Cada fin de mes cena en el trabajo por matar la rutina más que nada, evitando la convivencia aburrida de sofá. Acabó pronto y buscó excusa para deshacerse del grupo sin irse a casa. Al principio costó que accediera pero luego le convenció, a sabiendas de que estaba acompañado justo cuando entraba en el bar. Al fondo había menos luz y supuso que allí le encontraría. Charlaba con un tipo con pinta extranjera y no recuerda su nombre cuando se lo presentó. Según soltaba el abrigo, pensó que al menos allí estaba.
No pensaba quedar entre los dos hombres ni que su intimidad fuese publicada al compás de la mano que subía entre sus muslos, comprobando que se podía llegar al coño ya mojado sin contratiempos. Se le erizaron los pezones y dio otra pista a su alrededor de lo disponible que se sentía y que no tardó en ser aprovechada. Tragando de un golpe la copa, mareada por el ímpetu al tragar, salieron a la calle, perdiéndose en el interior de un deportivo al cobijo de unas farolas fundidas.
De la parte de atrás sabía que no escaparía y al sentir su garganta oprimida se dedicó a complacer separando las piernas y dejando hacer a quien mandaba. Caricias alternadas de azotes subieron la humedad de su coño. El invitado observaba con atención su entrega, abultando la bragueta del pantalón. Cuando le fue permitido, se relamió entre sus pezones primero y después entre sus piernas. Tuvo que avisar que estaba a punto de correrse para detener el placer incipiente. Encajonada en el asiento trasero y en postura incómoda, recibió embestidas en su grupa mientras su boca regalaba placer al invitado, que apenas pudo contenerse.
Tardó un tiempo autorizar la intensidad del desmayo, tras sumar en su boca el placer de los dos hombres y dilatar su entrepierna con dedos por delante y por detrás, pero cuando tuvo permiso los estertores del momento hicieron que olvidara en qué momento tragó la esencia que rebosaba su boca. Respiraba y jadeaba en ese revuelto y pequeño espacio de vaho y sudor.
Se puso solo el abrigo al no poder moverse en el coche. Al llegar al ascensor se desnudó entera y se miró en el espejo. Tenía tiempo para ponerse el vestido pero pensó mejor en fotografiarse y subir a la azotea y antes de entrar en casa, tocarse de nuevo pensando en el silencio del invitado y la mirada lasciva de su mentor. Acabó la noche enviando las fotos. Tal vez volvía a ser invitada, tal vez con placer.

1 comentario:
muy muy excitante. Mis felicitaciones
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