jueves, 17 de septiembre de 2009

Perlas

A la hora fijada aguardaba frente al monitor. Él, puntual saludó y fue directo.

- Incorpórate para que pueda revisar tu lencería

Ella alzó su falda para mostrar la prenda, intuyendo que se la harían quitar. Pero se equivocaba. Le dijeron que el modelo no era suficiente para su belleza, que tendría que cambiarlo. Ella se ofreció a hacerlo durante la tarde, pasando por una tienda cercana. Le ordenaron atender en silencio a las indicaciones que iba a recibir.

Iría a media tarde a una famosa tienda de lencería de la ciudad. Vestiría como en ese momento, con zapatos de tacón más fino y sin ropa interior. Preguntaría por una de las dependientas y diría que deseaba recoger el paquete azul. Tras eso, seguiría las instrucciones de la dependienta. Dicho esto, su interlocutor desconectó, sin más explicaciones.

Eran las seis cuando estaba frente a la tienda, observando el escaparate y presa de la curiosidad. Entró algo nerviosa y casi se equivoca al preguntar por la dependienta. Una joven de impecable indumentaria y belleza incuestionable se acercó a ella.

- He venido a recoger el paquete azul – dijo casi sin voz

La dependienta miró su reloj y asintió, recorriéndola con la mirada y sonrisa malvada, pidiendo que la acompañara. Ella siguió sus pasos hasta el probador que la dependienta eligió, indicando que esperase allí hasta su regreso.

Unos segundos más tarde apareció la dependienta, cerrando la puerta del probador tras de sí.

- Apóyate en la pared, creo que sabes cómo es – dijo. Ella asintió, situando sus brazos a la espalda y apoyándose contra el fondo del probador, con las piernas ligeramente separadas

La dependienta sacó una caja azul. Al abrirla mostró un delicado conjunto, con un tanga transparente de excelente género y un sujetador a juego. Guardó de nuevo la prenda superior y dejó a un lado la caja. A continuación, colocó las manos en la cadera de la clienta y fue perfilando con suavidad sus muslos hasta el tobillo, quedando al final arrodillada ante ella.

Con sumo cuidado, levantó un tobillo para pasar el tanga, haciendo lo propio con el otro tobillo a continuación. Fue subiendo muy despacio la prenda, dejado acariciar las yemas de sus dedos la piel de la joven, que asistía al juego envuelta en excitación. Las manos llegaron a las rodillas y siguieron ascendiendo hasta llegar a las caderas, recorriendo de caricias la cara interna de los muslos y el trasero, hasta que la prenda encajó a la perfección.

La muchacha notó su propia humedad empapando la prenda recién estrenada. La dependienta se levantó y expresó su deseo de que el conjunto hubiese quedado a su plena satisfacción. Ella asintió. Finalmente, la dependienta entregó la caja azul dentro de una bolsa.

- ¿He de pagar algo? – preguntó la joven
- Está todo pagado – respondió la dependienta. Me apetecía conocer cómo serías, morbo y curiosidad. Habitualmente no hago estas cosas pero hoy lo hice entancada. Por regalarte esto habrían pagado cualquier cosa, hasta una barbaridad.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Castigo

En su caminar por el alambre, a veces sentía ganas de probar sus fuerzas. Desobedecer conscientemente, tratar de negociar las disciplinas. Sin embargo, aquella no era una de esas ocasiones. Simplemente tomó una orden como una sugerencia, sin más preocupación.

- Has desobedecido una orden concreta – le dijeron cuando el tiempo se agotó
- Pensaba que no era importante – respondió

Nunca supo si fue el olvido o su respuesta despreocupada lo que motivó el castigo. Tal vez fueron las dos. El habitual tono agradable con el que era tratada desapareció, sustituido por una frialdad distante. Fue enviada al baño de la oficina y encerrada allí durante un tiempo, sin atender llamadas o mensajes hasta recibir nueva instrucción. El tiempo transcurría lentamente.

Por fin, la llamada que esperaba llegó. Le preguntaron su situación. Intranquila por un compromiso personal en media hora y con ganas de orinar. Dado que antes no había sido capaz de obedecer, tal vez lo haría cuando su cuerpo ayudaba a motivar. Se quitaría el vestido y mearía sin quitarse la lencería, para empaparse la piel. Después escurriría la prenda en el baño y la limpiaría con la lengua.

Se hizo el silencio al otro lado del auricular. Ella sabía que esperaba la confirmación de haber entendido el mandato y así lo hizo. Preguntó si había algo más. En efecto, una vez probara su mojada lencería, saldría del baño a limpiarla en el lavabo, con su cuerpo desnudo. Escurriría la prenda y, sin secarla, se la volvería a poner, acudiendo empapada a la cita para comer.

Respiró hondo. Agradeció la configuración del baño, que le permitía ocultarse si escuchaba pasos en el exterior y cumplió cada punto de lo establecido, creciéndose como siempre ante las dificultades. Cuando finalizó, envió un mensaje de confirmación. Acudió a su cita con la firme determinación de no olvidar nunca más sus tareas, sintiendo durante buena parte de la tarde una extraña mezcla de humedad, humillación y satisfacción.

martes, 8 de septiembre de 2009

Sentido

Tumbada. Amordazada. Tapones en sus oídos y un pañuelo en su mirada. Completamente maniatada, firmemente fijada al somier. Un mundo de silencios y oscuridad. La fusta recorrió suavemente la piel como prólogo de las actividades.

El castigo comenzó en las plantas de los pies, primero levemente, después incrementando la intensidad. Ella de modo reflejo encogía sus piernas cada vez que sentía arder su piel. Después ascendió por sus piernas y la cara interna de los muslos, tan sensibles en ella. Abriéndola bien, castigó su sexo humedecido hasta enrojecerlo.

Una pausa. Tiempo infinito en que no sabía qué pasaba. Un líquido fresco a continuación goteaba sobre su sexo, refrescándolo y excitándolo al tiempo que unas manos separaban sus piernas. Intuyó en ese gesto a alguien más en la habitación, empapándose con el pensamiento. Mientras acariciaban unos dedos su entrepierna mojada, otras manos pinzaban sus pezones y los estiraban hacia el techo, dejándolos prisioneros de una mordaza final. La combinación de caricias y presión en su pecho a punto estuvo de hacerla correr.

Regresó el castigo, sustituida la fusta por una caña, cosa que sabía que marcaría su piel. En ese mismo instante liberaron sus piernas para elevar sus rodillas y abrirla completamente, sintiendo a continuación una boca lamer cada rincón de su interior. La caña dio paso a gotas de caliente cera, primero en su pubis, después ascendiendo hacia el mentón.

Las contracciones que anuncian placer convulsionaban su cuerpo. Los labios jugosos que tan grande excitación habían provocado cesaron de estimular. En su lugar fue penetrada con un plug o similar, era imposible saberlo. Una vez insertado fue creciendo de tamaño, cada vez mayor.

Una lengua empapó sus pezones prisioneros, manos suaves acariciaron su pecho camino de su garganta y allí comenzaron a presionar lenta pero inexorablemente, cortando su respiración a la vez que el plug crecía y daba de sí el sexo de la cautiva, acariciada en el clítoris conforme quedaba expuesto.

Las caricias eran más y más precisas, el placer inevitable. Privada de poder pedir permiso en su prisión de sentidos, no podía hacer otra cosa que dejarse llevar. Casi sin aliento, tomada por manos certeras, volvió a sentir humedad en su coño, regada por tibios fluidos y estimulado su sexo hasta no poder más.

Cuando estalló en mil temblores la mano que la ahogaba la liberó, aumentando la sensación de placer. Se agitó durante unos segundos infinitos en que sintió el calor de otros cuerpos a su alrededor. Cuando llegó el mullido sopor de la relajación fue liberada de sus ataduras, sus pezones cuidadosamente manipulados y la mordaza de los labios retirada. Finalmente, perdió uno de los tapones que impedían percibir sonidos, justo para recibir un cálido beso que sin duda identificó como otra fémina y escuchar un susurro que le dejó la piel estremecida.

- Has hecho honor a tu fama, princesa. Para mí ha sido un placer.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Secreto


Había transitado un buen camino en su modelado de perfección. Pocas pruebas, pensaba, quedaban por superar, cada vez más intensa, más convencida de hasta donde quería llegar. Alguna noche se regalaba un recreo de sí misma y vagaba con su ordenador a la deriva entre pornografía digital. Poco a poco, a medida que iba superando desafíos y experiencias, notaba como sus fantasías derivaban en todo aquello que aún quedaba por conocer, sintiendo al mismo tiempo un temor ante lo desconocido y una curiosidad que no paraba de crecer.

Muchas de aquellas noches se perdía en vídeos de rituales, ponygirls y otras actividades de dificultad. Pero, por algún motivo, tenía entre sus favoritos uno de sexo animal, algo que a nadie dijo, ni siquiera pensaba que llegaría a experimentar.

Pocas semanas después fue llevada a una fiesta en casa de unos amigos. La verbena nocturna comenzaba a pocos kilómetros en el pueblo y la mayoría se desplazó después de cenar. Ella recibió la orden de quedarse en casa recogiendo tras la cena y cuidando del perro familiar.

Ella finalizó sus tareas sin evitar fantasear. Pero al verle entrar supo que compartiría un nuevo ritual.
Tres copas de vino después estaba atada, los tobillos fijados a una silla, boca abierta, mirada vendada y gotas de vino deslizaban por su desnuda piel. Algo separaba sus muslos y unas pinzas adornaban su pecho. Tirando de su pelo la colocaron en la postura que debía estar. Poco a poco fue recibiendo castigo con una fusta en cada parte sensible de su cuerpo, humedeciéndose siempre más.

Su sexo quedó expuesto para ser utilizado. Esperaba que tras algunas húmedas caricias recibidas llegaría una profunda penetración, pero nada así sucedió. En cambio, escuchó ruidos confusos a su alrededor, jadeos apagados, no pudo saberlo con concreción. Sobre su sexo desnudo fue vertido algún tipo de crema tibia, tal vez miel, tal vez leche condensada. El tacto suave y el movimiento lento entre sus muslos hacían que palpitase su interior.

De repente, el tacto de una lengua mojada y rugosa apareció entre sus piernas. Pudo identificar el hocico fresco del can lamiendo alrededor. Por un segundo quedó tensa, para abrir más sus piernas a continuación. La sensación era por completo nueva, lasciva y le generó enorme excitación.

- Sólo de este modo podrás alcanzar hoy placer – le dijeron

Se fue situando más cerca de su inesperado compañero para ofrecerle lugares más adecuados que lamer mientras el otro mudo acompañante estiraba de las pinzas para estimular más sus pezones. La combinación del hocico húmedo, la lengua rugosa y el vaivén de sus pechos enloquecía sus sentidos. Seguidamente, fue desatada de la silla e incorporada un instante, para quedar sentada sobre las rodillas de su captor. Sin dejar tiempo a relajarse, la penetró suavemente por detrás, mientras dejaba que el perro lamiera despacio por delante. Apenas tuvo tiempo de pedir permiso antes de dejarse llevar. El placer inundó su cuerpo, sus muslos y el hocico del can, que se retiró una vez cumplido su trabajo. Mientras recobraba el resuello preguntó cómo era posible que hubiera descubierto su secreto. Le respondió que cada detalle de su esencia se reflejaba en su mirada y que no se relajara, pues la noche daba para someterla todavía más.