Una llamada. Quince minutos.
El repartidor buscó en el teclado la dirección indicada por segunda vez tras el primer error. Cuando se abrió la puerta fue imposible no lanzar la mirada a la figura escultural y desnuda que yacía al fondo tumbada meciendo sus pies. La piel blanca reflejaba la ténue luz de ambiente. Su mirada recorrió aquella silueta compulsivamente. El cliente confirmó el pedido y el importe sin apartar la mirada del joven, que al escuchar la voz rápidamente retiró la suya de las suaves curvas y la melena recogida, algo abrumado por la situación. Tartamudeó al entregar el cambio y desapareció echando una última mirada furtiva como para creerse lo que veía. Tal vez imaginó la situación siendo ella quien abriese la puerta. Lo que no esperaría saber es que ella quiso hacerlo subida exclusivamente a sus tacones de infarto. Por esa vez no ocurriría pero quedaba emplazada para otra ocasión.
Al cerrar la puerta, ella se incorporó para abrazarle desnuda y etérea, excitada y morbosa. Mirándola dio por sentado que el repartidor entendía ahora el motivo para no encargar postre y que la única duda que restaba por aclarar sería si ese placer iría antes o después.

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