viernes, 27 de mayo de 2011

Trámite urgente

Hace algunos meses, el enorme edificio abandonó su condición de museo para albergar una suerte de oficinas escondidas tras laberintos que trazaban los pasillos. Tampoco se utilizaban demasiado, ya que casi todo el trabajo dependía de otras instalaciones más modernas. Sin embargo, ella disfrutaba de la intimidad de un despacho con puerta de ahumado cristal, un sofá para visitas y el control desde su puesto de varios metros de pasillo de acceso, lo que le dejaba obrar con tranquilidad.

Escuchó los pasos que aceleraban su pulso y que segundos después abrían la puerta. Con un lacónico saludo y dejando abierta la puerta del despacho, él depositó en el sofá el maletín y la tarjeta de acreditación que había obtenido en la entrada, cada vez más puntillosa en la identificación de las visitas, incluso de los de ministerios habituales. Sin mediar palabra, se situó a su espalda y masajeó sus hombros, dejándola una primera capa de escalofríos sobre la piel. Después fue ciñendo su garganta haciendo que llevase la cabeza hacia atrás para meter su mano en el escote y pellizcar los pezones con fuerza bajo el vestido. Ella únicamente gimió y se dejó hacer.

La hizo situar las manos bajo sus nalgas para dejarla inmovilizada. Descubrió sus hombros y su pecho antes de separar los muslos que empapaban la silla. Comprobó con satisfacción la ausencia de lencería, la suavidad de la piel y lo mojada que estaba. Tirando del pelo, dejó hacia atrás del todo la cabeza, mordió los pezones al límite del dolor y estimuló la entrepierna humedecida con suavidad. Ella era consciente de que en cualquier momento alguien podría subir a su planta y enfilar el pasillo que llevaba hasta aquella estancia. Sin embargo, era algo que la asustaba tanto como la excitaba, sin ser capaz de quejarse o detenerle.

De algún lugar salieron las pinzas que presionaban sus pezones. De algún lugar el vibrador que recorría su interior al ritmo de las caricias sobre el clítoris y que regó de placer instantes después, ahogando el gemido del placer para no alertar a otras compañeras. A continuación, liberada de pinzas limpió con la boca el vibrador, pudo colocarse de nuevo el vestido y, mientras él salía en silencio del despacho, sin haber pronunciado una palabra y habiendo dejado un informe para tramitar, quedó de rodillas limpiando cuidadosamente, una vez más, su silla.


3 comentarios:

elenna dijo...

Cuanto tiempo sin leerle...

Cass dijo...

Te confieso que leer me hizo desear.

mydirtybussiness.blogspot.com

elenna dijo...

Hace tiempo que entro, pero usted lleva tiempo sin publicar. Seguiré viniendo por si un día me llevo una grata sorpresa.

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