miércoles, 12 de julio de 2017

La infelicidad

Llegó minutos tarde a la cita, detalle que no pasó desapercibido. Sandalias y vestido corto palabra de honor. La hizo separarse y girar sobre sí misma. Luego la llevó contra la pared de la estación y muy de cerca pasó su mano por la cabeza, garganta y sobre la ropa en su escote para asegurarse que notaba sus pezones antes de tocar su espalda y trasero. Sin articular palabra, mirando fijamente su mirada altiva desafiante, tiró progresivamente del escote hasta que con toda la facilidad del mundo descubrió su pecho para dejarlo a la vista de cualquiera. De poco servía ahora esa insolente mirada.

Ya vestida pasearon hasta alcanzar el transporte. Ella estaba de celebración y sumó un obsequio a la fecha. Puede que lo esperara o tal vez no. Sin tiempo de asimilarlo una mano separó sus piernas para hacer saber que aún no había acabado de revisarla. De camino al centro un dedo de ritmo lento pero firme ascendió por su muslo hasta alcanzar piel húmeda. Tuvo varios amagos de cerrar las piernas pero siempre se encontraba con la firmeza de la mano que hacía saber que no se detendría. De esa manera mostró su facilidad para correrse manteniendo su desafío al no avisar con antelación. 

El local no era ni tan vulgar ni tan espectacular como se anunciaba. Dando sorbos a su mojito volvió a echar un pulso con la mirada hasta que le recordaron lo inadecuado de su actitud. Tuvo el mismo éxito cuando quiso llevar el ritmo de la conversación y recibió un dedo en sus labios y la orden de aguardar su turno y permiso cuando quisiera hablar. En eso estaba cuando un dedo se humedeció en su bebida y llegó a sus labios. Ella replicó que quería seguir hablando, de manera que el siguiente dedo mojado acabó entre sus piernas de manera tan discreta como certera. No olvidaría esa sensación. 

Quiso llevar su reto hasta el final, no era sencillo rendirla pero ninguna de sus tretas o desplantes tuvo oportunidad. Fue peor porque volvieron a recordar su situación y las consecuencias de no comportarse. No había temor en dejarla allí plantada o cruzarle la cara para corregir su actitud si se mantenía. Sería una situación incómoda pero daba igual.

Una zona de penumbra al salir del local fue aprovechada para detener su avance, ser puesta contra la pared y masturbada bien sujeta del pelo y la garganta. Bastaron apenas segundos para que volviera a correrse. Tenía que entender que sería usada al antojo de los deseos de otro antes de llegar a casa, sin limitaciones ni miramientos para saciar el apetito ajeno por presentarse y con tiempos exigentes para cumplir cada mandato que recibiera.


Fue entonces cuando despertó y vio que nada de aquello había ocurrido. Nunca salió de su imaginación. Acudió a la cita con gesto desafiante y se encontró con quien por una vez en su vida quería conocer a la persona y animal herido de discurso dolido, sin que fuese excusa para usar su cuerpo. No supo interpretarlo y tampoco estaba en su mano elegir qué muestran los demás. Perdió así la oportunidad de darse cuenta de ser interesante más allá del juego, de aportar algo de su gran conversación. Puede que nunca lo entienda o vea necesario por estar tan acostumbrada a otro trato y a otra realidad. 

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