Llegó tarde por culpa del trabajo, aunque avisó del retraso. Una enfermera de ojos tan verdes como su atuendo médico abrió la puerta y le dedicó una amable sonrisa. El doctor había salido a comer pero no había que preocuparse, ya que la primera revisión y limpieza bucal gratuita la realizaría ella. Conversaron unos minutos mientras soltaba el maletín y la chaqueta, mostrándole después las instalaciones del local, vacío de pacientes a esa hora. Finalmente, le condujo a una sala donde le mostró el sillón en que el paciente debía reposar.
- Si no se porta bien seré mala – dijo a modo de broma con su acento eslavo
- Prefiero en tal caso que seas tú quien se siente y ser malo yo – respondió él.
Ella se ruborizó de inmediato, resaltando aún más el verde de sus ojos en aquella piel tan delicada y blanca antes del rubor. De algún modo, el instinto se despertó y él la desafió a sentarse, a lo que ella, con una risa nerviosa, aceptó.
Retiró su melena y comenzó a deslizar su dedo por el cuello, recordando a la joven que iba a comprobar su sensibilidad. Ella se mostró de acuerdo aunque cruzaba los brazos ante sí, protegiéndose. Cuidadosamente, él retiró sus manos, depositándolas a los lados. La respiración de ella se aceleró cuando él preguntó si quería continuar. Tras unos segundos, aceptó.
Besó su cuello, deslizó las manos bajo la blusa hospitalaria y acarició su cintura. Comprobó que no llevaba sujetador pero sí una breve lencería inferior, completamente empapada. Dejo resbalar los dedos sobre la prenda y regresó a la cintura. Entonces fue cuando la tomó de la mano para incorporarla y, ciñendo su cintura, la tomó desde atrás.
- ¿Vas a ser obediente? - susurró entre su pelo
- Sí – respondió
- Harás todo lo que te diga – ella, con movimiento de cabeza, afirmó
Cruzaron hasta la sala de espera. Del maletín extrajo la corbata y un cordón, lo primero para sus ojos, lo segundo para sus muñecas, atadas a la espalda. Mordisqueando su cuello advirtió que sería suya, sin querer saber su nombre. Retiró los pantalones de la joven y con un certero tirón arrancó el lateral del tanga. La apoyó arrodillada contra el sofá y separó bien sus piernas, acariciando el empapado coño al principio, penetrándola con vigor después. Ella jadeaba como animal en celo y gemía de placer cuando la tiró del pelo, moviendo bruscamente su grupa y ofreciéndose a él. Jugó a liberarse de las ataduras pero él lo impidió, excitándola aún más. Pellizcó sus pezones al tiempo excitaba aquél coño tan suave, casi adolescente, mojándose la mano y sintiendo los violentos espasmos de ella cuando se corrió.
Liberó de ataduras a la muchacha y la sentó en su regazo, aún envuelto por el delicado aroma del placer. Ella se refugió en su pecho un rato, susurrando que no se lo podía creer, nunca antes había hecho algo semejante, aunque había fantaseado con ello alguna vez. Le contó la intensidad de obedecerle, cómo la indefensión de las cuerdas la había estimulado cada vez más y que hubiera hecho cualquier cosa que pidiera.
- No te preocupes, las harás – la respondió.
A pesar de que ella jamás había conocido el mundo tras el espejo, identificó sus sueños con las sensaciones que acababa de gozar, de modo que aquella tarde el destino había provocado el nacimiento de la esencia, aunque sin tiempo de gratuita limpieza bucal.
- Si no se porta bien seré mala – dijo a modo de broma con su acento eslavo
- Prefiero en tal caso que seas tú quien se siente y ser malo yo – respondió él.
Ella se ruborizó de inmediato, resaltando aún más el verde de sus ojos en aquella piel tan delicada y blanca antes del rubor. De algún modo, el instinto se despertó y él la desafió a sentarse, a lo que ella, con una risa nerviosa, aceptó.
Retiró su melena y comenzó a deslizar su dedo por el cuello, recordando a la joven que iba a comprobar su sensibilidad. Ella se mostró de acuerdo aunque cruzaba los brazos ante sí, protegiéndose. Cuidadosamente, él retiró sus manos, depositándolas a los lados. La respiración de ella se aceleró cuando él preguntó si quería continuar. Tras unos segundos, aceptó.
Besó su cuello, deslizó las manos bajo la blusa hospitalaria y acarició su cintura. Comprobó que no llevaba sujetador pero sí una breve lencería inferior, completamente empapada. Dejo resbalar los dedos sobre la prenda y regresó a la cintura. Entonces fue cuando la tomó de la mano para incorporarla y, ciñendo su cintura, la tomó desde atrás.
- ¿Vas a ser obediente? - susurró entre su pelo
- Sí – respondió
- Harás todo lo que te diga – ella, con movimiento de cabeza, afirmó
Cruzaron hasta la sala de espera. Del maletín extrajo la corbata y un cordón, lo primero para sus ojos, lo segundo para sus muñecas, atadas a la espalda. Mordisqueando su cuello advirtió que sería suya, sin querer saber su nombre. Retiró los pantalones de la joven y con un certero tirón arrancó el lateral del tanga. La apoyó arrodillada contra el sofá y separó bien sus piernas, acariciando el empapado coño al principio, penetrándola con vigor después. Ella jadeaba como animal en celo y gemía de placer cuando la tiró del pelo, moviendo bruscamente su grupa y ofreciéndose a él. Jugó a liberarse de las ataduras pero él lo impidió, excitándola aún más. Pellizcó sus pezones al tiempo excitaba aquél coño tan suave, casi adolescente, mojándose la mano y sintiendo los violentos espasmos de ella cuando se corrió.
Liberó de ataduras a la muchacha y la sentó en su regazo, aún envuelto por el delicado aroma del placer. Ella se refugió en su pecho un rato, susurrando que no se lo podía creer, nunca antes había hecho algo semejante, aunque había fantaseado con ello alguna vez. Le contó la intensidad de obedecerle, cómo la indefensión de las cuerdas la había estimulado cada vez más y que hubiera hecho cualquier cosa que pidiera.
- No te preocupes, las harás – la respondió.
A pesar de que ella jamás había conocido el mundo tras el espejo, identificó sus sueños con las sensaciones que acababa de gozar, de modo que aquella tarde el destino había provocado el nacimiento de la esencia, aunque sin tiempo de gratuita limpieza bucal.

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