El autobús salía a las cinco y andaba apurada para tener la maleta a tiempo. Maldecía viajar en esas fechas pero no le apetecía tener bronca familiar. Pero su aceleración cardiaca no era por eso. Repasó el correcto orden de la decoración de la casa antes de mirarse en el espejo para comprobar la correcta simetría de sus medias, el brillo de los tacones y su perfecta desnudez. Se quitó la pulsera para cumplir el requisito de lucir un tacto suave.
Sonó un timbre estridente. Comprobó que era quien esperaba para quitar el cerrojo y postrarse a sus pies. Él atravesó la puerta en silencio y acarició su cabeza, tirando ligeramente de la coleta que ella lucía para la ocasión, como comprobando su firmeza. La pose arrodillada, manos a la espalda, piernas ligeramente separadas y mirada serena al suelo fueron de su aprobación. Delante de ella dejó una diminuta caja abierta, con motivos navideños y una pequeña botella de cava. Apenas pudo vislumbrar otro contenido, ya que le vendaron los ojos y ataron sus muñecas frente a su ombligo.
Supo que estaba en el baño por el sonido de la ducha. Por su cabeza pasaron mil desafíos previos, temores de todo tipo y una creciente humedad. Le gustaba no saber qué pasaría y hasta dónde sería exigida. Perdida en pensamientos mientras era introducida en la bañera sin calzado y su cuerpo recibía algo parecido a una loción corporal. La suavidad de la caricia perdiéndose bajo el vientre hasta encontrarse con el páramo mojado de su entrepierna hizo que comenzara a jadear, cada vez más fuerte.
Sus piernas fueron separadas para penetrarlas con algo frío y suave. De inmediato pensó que sería la botella de la caja, que poco a poco dilataba su interior, llevándola a los pies del placer. Gotas de cera caían por sus pezones, creando un contraste de frío y calor sobre su piel, excitándola más. Al poco comenzó a combarse rogando por su placer, que le fue otorgado con un empujón final de la botella en su interior, abierta en el último instante para regalar una explosión de burbujas frescas en su coño, estremecida mientras se vaciaba el contenido entre su pelvis, su boca y su pecho. Tras la explosión, el silencio, unos pasos que se alejaban y el ruido de la puerta al cerrar.
Retiró la venda de sus ojos para ver la felicitación navideña que habían dejado junto a la bañera, así como la orden de repetir la operación, de modo que cubrió de nuevo sus ojos, tomó la botella al tacto, olvidó el horario del autobús y se volvió a masturbar.

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