Coincidieron, como algún otro día, en la cafetería principal del edificio. Se saludaron amistosamente, bromeando como solían. Al rato, ella le llamó, continuando una broma anterior. Él a su vez reconoció la belleza del vestido y los complementos que llevaba.
- Pues hoy estreno medias, que sé que gusta saber que una mujer las usa
- ¿Estrenas? En tal caso tendré que verlas – respondió él
- Algún día, tal vez – respondió riendo
- No lo creo. Será ahora. En cinco minutos te iré a buscar
Ella adujo el riesgo de jugar en el trabajo y la falta de privacidad. La única respuesta que obtuvo fue quedarse en su sitio a la espera de ser recogida.
De camino a su despacho, él pasó por la garita de seguridad para reclamar la llave de la sala de conferencias, que le entregaron sin dificultad. Con una carpeta en la mano tomó el ascensor y llegó hasta la sección de dirección.
- Tengo la documentación que se ha solicitado - dijo a la secretaria – pero conviene que la revisemos. Tienes un minuto ahora?
Ella dudó en responder, su compañera dijo que no se preocupara, la reunión del consejo duraría bastante y podía atender los asuntos sola. De modo que salió tras él, siendo informada de que la sala de conferencias era el destino.
Abrió la puerta y la hizo entrar. Cerró con llave después.
- Las manos sobre la mesa, las piernas separadas – ordenó mientras ella aún temblaba
- Estamos en el trabajo y…
- No creo haber pedido tu opinión y no repetiré las instrucciones – dijo sin alterar el tono sereno. Ella obedeció
Lentamente, levantó el vestido hasta el trasero para ver la lencería que, tal como se había anunciado, era nueva, elegante y sensual. Ella respiraba agitadamente, manteniendo su cabeza agachada y las manos firmes sobre la mesa. Él retiró las bragas de encaje hasta medio muslo. Ella trató de moverse y decir algo.
- No me interrumpas y cállate
- Sólo eran las medias, por favor
- Será lo que yo desee, entendido?
- Está bien – admitió
Subió los dedos por la cara interna de los muslos hasta alcanzar el sexo, empapado en aquel instante. Se colocó tras de sus nalgas para acariciar y recorrer cada rincón que quiso, llevando las manos bajo su vestido a través de su ombligo hasta el pecho, que pellizcó y excitó.
Volvió a deslizar hacia abajo las manos hasta quedar apoyado en su trasero. La incorporó tirando del pelo sin prisas, marcando el desplazamiento.
- Arrodíllate
- Puede entrar alguien y vernos..
- No lo diré más – ella suspiró y ejecutó la orden
La rodeó paseando, sujeta del pelo, con los tirantes del vestido en los brazos y el pecho sobre la tela, al descubierto. Una vez que disfrutó de su obediencia permitió que se levantara y pusiera las bragas. Ella preguntó si podía refugiarse en sus brazos y se le concedió.
- Este es el lugar más seguro de todos, aunque tardarás en volver porque levantaría sospechas
- Podría haber venido alguien más
- No es cierto – replicó él – sólo hay una llave, la otra está custodiada al otro extremo de la ciudad
- No lo sabía. Gracias por tenerlo en cuenta
- Es mi deber. Espero que no vuelvas a dudar la próxima vez
- No lo haré
Una vez que serenó las pulsaciones y con deberes por finalizar, salieron con calma, regresando cada uno a su puesto, custodiando el secreto que ella había decidido compartir.

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