Demasiada vida para ser niña y demasiado joven para ser mujer, los estiletes de sus tacones percutían con perfección el dolor en los pies de camino a la cita, la excelencia es sacrificio. Alcanzó el local en volandas cuando ya no podía más, situada ante la puerta pulida del ascensor que reflejaba el contraste de temperatura en sus pezones.
En un momento alcanzó la azotea con el roce de su pecho en otra piel. Disfrutó de las vistas y tomó una copa en las zonas reservadas. Hablaron y miraron, se agitó y se asustó. Quiso huir pero era inevitable quedarse cuando se dio cuenta de su propia rendición. Quería odiarle y no le salía. No podía. Se recostó en su regazo y respondió con un mordisco a una provocación. Temió una reacción brusca cuando sintió el tirón del pelo hacia atrás pero recibió un beso del que no quiso salir en toda la noche. No era cuento de princesas ni juego para cobardes ni aquello la iba a cambiar pero en ese momento podía vender su alma por el calor de otro abrazo hasta que amaneciera. Sin embargo, se hizo corto y se sentía extraña y vulnerable frente al portal sin atinar a encontrar las llaves.
Daba vueltas en su cama pensando en cómo había perdido el control sin darse cuenta para tratar de no olvidar la fecha y reponerse. Miró el calendario para reírse y entender que olvidarse sería tan imposible como negar su propia existencia.

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