas damas fueron enviadas al baño, con órdenes expresas de hacer aquello que se le indicara. Juntas entraron en el servicio, cerrando la puerta tras de sí. Ella quedó de pie mientras la otra chica se sentaba en el inodoro.
- Retira los tirantes y deja caer tu vestido – le dijo mientras comenzaba a masturbarse ante ella. Así lo hizo, mostrando su cuerpo desnudo aún mojado y el vestido a sus pies
- Con las manos en tu cabeza, arrodíllate para darme placer – fue la nueva orden mientras la acompañante se acomodaba para ofrecer su sexo.
Ella lamió con dulzura, recreándose en la humedad de la otra mujer, sabiendo que examinaba sus habilidades y que daría parte de ella a su Señor. Un gemido ahogado reflejó que había cumplido su cometido.
- Eres buena, desde luego – admitió la desconocida – incorpórate
Se puso en pie, sorprendida por lo empapada que estaba tras haber sido juguete en manos de aquella mujer, algo que su compañera también advirtió, sonriendo. Antes de salir del baño la puso contra la puerta, separó sus piernas e introdujo un huevo vibratorio en su ardiente sexo.
- Esta noche buscaremos el límite de tu excitación
- Está bien – respondió
Regresaron a la mesa. Allí esperaba el postre. Mientras comía, sobre la mesa apareció un pequeño mando a distancia. Al activarlo el huevo comenzó a vibrar, estimulándola intensamente. Apenas podía comer, sentía el calor subir por su vientre, sus ganas de correrse casi irresistibles. Soltó la cuchara y apoyó las manos en la mesa, sin poder aguantarse. Bastó una indicación de su Señor para mantener el control.
Regresaron al coche. Esposada y vendada de nuevo, activada la vibración y estimulada con caricias, sin poder acabar, ahogando su inmenso deseo. Inesperadamente, la otra pasajera se apeó del vehículo, dejándole un beso en los labios.
- Yo vivo aquí – le dijo – ahora te espera el examen final
Tragó saliva mientras sentía como mojaba el asiento de atrás. Un rato después llegaron al hotel. Liberada de sus ataduras, cruzó el vestíbulo con el paso tembloroso, agitada por la vibración. Llegó el ascensor y entraron en él.
- Entrégame el vestido – le dijo. Lo hizo sin perder tiempo pero sin precipitación.
Nerviosa y excitada esperó a que se abriera la puerta del ascensor. Cuando ocurrió comenzó a caminar desnuda por el pasillo, sin mirar alrededor, como sabía que se esperaba de ella. Se detuvo ante la puerta. Esperó a ser invitada a entrar. Cuando lo hizo sintió de nuevo en su interior el huevo vibrar. Sin embargo, esta vez no sería para probar su resistencia sino para comenzar una noche de placeres sin final.
miércoles, 29 de abril de 2009
Descanso
Aparcó el camión en la zona de descanso de la gasolinera, estiró las piernas y se acercó a la tienda a comprar unas chocolatinas, agua y alguna revista porno, lo básico para pasar esa noche durmiendo en el camión.
Cuando salía por la puerta un joven le llamó. Le preguntó si la revista era buena a lo que respondió que todas eran igual, pero que servían de inspiración. El joven le propuso algo mejor.
El conductor aguardó junto al camión hasta que llegó la pareja. La chica fue presentada y explicada su condición. Blusa ajustada, minifalda y sandalias de tacón. Sería exhibida para su disfrute pero el hombre sólo podría tocarla si su dueño le autorizaba. Aceptó.
La joven subió las escalerillas del camión, mostrando a los caballeros su sexo rasurado y desnudo. Abrió la puerta y quedó sentada en el asiento del acompañante. A continuación subió el joven, que la situó entre sus piernas, vendando sus ojos a continuación. El conductor rodeó el camión y se colocó frente al volante, cerrando la cabina con una cortina frente al parabrisas.
Botón tras botón, la blusa fue abierta y la piel exhibida, acariciando suavemente aquellos senos perfectos. El camionero abrió la bragueta y se comenzó a masturbar. Ella podía escuchar su respiración agitada en la oscuridad de su mirada. A continuación la falda fue retirada y su sexo y piernas quedaron al descubierto, bien abiertas y bien mojadas. Suaves caricias recorrieron su excitado cuerpo, introduciendo paulatinamente dedos en su ardiente coño.
El camionero cada vez se frotaba con más energía y antes de acabar pudo probar la tensión de los pezones de la muchacha, la suavidad de su piel. Terminó de inmediato y sin dejar de mirar se recreó en el juego de la pareja, con la chica cada vez más entregada buscando placer.
Cuando estaba en puertas del orgasmo, el joven ordenó al conductor meter suavemente su dedo en el sexo palpitante de ella, haciéndolo coincidir con la llegada del intenso placer. Ella se estremeció durante un tiempo, quedando rendida al final en brazos de su acompañante. Después la vistió y la hizo salir del camión, despidiéndose ambos del conductor y saliendo a continuación. Desde entonces aquél hombre no necesita de revistas para obtener inspiración.
miércoles, 22 de abril de 2009
Oficina
Debió pensar que perdía el control. No comprendía aún el motivo de haber aceptado el desafío de aquél prácticamente desconocido. Y sin embargo contaba los minutos para poder comenzar, ajena a los murmullos de la oficina, el timbre del teléfono o el zumbido del fax.
Llegó la hora fijada. Se incorporó de su asiento y comenzó a caminar. Se notó empapada tras haber pasado un buen rato recreándose en lo que haría para después. Entró en el baño y se despojó de su primaveral vestido, dejándolo sobre la cisterna. Observó su piel, el contraste de sus medias y se excitó aún más. Del bolso extrajo un teléfono móvil para dejar huella de todo lo que haría a partir de ese momento.
Tomó su tanga y lo deslizó suavemente por sus piernas para lamerlo a continuación, antes de sentarse en el inodoro. Abrió después sus piernas para acariciarse y meterse el tanga en su empapado sexo, poco a poco, sintiendo la prenda entrar. Una vez estuvo dentro casi por completo avanzó la intensidad de estimulación, recorriendo pechos, pellizcando pezones y apretando con su mano su garganta y el collar que la decoraba, expresión de su entrega. La sensación iba en aumento. Mientras se excitaba no dejaba de pensar en la extrañeza de sus compañeros de trabajo por su tardanza en regresar del baño, en las ideas morbosas que tendrían sobre ella. Eso la provocaba aún más, pese a lo imprudente que parecía.
Aumentó el ritmo y pronto llegó al orgasmo, prolongado y aumentado al sacar lentamente y de una vez el tanga de su coño, completamente empapado. Cuando su cuerpo dejó de temblar lo limpió cuidadosamente con su boca y se vistió con la prenda, sabedora de que alguien podría detectar el aroma del sexo en su piel.
Ruborizada y aún mojándose regresó a su sitio, tratando de disimular el resto de la jornada y preguntándose por qué eran tan excitantes las palabras de desafío. Con el dilema de hasta dónde se dejaría llevar recordó que aún quedaba una tarea por realizar, tenía que documentar cada paso, que había sido capaz de llegar al final.
jueves, 16 de abril de 2009
Claustro
Esperó en la esquina ataviada como se indicó, blusa blanca, falda negra, medias y zapatos de tacón. Nada de lencería ni otro tipo de complementos. Únicamente el teléfono móvil estaba en su mano, por si fuese necesario. Al poco apareció el vehículo y subió a la parte de atrás.
En el asiento, un pañuelo. Preguntó si debía vendar sus ojos, cuestión que se le confirmó. Tras eso no hubo diálogo, ni un ruido. El coche avanzó en silencio por la ciudad. Minutos después se detuvo el motor. La puerta del coche se abrió y el conductor la liberó de su venda. Descendió contemplando un edificio antiguo, desconocido para ella, sin preguntas. El eco de sus tacones retumbaba en el húmedo empedrado. Al llegar a la gruesa puerta de madera, fue vendada otra vez.
Escuchó el ruido de la puerta al abrirse y ser llevada pausadamente de la cintura por un pasillo enmoquetado. Se detuvieron de nuevo ante otra puerta y la venda fue eliminada de nuevo. Entraron. La estancia olía a incienso y vainilla. Estaba por completo en penumbra y hacia calor. Alrededor, pequeñas velas iluminaban el perímetro. Sintió una sensación familiar, como una escena de Eyes Wide Shut, pero no tuvo tiempo de pensar más.
A su espalda, en voz baja alguien le indicó que caminara unos pasos, girase a su izquierda y sentarse en el sillón de madera que encontró. Trató de acomodarse, apoyando las manos en los laterales. Fue la última vez que vio algo de luz. Sus ojos fueron cegados, los brazos atados con firmeza al sillón mediante suaves cordones, la pelvis situada hacia delante, sus nalgas sentadas sobre la madera al remangar su falda y los tobillos amarrados a las patas del sillón.
Toda la operativa se desarrollaba al unísono, de manera que calculó que había al menos cuatro o cinco personas más, sin poder averiguar si eran masculinas o no. Según finalizaban de prepararla, quedaban a su lado. Podía sentir su respiración, su deseo, sus miradas lascivas. Unas manos suaves recorrieron su cuello y descendieron sobre su blusa, retirando uno a uno los botones. Otras manos se deslizaron por su pelo, sus piernas y cintura. Algunas separaron sus muslos para llegar al origen de su humedad. Justo cuando alguien tiró de su pelo para situarla en posición forzada escuchó como la puerta de la estancia se cerraba con llave. El examen acababa de comenzar.
