miércoles, 4 de noviembre de 2009

Shirt

El grupo de turistas alcanzó la aldea y como cada jornada el vendedor tomó su cesto y se dirigió a ofrecer su mercancía. El viajero parecía cansado, no prestaba atención. Finalmente miró su ropa y pensó que era buena idea mudarse. Se acercó al comerciante y preguntó el precio de una camiseta.

El anciano miró el rostro del viajero y rebuscó en el cesto, ofreciéndole una mejor que la anterior, más adecuada para descansar. El viajero tomó la camiseta y se la enfundó. Descansó aquella noche y continuó rumbo. Al tomar el barco de vuelta a casa, conservó aquella camiseta que aún albergaba el aroma a tierra y calor.

El viajero dio orden al servicio doméstico de mimar en extremo aquella camiseta que el anciano le ofreció. Debía ser lavada a mano, secada con cuidado y planchada sin estropear. Pocas veces la utilizaba, casi siempre de manera informal, pero demostraba tener un afecto especial por ella.

Un día, su esclava curioseaba el armario de su Señor y tropezó con la camiseta. Le resultó algo extraño verla allí, en un lugar preferencial. La tomó y la colocó sobre su cuerpo, comenzando a imaginar. Podría utilizarla a modo de vestido, agrandando el escote y recortando un poco de aquí o de allá. Mientras se ponía manos a la obra, recordó la jornada en que su dueño la tuvo en el despacho, completamente desnuda salvo sus tacones y su nuevo collar, atendiendo a las visitas y luciendo su belleza estática y singular. Más de un visitante quedó turbado por su presencia pero no se atrevieron a abrir la boca ante el dueño del lugar.

Tras los recortes y ciñendo la prenda a su figura con un cinturón, se puso unas botas y bajó a esperar a su Señor al recibidor, sin más tela que la suavidad de su piel bajo el algodón. En algún momento oyó murmurar al servicio que había profanado la prenda favorita del Señor y que sería castigada por lo mucho que se podía llegar a enfadar. Ella tomó aquello como un desafío, muestra de audacia y entrega sin igual. Se expondría con todo lo que ella era y utilizando aquello tan querido por su Señor, aceptando su decisión.

La puerta se abrió y pudo contemplar la escena. Sentada estaba aquella belleza irresistible, desnudo su cuerpo con una camiseta que de inmediato reconoció y unas botas; sensual, perfecta e suficientemente insolente como para mutilar uno de sus trofeos. Dudó por un instante si su actitud era merecedora de castigo o si, por el contrario, era para desearla todavía más. De lo que no le quedaba duda era de su entrega, de su intensidad, de modo que la miró fijamente sabiendo que lo único que haría sería volverla a besar.

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