lunes, 24 de agosto de 2009

Despacho


Compatibilizar su rutinaria vida privada y su deseo de intensidad creaba problemas de diversa índole. Algunos eran morales, otros de pura logística. Pero era incapaz de sustraerse a las emociones que cada ritual depositaba en su interior. Hacían que se sintiera viva.

En aquella ocasión, hallar un par de horas en mitad del día sin despertar sospechas había sido realmente complicado, pero lo había conseguido al fin. Pensó en comentarlo mientras acudía a la cita pero ya conocía la respuesta que le daría. Era ella quien había dado el paso, debía asumir las consecuencias de su decisión y gestionar su agenda para cumplir con el programa que la otra parte se había molestado en diseñarle.

Llegó a la recepción del edificio y se identificó. Tras una breve llamada de teléfono, la recepcionista le dio los datos para llegar a la oficina. Tomó el ascensor notando su pulso acelerado. Llegó al destino donde la esperaban.

Entró en el despacho. Apenas había movimiento en la oficina, probablemente por las vacaciones y por ser aún la sobremesa. Una vez dentro, ella permaneció de pie para que él pudiera contemplar su indumentaria, la blusa ceñida insinuando la desnudez del pecho, la falda de tubo, las sandalias de fino tacón, la melena suelta y bien peinada, el maquillaje delicado.

A continuación, la colocó apoyada sobre la mesa, inclinando su cintura para quedar tras ella en silencio, acariciando sus caderas, perfilando sus muslos, dejando deslizar sus manos entre las piernas hasta llegar a su rasurado y empapado sexo. Ordenó que se quitara la falda, cosa que hizo con delicadeza, manteniéndose con las piernas separadas, sin mirarle.

Acariciando de nuevo sus piernas, fue recorrida con un objeto suave hasta que fue depositado sin esfuerzo alguno en su húmedo interior. Ella adivinó que se trataba de un huevo vibratorio, lo que aumentó su excitación. Colocada a gatas, fue llevada frente al ventanal, donde unos obreros trabajaban en el edificio opuesto de la calle, en plena construcción. El huevo vibratorio se activó, inundando su coño de deseo y pasión, expresada con un gemido apagado.

Dado lo limitado del tiempo y el hecho de tener que regresar a casa, no fue marcada. Simplemente fue sentada en una butaca auxiliar frente a la ventana para pasar el resto de la hora masturbándose sin cesar, ofreciendo a los obreros su increíble belleza y humedad. Mientras tanto y a su lado, él se ponía de nuevo a trabajar.

Los orgasmos se fueron sucediendo. Alguna vez estuvo tentada de indagar sobre si él la miraba pero no hacía falta, los oportunos cambios en el ritmo de vibración del huevo hacían saber que él la controlaba, así hasta que cayó rendida con el último estremecimiento de placer.

Él se acercó. Ella dejó las manos tras su espalda como le había sido enseñado. La contempló unos instantes y después mojó un dedo en su sexo, saboreándolo a continuación. Parecía satisfecho mientras miraba el cerco de humedad que ella había dejado en el sillón.

- Limpia tu asiento y recoge tu ropa. Tu tiempo aquí hoy terminó

Ella se colocó a cuatro patas y lamió con cuidado cada rincón, hasta asegurarse de no dejar nada. Gateando llegó hasta su ropa y se vistió, atreviéndose a mirar de soslayo, buscando su mirada de orgullo y aprobación. Tal como era su costumbre, no hizo comentarios durante la sesión.

Caminaba hacia la puerta para marcharse cuando se permitió un gesto de rebeldía. Volvió sobre sus pasos rodeando la mesa y se quedó frente a él, con los brazos en la espalda, la mirada fija y labios entreabiertos. Lo más probable es que fuese castigada por ello pero quiso saber cuán buena la consideraba él. Pasaron unos segundos, se levantó del asiento y, tomándola de la cintura y la mejilla, su boca besó.

- Estás castigada – le dijo. Ella respondió con su mejor sonrisa
- Gracias Señor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario