martes, 16 de mayo de 2017

El cornudo

Llevaban meses juntos cuando empezó a comprobar lo que hacía tiempo que buscaba. Hizo que se sentara en una silla frente a la cama, con una jarra de agua en el suelo y desnudo para pajearse en silencio mientras ella se quitaba la ropa y se ofrecía a aquél tipo. Se dejó atar, azotar y penetrar. Lo pasaron en grande una y otra vez mientras el cornudo se afanaba en controlarse. 

Cada vez que el cornudo estaba a punto de correrse en su silla ordenaba que metiera la cosita en la jarra de agua y calmase su apetito por pura diversión. Hizo que viera los restos del semen del desconocido en su boca, coño y culo. Ordenó que gateara hasta ella a lamer y tragar todos los restos del amante privilegiado. Ni una gota podía dejar. El cornudo tragó arrodillado cada resto que había mientras ella se metía en la boca el rabo del otro hombre y acariciaba su coño. El semen caliente llenó su boca y mandó al cornudo que abriera la boca para escupir en su interior el placer ajeno. Le dijo que tomara nota, así iban a ser a las cosas en adelante. Esperaba que mostrara respeto al otro. Más valía. Él sería quien dejaría sentir o no placer en lo sucesivo.

Otro día llamó a su puerta sin avisar. Cuando abrió comprobó que no estaba solo. Un compañero había acudido a estudiar. Ella respondió que era algo que tenía en cuenta y que además había previsto su Señor. Sus órdenes eran tirarse a quien estuviera en la casa mientras el cornudo seguía estudiando y calentándose. Se encaramó al compañero y sin titubeos le convenció de lo que iba a pasar. Podía ser encantadora si quería. Al principio estaba un poco tenso pero cuando comprobó que el otro lo levantaba la cabeza de los apuntes más que para manosearse la entrepierna, se puso en marcha y apenas pudo mantener el ritmo. Cuando ella se consideró satisfecha, separó al compañero de la cama y se fue a duchar. Recogió la ropa y se marchó sin decir palabra.

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