martes, 15 de octubre de 2013

Arriba y abajo

Era una noche calurosa para ser final de verano, perfecta para acabar el helado de la cena en la terraza y ejercer de gran anfitriona con su invitado. En un rincón del salón seguía amarrada con delicada cadena a un viejo aparador de lacado chino su mascota de piel clara y fina como la porcelana, delgada desnudez, casi aniñada. Entraron desde la terraza y ella se sirvió una copa, recostándose en el sofá mirando a su protegida.

Pidió a su invitado que comprobara la humedad de su perra, como la llamaba, para ver si seguía disponible y excitada. La muchacha estiró un poco la espalda para separar más las piernas sin perder la genuflexión. Una caricia adentrada entre sus muslos seguida de un leve azote en la misma zona sirvieron para garantizar la humedad. Era la primera vez que alguien entraba en la casa viéndola así.


Tras soltar la cadena, la joven acabó sobre una gran mesa de cristal en la misma pose en que antes había reposado el sushi de la cena. Su dueña acarició el coño hasta empaparle los labios y mojar abundantemente la mesa. La azotó después, cada vez más fuerte y más rápido. Se alternaban gemidos con el sonido de la piel castigada. A continuación, separó más sus piernas para acariciarla con una maza picahielos recién sacada de su cubeta, enfriando la zona durante un rato, jugando con el contraste de temperatura hasta que de poco en poco la introdujo en el coño de su propiedad, dilatando bien por el calibre de la maza.


Colocó unas pinzas metálicas en los pezones de la mascota antes de subir a la mesa despojada de la parte inferior de la ropa para colocarse sobre su boca, haciendo que lamiera cada rincón que apretaba contra ella. Cada vez apretaba más su cuerpo contra la cara dejándola casi sin respiración, permitiendo que se recuperara y volviendo a empezar. Se giró después para que lamiera en posición inversa al tiempo que ella presionaba las pinzas hacia arriba, acariciaba el coño de la joven y mecía la maza de dentro a fuera, con la cadencia justa para tenerla al límite sin permitir que se corriera, pues sólo la dueña lo haría dos veces sobre la cara de su servidora derramando todo tipo de humedad en su boca.

Bajó de la mesa y ordenó a la joven limpiarla y guardar los juguetes. Se incorporó con movimientos felinos para lamer cada rincón de la mesa, hasta casi no dejar marca. Después fue al aparador oriental a recoger una gamuza con la que acabar la limpieza. Sus muslos brillaban aún de humedad cuando regresó a su rincón para esperar órdenes.
 

La anfitriona recabó de su invitado la aprobación sobre las virtudes de la joven, que había puesto en duda la capacidad de su dueña para superar los mismos desafíos y por eso estaba allí él, para someterla a una sesión más intensa mientras la mascota era testigo de la demostración de su dueña, obligada a masturbarse contemplando la escena. Extenuadas ambas, una tras entregarse en la sesión como sólo en contadas ocasiones permitía y la otra tras media docena larga de orgasmos, la dama se dio por satisfecha. La perra estaba postrada a sus pies. Ya no había motivos para dudar.