martes, 13 de noviembre de 2012

Correo interior

Las empresas americanas funcionan según sus costumbres. Para fomentar la productividad, hay personal que ejerce de correo interno, en lugar de ver a decenas de empleados deambulando de un departamento a otro. Sin embargo, desde su privilegiada posición de secretaria de Dirección, nunca esperó sentir la taquicardia de aquella mañana de primavera.

Un ordenanza con coleta dejó sobre su mesa un sobre de relleno de burbujas, de los que habitualmente usaban como correo interno. Revisó los anteriores remitentes, tachados según usaban el sobre y lo ponían a disposición de otros, observando que en su caso no había remitente. Lo abrió mientras hablaba por teléfono sin prestar atención. En su interior había una escueta nota, con la hora de envío y el reclamo a tan elegante perra de depositar en el sobre su lencería, sin moverse del sitio para retirarla. Tenía treinta minutos y sabía perfectamente a quién la tenía que enviar. Mientras no le fuese devuelta, permanecería con su coño al aire bajo la falda.

El recuerdo de aquella nota aún deja escalofríos en su cuello. El tiempo corría, así que se retorció en la butaca para cumplir la orden recibida, notando como la entrepierna se le empapaba. Sintió vergüenza al dejar en el sobre la prenda, tan mojada. Lo cerró y puso el destinatario con letra temblorosa. Esperaba que no hubiera ningún error que hiciera llegar a otra persona.

No se atrevió a llamar para confirmar la entrega, sabía que nada le diría. Esperó y trató de trabajar con las pulsaciones disparadas. Tras el almuerzo llegó un sobre distinto al anterior, igualmente sin remitente. Esta vez lo abrió temerosa. Dentro había una nota con instrucciones, un lugar y una hora. Quedaba poco para el plazo indicado y se apresuró a cumplir.

Entró en el baño de visitas, vacío a esas horas, buscó uno de los cubículos y se desnudó y vendó los ojos, quedando situada mirando hacia la pared, con la puerta sin usar el cerrojo a su espalda. Al poco la puerta se abrió y sin mediar palabra comenzó a ser penetrada, siendo ceñida su garganta con lo que intuyó era su lencería. Cada vez la embestían con más violencia hasta que fue tomada del pelo y llevada su boca al derrame de placer de su acompañante, tragando hasta la última gota. Después se quedó a solas.

Se quitó la venda y recuperó la lencería. Se vistió y salió a seguir trabajando, sin limpiar su boca como sabía que debía hacer, recreándose en el sabor de su dueño, nerviosa desde entonces cada vez que llega el correo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario