El parque estaba casi solitario entre semana, especialmente a primera hora en mitad del verano, apenas varios corredores matutinos y despistados jubilados. Se había vestido según los gustos conocidos y llegó al punto de cita a la hora prevista, aguardando junto a la sombra de un árbol. Los tacones eran muy incómodos en la tierra pero sabía que no tenía otra opción.
Él apareció puntual y la acompañó en un paseo por las sendas del parque. Le explicó la tarea que iba a desarrollar. Se dirigiría hacia donde una dama con vestido vaquero paseaba un perro y se identificaría ante ella. A continuación, haría lo que aquella dama indicara. Él se quedó sentado en un banco y ella se acercó a la mujer. Al llegar a su lado la miró de arriba abajo. Con la joven a su lado, deshizo el camino hacia el banco y pidió a su acompañante que se levantara y las acompañara.
Tras un breve trecho, las copas de los árboles dibujaron un lugar en cierta penumbra, alejado del sendero principal. La dama entregó la correa del perro al caballero y ordenó a la muchacha que se arrodillara y lamiera sus tacones, ascendiendo lentamente hasta alcanzar su entrepierna. Su acompañante asintió y ella comenzó a hacerlo, deleitándose con el tacto del calzado y de la piel de la dama, entregada incluso cuando la apretaron desde la nuca contra los empapados muslos de la mujer hasta que sintió como se corría.
No le fue permitido limpiarse, sólo degustar el placer ajeno que también la mojaba a ella y permanecer de rodillas mientras escuchaba la valoración que hacía la dama de ella. A continuación le ordenaron reclinarse sobre el tronco del árbol, abrirse la blusa para dejar sus pezones al aire y elevar la falda separando las piernas y colocando las muñecas a su espalda. Compartiría juegos de perra.
Mientras unas pinzas apretaban sus pezones, el can fue llevado de la correa hasta los muslos abiertos de la joven y comenzó a lamerla ansiosamente, inundando de pasión humillada la piel postrada. El hocico percutía en el clítoris y la lengua recogía su jugo imparable. Alzó la mirada para implorar permiso para poder correrse, que le fue otorgado tras constatar su obediencia. Un fuego de escalofríos la recorrió entera hasta exhalar todo aliento. A continuación, pudo incorporarse, besar los pies de la dama y continuar el paseo por el parque, obedeciendo en silencio pero tan excitada todavía que sólo quería volver a empezar.
Él apareció puntual y la acompañó en un paseo por las sendas del parque. Le explicó la tarea que iba a desarrollar. Se dirigiría hacia donde una dama con vestido vaquero paseaba un perro y se identificaría ante ella. A continuación, haría lo que aquella dama indicara. Él se quedó sentado en un banco y ella se acercó a la mujer. Al llegar a su lado la miró de arriba abajo. Con la joven a su lado, deshizo el camino hacia el banco y pidió a su acompañante que se levantara y las acompañara.
Tras un breve trecho, las copas de los árboles dibujaron un lugar en cierta penumbra, alejado del sendero principal. La dama entregó la correa del perro al caballero y ordenó a la muchacha que se arrodillara y lamiera sus tacones, ascendiendo lentamente hasta alcanzar su entrepierna. Su acompañante asintió y ella comenzó a hacerlo, deleitándose con el tacto del calzado y de la piel de la dama, entregada incluso cuando la apretaron desde la nuca contra los empapados muslos de la mujer hasta que sintió como se corría.
No le fue permitido limpiarse, sólo degustar el placer ajeno que también la mojaba a ella y permanecer de rodillas mientras escuchaba la valoración que hacía la dama de ella. A continuación le ordenaron reclinarse sobre el tronco del árbol, abrirse la blusa para dejar sus pezones al aire y elevar la falda separando las piernas y colocando las muñecas a su espalda. Compartiría juegos de perra.
Mientras unas pinzas apretaban sus pezones, el can fue llevado de la correa hasta los muslos abiertos de la joven y comenzó a lamerla ansiosamente, inundando de pasión humillada la piel postrada. El hocico percutía en el clítoris y la lengua recogía su jugo imparable. Alzó la mirada para implorar permiso para poder correrse, que le fue otorgado tras constatar su obediencia. Un fuego de escalofríos la recorrió entera hasta exhalar todo aliento. A continuación, pudo incorporarse, besar los pies de la dama y continuar el paseo por el parque, obedeciendo en silencio pero tan excitada todavía que sólo quería volver a empezar.

1 comentario:
Excitante... como todos sus escritos...
Un besito Señor...
Publicar un comentario