Apenas caminaba erguida cuando la vida empezó a torcerle los pasos. Demasiado niña para lo que vieron sus ojos, demasiado inocente para comprender tanto dolor, demasiado expuesta para curar las heridas.
Forjó su carácter de lucha ante la adversidad, buscando su lugar en el mundo entre la adaptación y aceptación. Su piel se tornó dura pero aún más su sentimiento, lacerado cada vez que una muestra de sensibilidad afloraba en su mirada o comportamiento. Sin embargo, la vida seguía su martilleo implacable, de poco servía su ruda resistencia al abuso, primero en el colegio, después en casa, finalmente en cualquier lugar, empujada por su propia desidia y suicidio emocional.
Poco a poco la inocencia pasó de estar marchita a ser una sombra. En algún instante, la luz que aparecía cada vez con menos frecuencia en su mirada fue cambiada por el rencor. Donde había una persona surgió un personaje, con dolor, malicia y ambición.
De este modo, inventó un pasado de campanillas para etiquetar hasta otro nombre. Pasado y presente se entrelazaban al ritmo que la comedia de enredos, mentiras y engaños parecía que funcionaba y le permitía encajar en la vida de los demás, ocultando al principio a la persona que antes era y difuminándola por completo poco tiempo después. Se veía como Ana, poderosa, sofisticada, valedora de su energía y de su capacidad para convertir su sensibilidad en temperamento, su piel e intimidad como moneda de cambio con la que rendir a otros, manipulando los instintos más bajos. Sus ansias de venganza de todo lo vivido iban exigiendo siempre más, siempre ventajista, siempre desafiante. Y todo le iba bien durante un tiempo, en el que la tramoya soportaba la representación y no había coincidencias inconvenientes.
Pero un día, de alguna manera inesperada, descuidó su depurada representación del personaje y alguien vio a la persona recluida en su interior. Contra todo pronóstico, por una vez quedar a la intemperie no supuso dolor sino el enamoramiento de quien había contemplado aquella sensibilidad dolida en su mirada, aquella niña que ya apenas recordaba que era. Desde aquel momento, podía abandonar las intrigas, la revancha, la desconfianza dañina y los dobles juegos en busca de obtener siempre la baza ganadora. Podía ser ella misma, liberar su instinto, amada por ser quien era y no por lo que pudiera aparentar.
Cuando se lleva tanto tiempo huyendo de tantas cosas, hasta de uno mismo, hay decisiones que requieren de mucho coraje, mucha madurez. El miedo a caer en el engaño, en que todo sea un espejismo, en que se haya visto vulnerable y pueda ser aprovechado para dañarla, porque tanto ha sido el dolor y la maldad que han emponzoñado su interior, incapaz de expulsarlo de su mente la convertían en su peor enemiga, en la destructora de cualquier sueño y esperanza por sentir sin barreras, salir a la luz, cerrar cicatrices y derrochar toda su energía de manera ilusionada, creativa y quién sabe si feliz.
Nada de eso ocurrió. Asumió que todo era una patraña, como tantas veces antes, que no había atisbos de sentimiento real en lo que le rodeaba, que existía un plan oculto que debía descubrir a toda costa, que debía mantenerse alerta y tener siempre una alternativa emocional y física a su presente, jugar con tantas barajas como fuese posible, que nada era verdad salvo su propia verdad. Y de ese modo, el personaje se hizo más fuerte, pensando que era invencible, indetectable, que estaba por encima del bien y del mal, que todos sus actos eran justificados y los errores o descuidos en el engaño serían perdonados, si es que era cierto aquello del amor incondicional, olvidando que lo incondicional sólo pervive cuando va en ambas direcciones y que la factura que paga el precio más alto es siempre la deslealtad.
El personaje nunca se quiso enterar de su innecesaria soledad, de lo inútil de su ficticia realidad, de lo incomprensible que resultaba arrasar todo aquello que se intentaba regalar para que la persona que languidecía dentro pudiera dejar atrás la farsa y caminara hacia la felicidad o donde ella quisiera. De lo absurdo que resulta destruir las pocas experiencias bonitas que surgen en la vida, vengan de donde vengan.
Alguien dijo, se ha equivocado porque aún es una niña y no ha tenido ocasiones para apreciar las cosas buenas de verdad. Se arrepentirá pronto y necesitará que quien la quiera sepa perdonarla cuando madure y esté a su lado en su disculpa.
La estadística es cruel y no ofrece demasiado margen al optimismo. Sólo los traumas severos cambian a las personas. Pero tal vez aquella voz tenga razón, tal vez lleve tiempo discernir la verdad de la impostura, tal vez ni siquiera se plantee querer diferenciarlos, que asuma que todo está en su contra y ha de atacar para defenderse, pese a que no haya amenaza que temer, tal vez se haya convertido en la versión más fría. mezquina y vacía de su personaje, porque ha vivido tanto tiempo representando el papel que es incapaz de recordar que una vez fue una maravillosa persona y que hubo quien no necesitaba de artificios ni engaños para quererla disfrutar. Y tal vez, esa increíble persona que una vez fue quede en el olvido para siempre sepultada por el personaje que ocupa su vida, no por el dolor y las oportunidades que le negaron otros sino por las que ella misma se ha negado a ofrecer.
