martes, 26 de enero de 2010

Seda

Miró el reloj para confirmar la hora. Pensó que la tarde estaba fresca para pasear por la ciudad sin lencería y decidió quitársela al llegar al lugar de la cita. Sorteando el tráfico en su motocicleta urbana, llegó en apenas unos minutos. En el ascensor revisó el peinado y retiró la lencería. Instantes después entraba en el despacho de aquella oficina, cerrando la puerta tras de sí y quedando de pie, esperando instrucciones sin pronunciar palabra.

Su anfitrión cerró con llave el despacho y la rodeó para comprobar su aspecto. Comprobó su maquillaje, indumentaria, peinado, ausencia de complementos y las medidas tanto de sus uñas como de sus zapatos de tacón. A continuación ordenó que se desnudara, excepto medias y zapatos, y quedara postrada de rodillas junto a él, que seguiría trabajando. Así lo hizo.

- Me has desobedecido – dijo calmado pero severo

Ella no supo qué decir. Trató de balbucear una excusa pero la detuvo preguntando si le tomaba por tonto. Respondió que no.

- Ya que has llegado con ellas, póntelas de nuevo – ordenó.

Se incorporó y se puso el tanga, quedando arrodillada después. Él continuó trabajando en silencio durante un rato. Ella trataba de mantener la posición adecuada pese al cansancio del paso del tiempo. Además, aún no había tenido permiso de ir al baño desde el mediodía y las ganas comenzaban a ser acuciantes en aquella posición.

- Supongo que te estarás meando – dijo él, como adivinando su pensamiento
- Sí Señor
- Procede cuando quieras en tu rincón, tal cual estás

El rincón era la única estancia del despacho sin moqueta, con suelo de mármol originalmente pensado para situar maceteros o algún otro elemento de decoración. Gateó hasta arrodillarse en el lugar exacto, sabiendo que no podría quitarse la íntima prenda. Giró hacia donde estaba él y con la mirada al suelo, obedeció.

- Cuando termines, limpia tu lencería con tu boca – le indicó. Ella lo esperaba así

Retiró la prenda y la fue lamiendo poco a poco por cada centímetro de tela, hasta que la finalizó. Le fue ordenado entonces metérsela en el coño, pues tanto apego parecía tener por el tanga. Así lo hizo. A continuación, se le ordenó que limpiara el resto del rincón que había ensuciado, cosa que hizo recreándose en el movimiento, como le habían enseñado a hacer.

Acurrucada mientras limpiaba, le fueron introducidas bolas en el coño y un plug en el trasero, que comenzó a vibrar, excitándola. Mientras finalizaba la tarea encomendada, él se quitó el cinturón y la azotó las nalgas, al ritmo que ella marcaba con su boca. La mezcla de humillación y estimulación la mantenía al límite del placer.

Él dio por acabada la tarea y la envió al baño contiguo a limpiarse, para regresar junto a la mesa después. A cuatro patas llegó para quedar a su lado cuando le fue ordenado retirar el plug y situarse entre las piernas del anfitrión. En esa postura le fue enlazado el cinturón a su cuello, separadas sus piernas y colocadas unas pinzas en el coño, acariciándola al tiempo que el cinturón presionaba su garganta. Apenas unos segundos bastaron para dejarla a merced del placer. Sacando poco a poco las bolas sentía que se derramaba sin remedio pero no le fue permitido dejarse llevar. Unas caricias más y el tacto de la lencería saliendo del coño la cubrieron de espasmos casi incontrolables. Rogaba por alcanzar el peldaño del clímax pero le fue prohibido, ordenándole limpiar el tanga empapado, ponérselo de nuevo y regresar de rodillas.

Con el sexo palpitando y la humedad lasciva de la lencería sobre su piel, entendió que ese sería su castigo, quedar sedienta de placer por haber desobedecido. Pidió permiso para hablar y le fue concedido.

- ¿Cómo supo de mi fallo, Señor?
- Por delicada que sea, la lencería siempre deja marca en tu sensible piel hasta que pasa un buen rato. Y en tu cuerpo sólo yo dejaré huella.

No volvió a desobedecer tras esperar una semana para reencontrarse con el placer.

3 comentarios:

ninfa dijo...

Me he quedado sin palabras... ufffffffff...

Un besito...

Rosaida dijo...

Lo prohibido atrae como miel a la boca…
la obediencia premia y recompensa a los sentidos…
y… la privación provoca un mayor deseo de lo que nos es negado.
Un saludo. Te invito a pasear por mi Jardín de las Delicias.

Rosaida dijo...

Ha sido un placer que aceptaras mi invitación. Me gusta tu morada y quisiera enlazarte, si tienes algún inconveniente házmelo saber.
Un beso desde mi Jardín.

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