lunes, 13 de septiembre de 2010

Postre

Terminó de comer entre sus piernas, arrodillada en el suelo, sintiendo acompasadamente los azotes en su grupa con el cinturón que le acababa de regalar. Las nalgas de un vivo tono carmesí, a juego con el color de la excitación de su coño, empapado como en cada ocasión que jugaban con ella así.

Relamió el plato y quedó a la espera junto a sus pies. Él acabó a su vez la cena y, tomándola de la barbilla, la incorporó levemente para pedir que cocinara un postre como colofón a la velada. Le preguntó qué deseaba y se inclinó por unas sencillas natillas, concediéndole permiso para incorporarse e ir a la cocina.

Encontró entre los armarios un sobre de preparado instantáneo, al que sólo había que añadir leche y azúcar y dejar hervir. Puso cuidado en colar las natillas antes de servirlas para garantizar la máxima suavidad al paladar. Él rechazó comerlas cuando las llevó a la mesa, quejándose de la temperatura del postre. Ella regresó a la cocina atribulada y las metió durante unos minutos en el congelador, comprobando cada cierto tiempo el grado de temperatura.

Cuando consideró que estaban perfectas, volvió a ofrecerlas con cierto temor. Él las apartó a un lado y comentó que examinaría la calidad de la receta, haciéndola extender su desnudez sobre la mesa. Con las rodillas en alto, fueron atadas las extremidades firmemente a cada una de las patas de la mesa, dejándola expuesta e impidiendo todo movimiento. A continuación, le vendaron los ojos.

La primera gota dulce causó un ligero sobresalto, pues no esperaba la fresca sensación en la comisura de sus labios. Dejó entreabierta la boca y llegó una nueva gota en la lengua, que no pudo evitar paladear. Otra gota cayó en su carnoso labio inferior, siendo recogida con la boca por su oponente.

Poco a poco, un rocío de frescor fue peregrinando de su boca a su pecho, deteniéndose más frías en los pezones antes de ser mordisqueados, transitando levemente sobre el vientre y rodeando el pubis por la cara interna de los muslos, percibiendo la sensación resbaladiza y fresca del postre descendiendo hacia su sexo. Era como la sensación de la cera goteando, pero con inversa temperatura y contrastada con la calidez de la boca que recogía cada pizca en la piel, llevando a curvar su espalda para ofrecer el epicentro de su placer.

Sin previo aviso, un incesante goteo de espeso frescor fue derramado sobre su empapado coño, provocando una oleada de placer que sólo fue en aumento cuando los ardientes labios del sexo quedaron completamente recubiertos por la boca de apetito voraz. Pudo sentir la lengua cálida, la caricia justa en el justo lugar, el estallido en su interior producto del contraste de sensaciones, el calor del roce en sus muñecas y tobillos al estremecerse de placer, la yema de un dedo suavemente entrando por detrás y su cuerpo descontrolado en un espasmo que parecía no tener final.

Al ser liberada cuando recobró la pausa, la luz molestó un instante al abrir los ojos. En sus muñecas quedó la marca de las cuerdas. La incorporó tomándola en brazos y depositó en el suelo, momento en que, instintivamente, ella quedó postrada a sus pies. Él se agachó para quedar a su altura y retiró el pelo de su cara.

- Una receta deliciosa – susurró, volviéndola a dejar mojada.


1 comentario:

elenna dijo...

En mi blog tiene un premio...

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