Las
empresas americanas funcionan según sus costumbres. Para fomentar la
productividad, hay personal que ejerce de correo interno, en lugar de
ver a decenas
de empleados deambulando de un departamento a otro. Sin embargo, desde
su privilegiada posición de secretaria de Dirección, nunca esperó sentir
la taquicardia de aquella mañana de primavera.
Un
ordenanza con coleta dejó sobre su mesa un sobre de relleno de
burbujas, de los que habitualmente usaban como correo interno. Revisó
los anteriores remitentes,
tachados según usaban el sobre y lo ponían a disposición de otros,
observando que en su caso no había remitente. Lo abrió mientras hablaba
por teléfono sin prestar atención. En su interior había una escueta
nota, con la hora de envío y el reclamo a tan elegante
perra de depositar en el sobre su lencería, sin moverse del sitio para
retirarla. Tenía treinta minutos y sabía perfectamente a quién la tenía
que enviar. Mientras no le fuese devuelta, permanecería con su coño al
aire bajo la falda.
El
recuerdo de aquella nota aún deja escalofríos en su cuello. El tiempo
corría, así que se retorció en la butaca para cumplir la orden recibida,
notando como
la entrepierna se le empapaba. Sintió vergüenza al dejar en el sobre la
prenda, tan mojada. Lo cerró y puso el destinatario con letra
temblorosa. Esperaba que no hubiera ningún error que hiciera llegar a
otra persona.
No
se atrevió a llamar para confirmar la entrega, sabía que nada le diría.
Esperó y trató de trabajar con las pulsaciones disparadas. Tras el
almuerzo llegó
un sobre distinto al anterior, igualmente sin remitente. Esta vez lo
abrió temerosa. Dentro había una nota con instrucciones, un lugar y una
hora. Quedaba poco para el plazo indicado y se apresuró a cumplir.
Entró
en el baño de visitas, vacío a esas horas, buscó uno de los cubículos y
se desnudó y vendó los ojos, quedando situada mirando hacia la pared,
con la puerta
sin usar el cerrojo a su espalda. Al poco la puerta se abrió y sin
mediar palabra comenzó a ser penetrada, siendo ceñida su garganta con lo
que intuyó era su lencería. Cada vez la embestían con más violencia
hasta que fue tomada del pelo y llevada su boca
al derrame de placer de su acompañante, tragando hasta la última gota.
Después se quedó a solas.

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