jueves, 1 de junio de 2017

Caoba y cera

Una colaboración ocasional en la que se aprovechó de sus conocimientos presupuestarios permitió pasar las tardes entre aquellas paredes de madera de un rancio despacho. Esperaba tener su ración ocasional de uso del profesor entre aquellas montañas de papeles y hasta el momento podía estar satisfecha.

La semana se acababa y tenía pensado viajar fuera con el cornudo que ya aguardaba en la calle. Pidió permiso a su Señor para marcharse y no llegar tarde a la cita. No tuvo permiso y sí la orden de sentarse sobre la mesa centenaria, separando bien las piernas para complacer los deseos de su Señor. Sin mediar palabra, abofeteó su cara y penetró su carne con violencia. La acometida dejó empapada la mesa y se ofreció hasta saciar su apetito. Pidió permiso para acabar porque no podía evitar derramarse. Apenas duraba unos instantes en esa situación.

Pensó que había acabado pero tiró de su pelo y puso su cara sobre la mesa, volviendo a embestir desde atrás. No tenía prisa y quiso saber si a ella le importaba hacer esperar al cornudo. Ella negó mientras volvía a correrse. Terminó haciendo que llevara su miembro hasta la garganta y llenando su boca de esperma.

Dejó que tragara pero no permitió limpiarse para mantener el olor de propiedad. Llegaría a la calle con la humedad entre las piernas y la boca pegajosa. La cara todavía latía por la mano cruzada, sintiendo un extraño orgullo por ello.

Cuando volvieron a verse fue preguntada por la cita. Si recordó a quién pertenecía y si hubo cualquier problema o incidencia que tuviera que ser puesta en conocimiento. Se reconoció como puta de su Señor excitada en aquellas condiciones, con las pulsaciones a cien. Se preguntó si tal vez tendría ocasión una nueva colaboración profesional o si volvería la ansiedad entre un cita y la siguiente ocasión de sentirse tan orgullosa como sucia.

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