Franquearon la puerta de madrugada. Antes de pasar al salón, frente al espejo, dejó caer el vestido y quedó desnuda apoyada en tacones de aguja de charol. Se postró allí mismo y adoptó a postura de espera, con las manos sobre los muslos. Los grilletes ocuparon su lugar en las muñecas pero no fueron unidos a su espalda. El collar rodeó con suave firmeza su garganta. Ella no preguntó.
Fue incorporada y llevada hacia la amplia mesa de roble del salón, circundada de velas que daban una atmósfera cálida sin iluminar demasiado. Colocada en un extremo, cada tobillo fue fijado a una de las robustas patas de la mesa con una cincha corredera. Retiró la melena hacia un lado y colocó por detrás el primer nudo de cuerda en la parte inferior de su garganta, deslizando ambos extremos paralelos por su espalda, anudando y formando una T invertida hasta encajar en las argollas de los grilletes. En ese momento apoyó la mano en su espalda para pegar su cuerpo a la mesa en ángulo recto, uniendo los extremos de la cuerda bajo el tablero de la mesa, dejándola con los brazos estirados hacia los lados, la cadera erguida sobre los tacones y las piernas bien abiertas.
Notó cómo la humedad de su coño se convertía en gotas sin haber comenzado a probar qué uso tendría. Un nuevo segmento de cuerda fue utilizado para rodear su cuello, enredándose en la cuerda de la espalda y girando hacia adelante para recoger su busto, irguiéndolo hacia la barbilla. La partes finales de la cuerda reposaron en su espalda paralelas a la cuerda inicial, sujetas en cada extremo por una pinza a su piel. Otras pinzas adicionales fueron colocadas sobre las cuerdas hasta llegar a la base de su cuello, formando una cadena. Al mismo tiempo, mientras se completaba la decoración de su piel, notaba el cuerpo que detrás se ceñía a su trasero, evidenciando la excitación ajena al tacto. Apenas podía esperar un minuto más a comenzar a sentirle.
La tomó de la melena para elevar su cabeza, al tiempo que acariciaba la humedad abundante de sus muslos. Tardó poco en penetrarla con energía y embestir cada vez más rápido y profundo. Imposible de liberarse, cautiva, expuesta, notaba cómo la oleada de placer era inminente y así lo avisó, obligada a pedir permiso antes de derramarse. Él no se detuvo y continuó usándola, azotando sus nalgas hasta volverlas carmesí, forzando un poco más la postura tirando del pelo y apretando su garganta con una mano inicialmente y después con las dos. Al correrse la segunda vez, él utilizó uno de los extremos de la cuerda de la espalda para soltar de golpe la primera hilera de pinzas, causando gran intensidad al momento. Repitió con la otra cuerda cuando hizo que se volviera a correr.
Tras el tercer orgasmo, liberó la cuerda que mantenía sus manos estiradas sobre la mesa, pero únicamente para atar sus brazos a la espalda y añadir una correa, ligeramente por encima de los codos. Así podía erguirse pero no liberarse. La penetró de nuevo y volvió a derretirse en esa posición semiflexionada, usando las manos para abrir su trasero y ofrecerlo, por si quisiera servirse de él.
Él subió a la mesa y, tomándola de la nuca y pelo, penetró su boca con suavidad pero intensamente, hasta provocar un reflejo de náusea. Ella logró controlar su cuerpo y dejó que usara su boca y garganta hasta obtener el cálido fluido en su interior, cada vez más fuerte y vigoroso. Antes de tragarlo, tuvo que incorporarse ligeramente y mostrar el contenido de su boca a su Señor. Después, limpiarle con la lengua, delicadamente.
Fue colocada de nuevo sobre la mesa, esta vez usando la cuerda a través de la argolla de su collar, manteniendo los brazos unidos por la correa. Así, aplastada la cara contra la mesa y sus manos abriendo bien las nalgas, fue sodomizada a la vez que estimulada con su vibrador favorito, sintiendo inesperado placer propio y el ajeno unísono en el interior de su cuerpo.
La cuerda que mantenía su cabeza sobre la mesa fue aflojada un poco para poder levantarse, pero era para volver a limpiar el cuerpo de su Señor. A continuación regresó a la postura anterior.
No sabía cuál era el siguiente paso, las rodillas temblaban y pensaba que acababa. Sin embargo, quedó allí situada, expuesta para otra mirada; la observaba sentado en un sillón, recreándose mientras por las rendijas de la ventana los primeros rayos de sol la iluminaban de costado. Se marchó y la dejó allí sola algún tiempo. Ella se debatía entre decir algo o callar. Era orgullosa y sabía que presentar queja o duda hasta acabar la sesión sería mostrarle debilidad, de modo que se quedó en silencio.
Estaba cansada y la postura, sin nada que amortiguara su piel contra la madera, comenzaba a ser dolorosa más que incómoda. Él se acercó finalmente y volvió a acariciarla. Azotó su espalda y trasero con la cuerda y comenzó a penetrarla. Agotada, no esperaba alcanzar cota de placer significativa, pero lo hizo y sin tardar demasiado. Él acarició su espalda mientras recuperaba la respiración. Después, liberó las piernas de sus ataduras e hizo lo propio con el collar y las correas. La tomó en brazos sin dejarle pronunciar palabra y la introdujo en un baño caliente con sales minerales, infinitamente relajantes.
Acabado el baño, una vez más fue llevada en brazos para recibir un masaje en su espalda y comprobar que no había sufrido daño su piel, ya que a Él le gustaba de ese modo, no mancillar su más bella posesión, su obra de arte. Las manos suaves y firmes recorrían cada centímetro de su cuerpo, haciéndola suspirar y acabó dormida enredada a sus piernas, apoyada en su pecho y con la melena revuelta entre los dedos de quien la había envuelto en placer. Poco imaginó que así era uno de tantos sueños y no se permitiera sentirlo real.
