Una llamada. Quince minutos.
El repartidor buscó en el teclado la dirección indicada por segunda vez tras el primer error. Cuando se abrió la puerta fue imposible no lanzar la mirada a la figura escultural y desnuda que yacía al fondo tumbada meciendo sus pies. La piel blanca reflejaba la ténue luz de ambiente. Su mirada recorrió aquella silueta compulsivamente. El cliente confirmó el pedido y el importe sin apartar la mirada del joven, que al escuchar la voz rápidamente retiró la suya de las suaves curvas y la melena recogida, algo abrumado por la situación. Tartamudeó al entregar el cambio y desapareció echando una última mirada furtiva como para creerse lo que veía. Tal vez imaginó la situación siendo ella quien abriese la puerta. Lo que no esperaría saber es que ella quiso hacerlo subida exclusivamente a sus tacones de infarto. Por esa vez no ocurriría pero quedaba emplazada para otra ocasión.
Al cerrar la puerta, ella se incorporó para abrazarle desnuda y etérea, excitada y morbosa. Mirándola dio por sentado que el repartidor entendía ahora el motivo para no encargar postre y que la única duda que restaba por aclarar sería si ese placer iría antes o después.
viernes, 29 de septiembre de 2017
A domicilio
martes, 8 de agosto de 2017
Noches de verano
Demasiada vida para ser niña y demasiado joven para ser mujer, los estiletes de sus tacones percutían con perfección el dolor en los pies de camino a la cita, la excelencia es sacrificio. Alcanzó el local en volandas cuando ya no podía más, situada ante la puerta pulida del ascensor que reflejaba el contraste de temperatura en sus pezones.
En un momento alcanzó la azotea con el roce de su pecho en otra piel. Disfrutó de las vistas y tomó una copa en las zonas reservadas. Hablaron y miraron, se agitó y se asustó. Quiso huir pero era inevitable quedarse cuando se dio cuenta de su propia rendición. Quería odiarle y no le salía. No podía. Se recostó en su regazo y respondió con un mordisco a una provocación. Temió una reacción brusca cuando sintió el tirón del pelo hacia atrás pero recibió un beso del que no quiso salir en toda la noche. No era cuento de princesas ni juego para cobardes ni aquello la iba a cambiar pero en ese momento podía vender su alma por el calor de otro abrazo hasta que amaneciera. Sin embargo, se hizo corto y se sentía extraña y vulnerable frente al portal sin atinar a encontrar las llaves.
Daba vueltas en su cama pensando en cómo había perdido el control sin darse cuenta para tratar de no olvidar la fecha y reponerse. Miró el calendario para reírse y entender que olvidarse sería tan imposible como negar su propia existencia.
miércoles, 12 de julio de 2017
La infelicidad
Llegó minutos tarde a la cita, detalle que no pasó
desapercibido. Sandalias y vestido corto palabra de honor. La hizo
separarse y girar sobre sí misma. Luego la llevó contra la pared de la estación
y muy de cerca pasó su mano por la cabeza, garganta y sobre la ropa en su
escote para asegurarse que notaba sus pezones antes de tocar su espalda y trasero. Sin
articular palabra, mirando fijamente su mirada altiva desafiante, tiró
progresivamente del escote hasta que con toda la facilidad del mundo descubrió
su pecho para dejarlo a la vista de cualquiera. De poco servía ahora esa
insolente mirada.
Ya vestida pasearon hasta
alcanzar el transporte. Ella estaba de celebración y sumó un obsequio a la
fecha. Puede que lo esperara o tal vez no. Sin tiempo de asimilarlo una
mano separó sus piernas para hacer saber que aún no había acabado de revisarla. De camino al centro un dedo de ritmo lento pero firme ascendió por
su muslo hasta alcanzar piel húmeda. Tuvo varios amagos de cerrar las piernas pero
siempre se encontraba con la firmeza de la mano que hacía saber que no se
detendría. De esa manera mostró su facilidad para correrse manteniendo su
desafío al no avisar con antelación.
El local no era ni tan vulgar ni tan
espectacular como se anunciaba. Dando sorbos a su mojito volvió a echar un
pulso con la mirada hasta que le recordaron lo inadecuado de su actitud. Tuvo
el mismo éxito cuando quiso llevar el ritmo de la conversación y recibió un
dedo en sus labios y la orden de aguardar su turno y permiso cuando quisiera
hablar. En eso estaba cuando un dedo se humedeció en su bebida y llegó a sus
labios. Ella replicó que quería seguir hablando, de manera que el siguiente
dedo mojado acabó entre sus piernas de manera tan discreta como certera. No
olvidaría esa sensación.
Quiso llevar su reto hasta el final, no
era sencillo rendirla pero ninguna de sus tretas o desplantes tuvo oportunidad.
Fue peor porque volvieron a recordar su situación y las consecuencias de no
comportarse. No había temor en dejarla allí plantada o cruzarle la cara para
corregir su actitud si se mantenía. Sería una situación incómoda pero daba igual.
Una zona de penumbra al salir del local fue
aprovechada para detener su avance, ser puesta contra la pared y masturbada
bien sujeta del pelo y la garganta. Bastaron apenas segundos para que volviera
a correrse. Tenía que entender que sería usada al antojo de los deseos de otro
antes de llegar a casa, sin limitaciones ni miramientos para saciar el
apetito ajeno por presentarse y con tiempos exigentes para cumplir cada mandato
que recibiera.
Fue entonces cuando despertó y vio que nada de aquello
había ocurrido. Nunca salió de su imaginación. Acudió a la cita con gesto desafiante y se encontró con quien por una vez en su vida quería
conocer a la persona y animal herido de discurso
dolido, sin que fuese excusa para usar su
cuerpo. No supo interpretarlo y tampoco estaba en su mano elegir qué muestran los demás. Perdió así la oportunidad de darse cuenta de ser interesante más
allá del juego, de aportar algo de su gran conversación. Puede que nunca lo entienda o vea necesario por
estar tan acostumbrada a otro trato y a otra realidad.
