Tres incumplimientos fueron demasiados en la misma semana para evitar el castigo. Bien lo sabía cuando acudió al céntrico portal y llamó al telefonillo. Abrieron sin preguntar y ascendió en aquél añejo ascensor de puertas de hierro forjado. La puerta de la vivienda ya había sido abierta para que no tardara en acceder al interior. Los rostros de los dos hombres se giraron hacia ella.
Recibió la orden de quitarse el abrigo, quedando vestida tan sólo con medias y liguero. Pezones erizados, rubor en las mejillas y el morbo de verse ante un desconocido, un entendido tal vez, junto a quien daba las órdenes. Se puso a continuación a cuatro patas sobre una pequeña mesa encajada entre dos sofás. Los hombres comenzaron a pasear alrededor de su cuerpo, dejando de vez en cuando un dedo resbalar sobre su piel, valorando su suavidad y su actitud inequívoca de puta entregada.
Entre sus manos situaron un pliego de folios. Cuando bajó la cabeza para leerlos observó que era su playlist. Sabía que el motivo de tenerlo allí era para recordarla los incumplimientos. Se ordenó que leyera uno a uno los preceptos, recibiendo un firme azote con cada lectura. Al tiempo, el otro hombre paseó un dedo por su boca, humedeciéndolo y usándolo para pellizcar sus pezones antes de colocar suavemente unas bolas chinas en el interior de ella. La lectura pausada se sucedía con perfecta dicción, sólo puntualizada con el ruido del azotado y las caricias que el desconocido realizaba entre los muslos de la joven, sin dejar de torturar su pecho.
Pasado el ecuador del documento se alternaron los hombres. Quien antes acariciaba ahora era aún más severo que el anterior, mientras que su castigador la llenaba de aquellas caricias tan perfectas que debía contenerse para no mojarse de placer. A falta de tres artículo por leer, recibió gotas de cera por su espalda, provocándole mayor excitación si cabe, confundida entre el dolor constante en sus nalgas, el calor de su piel y el anuncio del orgasmo en su pelvis. Apenas era capaz de ver las líneas del documento.
Finalizó como pudo la lectura y quedó en silencio, estremeciendo las caderas ante la inminencia del placer. El hombre a su grupa se encargó de completar las caricias ayudado de las bolas chinas sin dejar de azotarla, mientras el otro la tomó del pelo y la introdujo su miembro en la boca hasta que tragó toda su leche, coincidiendo con un estallido de placer que apenas la dejó sostenerse en pie.
Finalizado el castigo, bajó a cuatro patas de la mesa y quedó tumbada, con el latido del corazón en su entrepierna, junto a los pies de su propietario, esperando ser exhibida ante el invitado o usada de cualquier manera, honrando su condición.
Recibió la orden de quitarse el abrigo, quedando vestida tan sólo con medias y liguero. Pezones erizados, rubor en las mejillas y el morbo de verse ante un desconocido, un entendido tal vez, junto a quien daba las órdenes. Se puso a continuación a cuatro patas sobre una pequeña mesa encajada entre dos sofás. Los hombres comenzaron a pasear alrededor de su cuerpo, dejando de vez en cuando un dedo resbalar sobre su piel, valorando su suavidad y su actitud inequívoca de puta entregada.
Entre sus manos situaron un pliego de folios. Cuando bajó la cabeza para leerlos observó que era su playlist. Sabía que el motivo de tenerlo allí era para recordarla los incumplimientos. Se ordenó que leyera uno a uno los preceptos, recibiendo un firme azote con cada lectura. Al tiempo, el otro hombre paseó un dedo por su boca, humedeciéndolo y usándolo para pellizcar sus pezones antes de colocar suavemente unas bolas chinas en el interior de ella. La lectura pausada se sucedía con perfecta dicción, sólo puntualizada con el ruido del azotado y las caricias que el desconocido realizaba entre los muslos de la joven, sin dejar de torturar su pecho.
Pasado el ecuador del documento se alternaron los hombres. Quien antes acariciaba ahora era aún más severo que el anterior, mientras que su castigador la llenaba de aquellas caricias tan perfectas que debía contenerse para no mojarse de placer. A falta de tres artículo por leer, recibió gotas de cera por su espalda, provocándole mayor excitación si cabe, confundida entre el dolor constante en sus nalgas, el calor de su piel y el anuncio del orgasmo en su pelvis. Apenas era capaz de ver las líneas del documento.
Finalizó como pudo la lectura y quedó en silencio, estremeciendo las caderas ante la inminencia del placer. El hombre a su grupa se encargó de completar las caricias ayudado de las bolas chinas sin dejar de azotarla, mientras el otro la tomó del pelo y la introdujo su miembro en la boca hasta que tragó toda su leche, coincidiendo con un estallido de placer que apenas la dejó sostenerse en pie.
Finalizado el castigo, bajó a cuatro patas de la mesa y quedó tumbada, con el latido del corazón en su entrepierna, junto a los pies de su propietario, esperando ser exhibida ante el invitado o usada de cualquier manera, honrando su condición.

2 comentarios:
¿Demasiada ficción quizás?
Al final él se olvidó de algo muy importante.
Pues a mi me gustado mucho mmmmmmmmmmuy tentador..Quiero sentirme así :)_
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